ARTÍCULO

¡Viva el Borges manque pierda!

Alfaguara, Madrid, 300 págs.
Premio Alfaguara de Novela, 2002
 

Decir que Tomás Eloy Martínez es un escritor excelentísimo equivaldría al descubrimiento del Mare Nostrum. Añadir que todos nos equivocamos o damos un traspié de vez en cuando, sería algo así como reinventar la pólvora. Y rematar la faena con la afirmación de que las comparaciones son odiosas es algo que concilia la doble condición del lugar común y la cruenta verdad. Pero vayamos por partes.

A) Tomás Eloy Martínez es un escritor excelentísimo y su trayectoria así lo acredita. En esta novela que reseño vuelve a hacer gala de una prosa sin tacha, de un ritmo narrativo llevado con buen pulso y de una carpintería profesional de alto standing. Es decir, la novela deja poco que desear desde el punto de vista de la manufactura. Sólo que...

B) Todos damos un traspié de vez en cuando. En El vuelo de la reina los traspiés son numerosos. Excesivos, diría yo. La escena inicial de la novela, que regurgita obsesivamente durante todo su desarrollo, es tan solo creíble por lectores machos y/o machistas, es la simple expresión de esas fantasías eróticas que los hombres suelen fraguar cuando piensan en una mujer desnudándose a solas. Recuerda, además, sospechosamente, cierto comportamiento chantajista del escopofílico –en castellano: voyeur– Alfred Hitchcock hacia su estrella Grace Kelly (véase Hollywood Babilonia II, de Kenneth Anger, pág. 211). Sea como fuere, esa escena falla también en la inserción de un elemento misterioso, «la mujer», porque su identidad la desvelamos de inmediato, a poco que nos acordemos de la regla según 2 + 2 = 4.

Un nuevo traspié se produce en el tercer capítulo, repitiéndose luego en el séptimo y el noveno, cuando sin decir «agua va» la narración pasa de la tercera a la segunda persona. Es algo perfectamente superfluo y gratuito, que no añade nada a la textura ni a la dramaturgia del relato y que parece haber sido usado tan solo para que sepamos que el autor es capaz de manejar muchos resortes narrativos. Cosa que Tomás Eloy Martínez, a esta altura del partido, no tiene ninguna necesidad de demostrarnos. Es como aquella gloriosa línea de la vieja libreta militar española, donde en el renglón encabezado «Valor» el escribiente del batallón rellenaba «Se le supone». En este caso no es ya que lo supongamos, es que estamos seguros de que Tomás Eloy Martínez sí sabe narrar en segunda persona. Lo raro es que a este alarde innecesario no haya añadido el de algún capítulo en primera.

Y en fin, para reseñar únicamente un último traspié más, cito aquí literalmente la nota final (pág. 297): «Todos los personajes y lugares de esta novela, aun los que parecen tomados de la realidad, corresponden al orden de la ficción. Leerlos de otro modo violentaría su naturaleza». Entiendo que esta nota final violenta la naturaleza de la novela que la antecede y cumple tan solo una función leguleya como hoja de parra, que hubiese podido firmar la editorial, pero no el autor. En último término éste pudiera haber seguido el ejemplo de Heinrich Böll en El honor perdido de Katharina Blum: «tales parecidos no son ni intencionados ni causales sino inevitables». La verdad es que en alguien como Tomás Eloy Martínez, autor de La novela de Perón y Santa Evita, semejante nota final casi incita a la risa: si el presidente corrupto, penitente y místico de esta novela no es el impresentable Carlos Saúl Menem ¿quién otro puede ser?

Hay traspiés menores. O incongruencias o descuidos que hacen rechinar la maquinaria del relato. Resulta poco creíble que una familia como la del protagonista, Gregorio Magno Pontífice Camargo, propietario y director de uno de los diarios más influyentes de su país, carezca de servicio doméstico (pág. 30). Y no es cierto que Heinrich Mann haya escrito alguna vez una novela titulada El ángel azul (pág. 52), así sólo se llama la adaptación al cine de su Professor Unrat. Y hay un «como ya se ha dicho» (pág. 199) que aparece intercalado al santo botón o bien en calidad de velado homenaje al coloquialismo de los folletinistas del siglo XIX . Y una vez más resulta sencillamente increíble que alguien como Camargo, quien cuando viaja con su amante a París le compra un abrigo en la Rue du Faubourg Saint-Honoré (pág. 229), si la lleva a Madrid se lo compra en El Corte Inglés (pág. 221): hombre, no, por lo menos en la acera derecha de Serrano, señor Camargo. Y no quiero dejar de señalar cómo es que Reina, la protagonista, escribe sus e-mails en perfecto castellano («Contéstame, contéstame», pág. 261), cuando la tendencia natural en la escritura en pantalla es a hacerlo sin acentos, y un «Contestame, contestame» sería de lo más argentino imaginable, sobre todo siendo así que a renglón seguido (pág. 268 passim) Reina habla por teléfono con el destinatario de ese e-mail y lo vosea durante todo el diálogo.

Mal que bien, en las líneas precedentes de esta reseña ya se ha dicho bastante acerca de lo que suele denominarse la trama. Gregorio Magno Pontífice Camargo es periodista, entretanto todopoderoso señor de un diario de campanillas, en Buenos Aires. Se obsesiona con la posesión (y no sólo física) de una joven, Reina, que escribe para su periódico y a la que eleva a las más altas posiciones del mismo. Ella termina enamorándose de otro. Camargo la vigila día y noche (vía telescopio) desde un edificio enfrente de aquel donde ella vive. Y no cuento el final para que no se me tache de aguafiestas. Diré, eso sí, que ese final propone una especie de novedosa vuelta del calcetín (los cultos dirían una inversión copernicana) del complejo de Edipo. Parecería como si fuese una manía rioplatense: no hay manera de gambetear al padrecito Freud en sus relatos.

Pero entretanto llegamos a lo más remarcable que deja como resultado la lectura de El vuelo de la reina, y es...

C) Todas las comparaciones son odiosas, y sin embargo no debe dejarse de señalar que el lector avisado tiene constantemente presente, durante la lectura de esta novela, una magistral de Héctor Aguilar Camín, La guerra de Galio. Conste que ambas no coinciden sino en algo que Tomás Eloy Martínez degrada más bien a subtema: la relación del poder político y la prensa. Y asimismo, sin embargo, hay que constatar que gran parte de la desilusión que nos produce El vuelo de la reina procede justamente de ese subtematizar lo que en manos de Tomás Eloy Martínez hubiera podido ser un gran tema. Él ha preferido centrarse en la historia de amor y celos, y ésta es tan banal como suelen serlo todas ellas, incluso aquellas que terminan a tiros. También es verdad que yo no veo por ahora ni en mucho tiempo el narrador con arrestos para echarse un pulso con La guerra de Galio y llegar a igualarla, ni que decir superarla. Con ella sucede lo mismo que con el mítico salto de longitud de Bob Beamon en los Juegos Olímpicos de México de 1968, los previamente bautizados con sangre juvenil en la matanza todavía impune que Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría organizaron durante la noche triste de Tlatelolco. El salto de Bob Beamon (8,90 metros si la memoria no me falla) dejó imposible la disciplina, para él y sus competidores y sucesores, durante varias décadas. Así también con La guerra de Galio, publicada en 1991: este Vuelo de la reina es un saltito que se queda muy atrás de la distancia soñada, y, más que el aleteo de la soberana, se percibe el zumbido de los zánganos. Dicho sea de paso, La guerra de Galio se inicia con una advertencia que también podría haber hecho suya Tomás Eloy Martínez: «todos los personajes de esta novela, incluyendo los reales, son imaginarios».

Una última observación atañe a la protagonista Reina, depositaria de amplios saberes sobre evangelios apócrifos. En el curso de una investigación sobre un crimen muy parecido a otro elaborado literariamente por don Jorge Luis en un cuento de El informe de Brodie, Reina «lamentó que Borges empobreciera la realidad» (pág. 188). No me queda muy claro si este juicio es de Reina misma o de Tomás Eloy Martínez, o de ambos. Mas ello no hace al caso: la realidad empobrecida por Borges me parece más rica que la que nos propone esta novela.

01/06/2002

 
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