ARTÍCULO

Una broma

Alfaguara, Madrid
184 pp. 16,50 €
 

Que Adán en Edén sea algo más que una broma, y no del mejor gusto o mérito literario, parece ignorarlo la solapa del libro cuando afirma que «combina el drama y la comedia, la ficción y la crónica periodística, el terror y el humor, lo real y lo fantástico para trazar un mapa detallado del poder, el narcotráfico y la violencia en la América del siglo XXI». Pues bien, de todo esto no ofrece nada la novela de Carlos Fuentes. Sus 184 páginas son, por decirlo claramente, desafortunadas. El terror que existe no es el que los promotores del libro anuncian, sino el que siente incluso el más resignado de los lectores ante un texto deslavazado que no está a la altura de un escritor con el prestigio de Carlos Fuentes.
Más acertado es el eslogan con que los editores encabezan la sinopsis de la obra: «En esta novela, como a veces en la realidad, todo se derrumba».
Y así es. El argumento cae en picado desde las primeras páginas y los esfuerzos del autor para apuntalarlo son insuficientes a pesar de los diálogos que, por su banalidad, dejan de interesar al lector. Ocurre otro tanto con las reflexiones del protagonista. Y quien espere disfrutar de la belleza o del ingenio de la prosa quedará decepcionado. Es un texto plano y defectuoso pese a los cambios de ritmo y de estilo narrativos. Fuentes parece empeñado en demostrar que posee la suficiente capacidad imaginativa no sólo en el tema elegido, sino también en la elección de los recursos literarios. Así, de la frase extenuante pasa a la frase sincopada. De lo dilatado a lo breve. Y el efecto es cansancio.
La acción es impredecible porque no existe un plan concreto, sino un impulso improvisador a falta de un argumento potente. Adán Gorozpe es un abogado de éxito y un inversionista que está casado con una belleza de la rica burguesía de México DF cuyo padre es el Rey de los Bizcochos y cuya madre es el colmo de la cursilería. Ni siquiera como caricaturas de una sociedad de advenedizos horteras son convincentes. Y el autor no se toma la molestia de abordar el auténtico drama que vive un país estancado en el peor fetichismo religioso, la voracidad de la corrupción y el azote del crimen organizado. En la historia va ganando terreno lo fácil y la impostura.
Carlos Fuentes dibuja el retrato (o autorretrato) de Adán que ha cambiado poco desde que adquirió fama: «Canas en las sienes, sólo que naturales, no pintadas con cal como las de los galanes maduros del cine mexicano. Conservo mi pelo y mis facciones son regulares: cejas escasas (les doy su pintadita), nariz husmeante y por ello interesante, labios que no conceden sonrisa, enojo, sentimiento alguno. Y una barbilla partida que me da la galanura natural que yo ni busco ni impongo». Casi a renglón seguido Adán admite que en las pocas fiestas a las que asiste todos lo miran, mientras que a su esposa, de la que está harto y a la que engaña con una amante llamada Ele, «a ella la dejan pasar. A mí me ceden el paso». Estas y otras observaciones de parecida banalidad ocupan la vida de Adán y el goce de tener a su lado a Ele, con quien vive con intensidad el presente. Pero entonces Carlos Fuentes decide que le salga un grano en el culo a su protagonista. Es decir, crea a otro Adán, apellidado Góngora, más grotesco y antipático que el anterior. Pero tampoco resulta verosímil. Este Adán II es el responsable de la Seguridad Pública. Acusa a los inocentes y protege a los culpables. Encima el tipo despide tal hedor que a Adán I le extraña que su esposa haya podido ser seducida por Adán II. Pero, aun así, Priscila, la hija del Rey de los Bizcochos, le pone los cuernos a Adán I. Mas como la novela debe proporcionar drama, Adán II aparece colgado de un poste boca abajo, un hecho que deja al lector más frío que el mismísimo cadáver de este segundo Adán. Por otra parte, la esposa de Adán se nos presenta como la gran guarra del Edén, ya que se tira pedos en cenas elegantes de la alta sociedad mexicana: «silencio embarazoso en la mesa para romper la calma con un viento de su propiedad y cosecha. Digo un viento y digo tres cualidades de su exhalación intestinal. Priscila primero se tiró un pedo tronado, como para llamar la atención, seguido de un sonido de burbujas en serie y culminado con un gas faccioso –silente pero mortal- que llegó a todas las narices y echó a perder el huachinango que nos acababan de servir: más fuertes los olores de Priscila que el de alcaparras, cebollas y jitomates».
De cuando en cuando aparece un niño con alas que predica en el cruce de dos avenidas y a quien la gente identifica como el niño Jesús. Hasta tal punto el niño cobra importancia que a su madre la someterán a un examen médico para ver en qué estado se encuentra el himen: no en el mejor para ser venerada como la Virgen María. En la novela soportaremos un tedioso y trasnochado análisis de la virginidad femenina, así como noticias tomadas de los periódicos y chismes insulsos que Fuentes pone en boca de las secretarias de Adán. Por ningún lado aparece ese «mapa detallado del poder, el narcotráfico y la violencia en la América del siglo XXI». Cuando el libro concluye nos preguntamos si le faltarán páginas al texto. Al parecer, no. Uno de los episodios más enigmáticos del libro que pretende suscitar intriga es el de los colaboradores de Adán Gorozpe que siempre se presentan en la sala de reuniones con anteojos negros. ¿Se trata de una metáfora? ¿Es un guiño a la mafia? En la penúltima página los citados colaboradores se quitan las gafas oscuras sin dar explicaciones. ¿Otra broma? El exitoso Adán confiesa no haberle visto nunca el sexo a su esposa Priscila, como tampoco ella a él, porque follan con la luz apagada. En cambio, Adán se lo muestra todo a Ele, su amante. Así, cuando Adán regresa a casa de Ele y se desnuda «con Ele y ante Ele, sólo mi amante y yo, y nadie más, sabemos que no tengo ombligo. Soy el primer hombre». Sin duda, se trata de una declaración extraordinariamente reveladora.

01/07/2010

 
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