ARTÍCULO

Luto y fábula

Anagrama, Barcelona
Trad. de Cecilia Ceriani
390 pp. 19,50 €
 

Incluye Siri Hustvedt en su nueva novela, Elegía para un americano (The Sorrows of an American, 2000), dos versos memorables que el inglés John Clare escribió en el manicomio de Northampton: «And e’en the dearest –that I loved the best– / Are strange –nay, rather stranger than the rest»; o, según la versión de Cecilia Ceriani, traductora de Hustvedt: «Hasta mis seres queridos, aquellos que amo más, / me son desconocidos, qué digo, aún más desconocidos que todos los demás». Hustvedt escribe novelas de familias, y la familia significa patrimonio, aun cuando el patrimonio se reduzca al pasado sentimental compartido. Ahora cuenta la situación de los hermanos Davidsen, el psiquiatra Erik y la ensayista Inga, divorciado y viuda en Nueva York, que, rondando los cincuenta años y tras perder a su padre, revisan los papeles del difunto. «Adentrarme en sus memorias y apuntes era una clara expresión de mi dolor», dirá el psiquiatra y narrador. El luto puede ser una cuestión de impertinencia.
La muerte abre casi siempre algún cajón oculto. El padre fue profesor de Historia, soldado en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, hombre cabal y sensible, de Minnesota. Guardaba cartas, un diario entre 1937 y 1942, y unas memorias escritas en los últimos años. «Mientras abría uno de los cajones del archivador tuve la impresión de estar a punto de saquear la mente de un hombre», dice Erik, el médico psiquiatra, y piensa en un cadáver en la mesa de disección. Entonces aparece una carta misteriosa, del verano de 1937, en la que el futuro padre de los Davidsen jura no contar nunca algo que ha sucedido con una mujer. Lisa se llama la que obligó al padre a guardar un secreto.
Yo diría que la trama esencial de Elegía para un americano la presintió Hustvedt en un ensayo de hace diez años, En lontananza (Yonder, traducción de Gian Castelli para Circe, 1999). Hustvedt, que vive en Nueva York, descendiente de emigrantes noruegos, recordaba entonces la historia de su padre, de Minnesota, combatiente en el Pacífico, que, enfermo de malaria, volvió a América, fue profesor y dejó unos papeles autobiográficos, como el padre de los Davidsen. Poco antes de morir en febrero de 2003, Lloyd Hustvedt dio consentimiento a su hija para que usara, como ha hecho en esta novela, fragmentos de sus memorias. Los recuerdos están llenos de huecos que hay que salvar, consideraba Siri Hustvedt en una página de En lontananza, y, a propósito de la aventura bélica de su padre, añadía: «Todo esto es cierto y, sin embargo, ha adquirido carácter de ficción [...]. La ficción es como una fantasmagórica hermana gemela de la memoria». No existe una frontera precisa entre el recuerdo y la fantasía cuando se transforman en relato, opina Erik Davidsen.
Todos los personajes que, como satélites, rodean a Inga y Erik Davidsen, son fuente de historias. El psiquiatra, a quien pagan sus pacientes por decirle lo indecible («traiciones, desgracias y crueldades»), tiene dos inquilinas, Miranda Casaubon y su hija de cinco años, Eggy. Miranda, inmigrante jamaicana, es dibujante, ilustradora de libros para una gran editorial (el mundo de Elegía para un americano pertenece a los creadores), y su casero confiesa deseos «de estar más cerca de ella, de conocer todo lo relacionado con aquella mujer, con su hija de cinco años y su misterioso padre». Miranda le recuerda que «no es parte de su trabajo descubrir aquello que la gente no dice». El solitario Erik, que siente lástima de sí mismo, es, sin embargo, consejero de muchos, empezando por su sobrina Sonia, poeta precoz a la manera de Wallace Stevens y testigo en primera fila del 11 de septiembre de 2001. Este es el tiempo histórico de la novela de Siri Hustvedt, en vísperas de la invasión de Irak en 2003.
El satélite de Inga es otro difunto, su marido, Max Blaustein, novelista capaz de provocar la histeria entre sus lectores, seductor, bebedor espectacular, loco, muerto de cáncer de estómago a los sesenta y cuatro años. Era muchas personas simultáneamente, dice su mujer, porque «todos somos diferentes personas en el curso de nuestra vida, incluso varias al mismo tiempo», y Blaustein tenía cientos de máscaras, las de sus personajes y las de la vida diaria. Hizo también una película, Hacia la nada, otra historia que se nos cuenta, y la actriz fue su amante, y quizá le dio un hijo y es dueña de unas cartas muy íntimas que ahora se venden. «Me siento –dice Inga– personaje de teleserie [...] en el papel tonto de esposa engañada». Y se queja de la manía estadounidense de confesarlo todo en televisión. Hay más historias, es decir, más personajes interesantes: el desagradable marido de Miranda (los hombres que salen en esta novela son invasores, amenazadores), artista de la fotografía a traición, agresiva («para él hacer fotos era como robar»), o la triste fabricante de muñecos más reales que la realidad, y la intriga se cierra en una escena de comedia: los protagonistas se reúnen para resolver sus antagonismos en la suite de un hotel neoyorquino, con la actriz y una periodista vengativa como centros de tensión y la aparición sorpresa de un gordo detective-mujer.
Inga Davidsen dice escribir libros porque lo que percibimos y recordamos sólo tiene sentido si lo transformamos en palabras, cuento, narración. La novela de Hustvedt es a la vez familiar, confesional y fantástica, y trata de esto: del arte de recordar y construir historias. A Erik Davidsen le extraña la «insistencia del ser humano en revivir situaciones dolorosas». Recordar y escribir el pasado es hablar con los muertos. Pero así el luto se convierte en fabulación.

01/07/2009

 
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