ARTÍCULO

Elegía ñoña

Planeta, Barcelona
200 págs. 15,50
 

La muerte blanca es un libro sabiamente editado. Protege sus tapas duras una cubierta sugerente para la vista –y no menos agradable para el tacto– que, en su parte frontal, reproduce un conocido detalle de la «Madonna Sixtina» de Rafael (dos angelitos mirando al cielo; en este caso, también al nombre de la autora) y, en su parte trasera, nos regala una fotografía en blanco y negro, de generosas dimensiones, de la novelista, semitumbada. También aparece en la cubierta un marbete de diseño que informa del galardón obtenido por la novela: Premio Azorín 2002. Si a lo dicho le sumamos un tamaño y un tipo de letra muy cómodos para la lectura, además de un moderado número de páginas, desahogadas de caracteres, habremos dado cuenta de casi todos los hallazgos estéticos que pueden encontrarse en esta obra.

Porque en cuanto al resto, es decir, en lo que concierne a lo estrictamente literario, el mayor interés radicaría en constatar de nuevo la solidez y la versatilidad de un tono bien conocido a estas alturas y que resiste con tenacidad (y pingües beneficios) en el panorama narrativo de los últimos tiempos: nos referimos a aquel que da lustre al género de las «noveñoñas».

Se trata, además, de un hecho especialmente claro y frustrante en este caso, por cuanto la última novela de Eugenia Rico parte de unos planteamientos temáticos y de unos moldes formales de evidentes resonancias clásicas y de tradición ilustre en nuestras letras. La muerte blanca está configurada, en efecto, como una elegía narrativa, puesta en boca de una joven que, pasado ya algún tiempo, aún no ha superado la muerte de su hermano. Desde las primeras páginas, el discurso ofrece una doble dimensión: por un lado, y en tiempo presente, se hace referencia al propio proceso de escritura como terapia: «Sigo buscando a mi hermano, a mi tesoro escondido, aunque sólo encuentre palabras que a veces ni siquiera saben bien y huelen distinto que hace tiempo» (pág. 95); por otro lado, y en tiempo pasado, la narradora nos relata, mediante un conjunto de estampas de corte costumbrista en la mayoría de los casos y de talante lírico en algunos menos, la historia de amor que mantuvo con él desde su infancia hasta su fallecimiento.

El gran atractivo que pudiera tener en principio esa elegía queda abortado, como anticipaba antes, por el tratamiento blando, y en muchas ocasiones frívolo, con que se pergeña la sustancia narrativa. Y es que no sólo resultan demasiado transparentes y tópicos los mecanismos que se utilizan para barnizar la historia con un hálito patético, sino que es la espesura de la propia voz narrativa la que ningunea la tragedia de los hechos. Sólo encontramos aquí un discurso sin inflexiones, una monodia sin matices que no es capaz de sugerir conflicto alguno; una actitud cómoda, en definitiva, que exige una simpatía previa e incondicional en el proceso de lectura para comprender la hondura lírica de la novela, pues ni siquiera se articula en ella un contexto amplio que permita acceder al universo doméstico que se recrea.

Como demuestra la historia del género, el estremecimiento que provoca el canto elegíaco no tiene tanto que ver con la envergadura del difunto o con sus circunstancias (un padre, un amigo o el pajarillo de la amada) como con la autenticidad del temblor de la voz que lo llora, que es, a la postre, la que dignifica y resucita su memoria. Muy al contrario, la narradora de La muerte blanca deposita candorosamente en los hechos la dimensión trágica de su discurso y en su historia vivida el garante de la empatía, de modo que el lector acaba teniendo la sensación de estar asistiendo en muchos momentos a un espectáculo inverosímil.

01/10/2002

 
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