ARTÍCULO

Elogio del género

Planeta, Barcelona, 212 págs.
 

Tenemos un premio: el Planeta, con sus oropeles mediáticos y su apuesta por la comercialidad y el rostro del escritor mediático. Un finalista: Ferran Torrent (Sedaví, 1951), valenciano de la huerta, cincuentón y buen conversador. Y una polémica: su nombre se asoció siempre a la literatura catalana y el hecho de que haya dejado de lado el resistencialismo cultural por la tentación pecuniaria y planetaria de escribir en castellano le ha hecho perder amigos. Luego uno echa una ojeada a su bibliografía y resulta que sus títulos más conocidos se han traducido al castellano... y a otras lenguas: Contra las cuerdas (1987), No me vacilen al comisario (1987), Un negro con un saxo (1994), Gracias por la propina (1996), La mirada del tahúr (1999), La isla del holandés (2001), Sociedad limitada (2002) y Especies protegidas (2004).

La novelística de Ferran Torrent conjuga tres elementos: autobiografía, género negro y crónica social. Durante mucho tiempo se le identificaba con el comisario Butxana, un hombre que va dejándose caer por los bares de carretera, y en sus dos últimas entregas, el díptico Sociedad limitada-Especies protegidas, nuestro escritor mantenía los protocolos de la novela negra como un andamio para pintar sobre la fachada social su denuncia. Si utilizáramos un lenguaje decimonónico podríamos decir que Torrent es un naturalista que cuando se pone a escribir se ha pateado los territorios de la historia que pretende contarnos.

Cronista de la Valencia de la especulación inmobiliaria, las ambiciones de tribuna deportiva y los tejemanejes políticos,Torrent ha compendiado en La vida en el abismo toda su experiencia de escritor de género y de cronista social. Jugando con el pacto de verosimilitud y siguiendo la moda vigente, le pone su nombre al protagonista y, aunque diga que se trata de una ficción, deja claro que en esa trama hay mucho de autobiográfico: de su pasado como escritor de novela policial dan fe el dinamismo de la narración, la frase corta, la fluidez del diálogo, la descripción de los garitos con naipes, putas y humo. No hace falta ser un hincha de SaintBeuve para colegir que hay mucha vida del escritor en esa novela. Que lo de la ludopatía y el culto a Heraclio Fournier no es un recurso de la imaginación.Y eso atrae al lector.A las pocas páginas uno se percata de que a Torrent las cartas le provocan un subidón de adrenalina; que se ha pasado muchas más horas poniendo cara de póquer que ante el ordenador. Hemos aludido a la frase nerviosa, urgente, deudora de la literatura de género... Con una excepción: el arranque de la novela, un párrafo de once líneas. Justificable como preámbulo: «En 1972 yo tenía veintiún años y era un fracasado absoluto, un individuo sin ningún tipo de perspectiva en la vida, dotado de una rebeldía sin ideales, un hiperactivo inquieto, confuso, desorientado, que no sabía muy bien lo que quería, porque todo cuanto deseaba hacer, el único afán que me motivaba, se hallaba en las profundidades de la inmoralidad más manifiesta de la época, y desobedecía sistemáticamente lo que podríamos llamar las exigencias sociales más racionales, pero sin acabar nunca de destruirlas por un temor atávico, inconmensurable, que me paralizaba».

El activismo antifranquista no era el único recurso para rebelarse contra el general. Conocer al Rubio –tipo atractivo, ludópata, maestro del peloteo de letras falsas, rostro impenetrable– supone para el joven protagonista vulnerar las normas, llevar a cabo esa revolución pendiente que no sabe realizar desde la política. Su subversión es moral. La misma subversión de todos aquellos que en los años sesenta y setenta coquetearon con el malditismo después de leer a Rimbaud y el Diario del ladrón de Genet. Nuestro Ferran Torrent de ficción frecuentará antros de rameras y garitos. El Rubio es el padre y el maestro que le hacía falta al joven inadaptado. Además de ejercer el funambulismo moral, el autor de La vida en el abismo reflexiona sobre su evolución personal en los últimos veinticinco años. De las barricadas a las mariscadas. De la literatura engagée de Sartre al Premio Planeta... Pero Torrent no va de «farol». Supera la tentación de la novela de carretera entreverada de serie negra y aspira a la sinceridad. De no ser así, su historia no sería otra cosa que una actualización de El jugador de Dostoievski, o un remedo facilón de El buscavidas. El Rubio, un imitador de Paul Newman un poco más hortera y con acento valenciano... Y ya que mentamos la huerta, también hay en la novela de Torrent alguna herencia de Blasco Ibáñez. Hemos hablado al principio de naturalismo. Escritor artesano y comercial. Esos antepasados de Albufera. Agricultores que cuando llueve o hace frío no van al campo y que soslayan los calores extremos asomándose al verde tapiz de un Centro Cultural Recreativo... En las timbas en que el Rubio despluma a los incautos no importa el juego en sí, sino los jugadores. Para Torrent cada partida constituye una alegoría de la vida. La pasión por el límite. Horas «de gozo y aprendizaje».Ver al Rubio jugar cada día al «todo o nada» produce escalofríos, pero esa rebeldía resulta para el protagonista más atractiva que la ideológica.Admite su simpatía hacia los comunistas, perseguidos por la Brigada Político-Social, «pero me producía pánico la posibilidad de que llegaran a gobernar».

La vida en el abismo es una demostración de que es posible conjugar las artimañas de la novela comercial y de género con la reflexión autobiográfica y moral. Aquí hay mucho del inspector Butxana: esas pláticas de barra con ojerosas prostitutas que esperan cliente; ese sabor a tabaco y carajillo de Terry, pero también de vivencia personal. La autocrítica hacia una generación que jugó a la rebelión y que nunca después se atrevió a asomarse al abismo de unos orígenes que podrían convertirse otra vez en un destino para una vida acomodaticia y sin lirismo heroico. Una historia narrada con estilo sobrio que deja un sabor amargo de cerveza caliente y desbravada. Quizá con un colofón forzado, pero que no afecta a lo que importa al lector: percibir el olor del tapete del juego, las cartas sobadas, la transgresión que acaba siendo monótona. La ruleta rusa. Aquel Camus provocador en las primera líneas de El mito de Sísifo: el suicidio como problema filosófico relevante.

01/09/2005

 
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