ARTÍCULO

Sangre de violín

Destino, Barcelona
Trad. de Concha Cardeñoso
860 pp. 26,90 €
 

En 1981, Jaume Cabré puso a uno de sus cuentos un título premonitorio: «Sangre de violín» (1981). Profesor de instituto, siempre conjugó narración y partitura, signos ortográficos y corcheas. No en vano, había crecido en un ambiente musical y muchas cenas familiares acababan con canto coral. Aquella «Sangre de violín» nutriría su Libro de preludios (1985) y Viaje de invierno (2000), homenaje al último ciclo de Lieder de Schubert. Gracias a la música, el autor exploraba la eterna paradoja: la cultura que marida con lo mejor y lo peor del ser humano. La música como gratificante y, a la vez, problemática materia literaria.

Escritor meticuloso, Cabré (Barcelona, 1947) podría encarnar a la perfección la parábola de Isaiah Berlin sobre la zorra y el erizo. Poco dado a la dispersión de la popularidad y más proclive a la maceración en soledad de sus obsesiones humanísticas, bascula entre la memoria histórica, el origen del mal y sus administradores, la culpa y la posibilidad del perdón. El título de su última novela, Yo confieso, resuena con fuerza: ocho años de escritura, casi mil páginas, centenares de personajes. La historia interminable del mal en el mundo, la topografía del infierno y el perenne desfile de sus cancerberos.
«El horror, el horror», peroraba Kurtz en El corazón en las tinieblas. Cabré comienza su travesía en 2003, para darla por «definitivamente inacabada» el 27 de enero de 2011, aniversario de la liberación de Auschwitz. En la portada, un niño de puntillas intenta alcanzar un libro en la parte alta de la biblioteca. Se llama Adrià Ardèvol y es hijo único de un anticuario que ha llenado su tienda de objetos preciosos con métodos, digamos, espurios: Adrià mitiga la soledad del superdotado y la indiferencia paterna con un violín construido en Cremona por Lorenzo Storioni en 1765 y las historietas del sheriff Carson y Águila Negra. ¿Puede viajarse de un monasterio románico a la periferia de París, donde apareció muerto el maestro violinista Jean-Marie Leclair y, de ahí, al campo de Auschwitz, donde Rudolf Höss administra el gas Zyklon y acabar en un piso del Ensanche barcelonés? 
Cabré optimiza la omniscencia del escritor: Yo confieso es una polifonía de título polisémico: la confesión puede ser ejercicio sacramental o fruto del interrogatorio policial. Así lo refleja Cabré en sus obras, reelaborando obsesiones con la conciencia del erizo. En Señoría (1991) abordaba los abusos del poderoso en la Barcelona del siglo xviii; en La sombra del eunuco (1996) sonaba el violín entre las luces y sombras de la generación que transitó del franquismo a la democracia; en Las voces del Pamano (2004) –su consagración internacional, con seiscientos mil lectores en Europa–, la represión franquista en el Pallars aportaba matices al polémico y, también polisémico, concepto de «memoria histórica», tan manoseado por el oportunismo político.
De todo eso bebe Yo confieso, ambiciosa novela europea de ideas, en la estela de Zweig, Mann o la Luz de vísperas de Mauricio Wiesentahl. Adrià, el hijo del anticuario, inventaría responsabilidades propias y heredadas. Tratado del mal, del expolio artístico del nazismo, del ambiguo rol de la cultura, del coleccionismo para preservar recuerdos que desactivará el «intruso» Alzheimer: el violín como instrumento del descargo de conciencia. La terrible necesidad de la escritura: «El grano de arena primero es una brizna en el ojo; después un estorbo en los dedos, un ardor en el estómago, una pequeña protuberancia en el bolsillo y, con un poco de mala suerte, acaba transformándose en una losa en la conciencia. Todo, las vidas y los relatos, comienzan así».
Aferrado al violín y a su mejor amigo del conservatorio, ese Adrià que se parece tanto a Cabré interpretará –o ejecutará– la escala de la expiación. Sostenido por técnicas narrativas del experimentalismo de los años setenta, el autor mezcla puntos de vista y planos temporales. La alternancia de voces en una misma secuencia de diálogo permite caracterizar el desasosiego que produce el arte, según quien lo interpreta. Schubert apasiona a Adrià, que percibe en su música una forma de salvación, pero también al doctor Budden mientras inyecta veneno en el corazón de los niños judíos de Auschwitz: «Schubert es la verdad artística y para salvarnos tenemos que agarrarnos a ella», le dice al comandante Höss. 
En una novela de tantas páginas, la «fórmula Cabré» no siempre funciona. Personajes cargados de subhistorias se entrometen en la narración principal: podrían obviarse algunos recursos reiterativos que, aunque deliberados, parecen más dirigidos al aplauso crítico que al placer lector. El autor mezcla, sin muchos matices, los siglos de la Inquisición con la banalidad del mal –en serie– del siglo xx. Ha de subrayarse también que Cabré ponga el acento en el genocidio –evidente y documentado– del nazismo y no explore el crimen ataviado con los despojos de la inocencia, en feliz expresión camusiana; ese genocidio edulcorado con la retórica del «hombre nuevo» que va de Marat a Lenin y Stalin, y de estos a Mao o Pol Pot.
Si el protagonista de Yo confieso acaba su periplo por la memoria forzado por el Alzheimer, su creador pone punto final a esta novela catártica y premeditadamente «inacabada» con más preguntas que respuestas ante el eterno retorno del mal. Como reconoce Adrià, auscultando el Storioni Cremonensis que su padre compró con dinero sucio, «el instrumento del mal tiene nombre y apellido, pero el mal, la esencia del mal... eso no lo he resuelto todavía». Cabré seguirá componiendo con sangre de violín la partitura de la culpa.

01/11/2011

 
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