ARTÍCULO

Lana gruesa

Alfaguara, Madrid, 1997
126 págs.
 

El tema de los campos de concentración nazis es algo tan manido, también en términos estrictamente literarios, que corre grave peligro de convertirse en tópico; en tópico de los que circulan perezosa pero ininterrumpidamente y obstaculizan cualquier intento de reflexión intelectual seria. Uno de los problemas que suscitan los campos de concentración, u otras brutalidades causadas por el ser humano, es que su denuncia «a toro pasado» a veces no es más que un desagüe o aliviadero de conciencias en medio de la algarada que convoca el estallido emocional provocado por la barbarie una y otra vez sacada a la luz. Por ello, hablar, escribir, de los campos de concentración requiere honestidad intelectual, ninguna pereza y desde luego voluntad de renovar continuamente los cimientos estéticos que han de sustentar el peso de argumentación ética. No sirve, por lo tanto, el limitarse a contar linealmente tal o cual salvajada. Ésta, para que no quede impune, deberá ser retratada con la fidelidad que Valle-Inclán solicitaba de los famosos espejos del Callejón del Gato (hoy, por cierto, reducidos a dos grotescas planchas en el exterior de un bar de la calle de Álvarez Gato). Es decir Auschwitz, Dachau, etc., necesitan de una mirada convexa, si es capaz de no autoconfinarse en ejercicio introspectivo negador de aquellos tópicos a los que me refería al principio, que los retrate y confirme a los lectores (a los oyentes) cuánto de grotesco puede albergar en su interior la especie humana. Viene esto a cuento de la traducción castellana, a cargo de Avelino Hernández, un traductor riguroso y contenido, de la novela catalana de M. Ángels Anglada, El violín de Auschwitz; un recorrido denso por el espacio escénico de alguna de la mayores perversiones nacional-socialistas. Y porque sin duda es intelectualmente honesta Anglada evita con justeza (y justicia) el infierno de los tópicos. Lo suyo es una argumentación moral: la belleza, creada por el preso luthier que diseña el violín para el preso músico que lo hará sonar, es la única salida frente al tirano cuando el uso de la fuerza rebelde se hace imposible. En este sentido, el discurso de Anglada funciona a la perfección, todo encaja e incluso el final, relativamente feliz, no resulta en absoluto chocante. Paralelamente, los enemigos de la belleza (aun coyunturalmente aliados con ella, mera apariencia por otra parte de ciertos elementos residuales de un país –Alemania– donde la música es cultura) se dejan ver en su plenitud convexa. Sin embargo M. Ángels Anglada ahorra visiones sadomasoquistas que ni siquiera Charlot en Elgran dictador fue capaz de evitar; lo suyo es un espejo convexo, insisto, pero tratado con «flous» que al evitar truculencias hacen sutil una historia que si vale como documento (como panfleto en el sentido más noble del término, el anglosajón) como novela no acaba de funcionar. Porque, hora es de decirlo, El violín de Auschwitz en tanto que novela chirría por todos los lados; la acción no avanza prisionera de incontrolados meandros, los personajes –proceder muy grave en una estrategia realista como parece ser ésta– aparecen muy desdibujados, el pretexto narrativo, el recurso del manuscrito volandero que cuenta la historia de Daniel y su violín que acabará cayendo en manos de la autora [«Tienes que pasárselas (las páginas) a Ángels, le van a interesar mucho» (pág. 21)], es pobre. Queda, en fin, la fuerza documental –sin moralejas ni moralinas– de M. Ángels Anglada, una autora que desde una perspectiva sumamente estética ha sido capaz de darle la vuelta al calcetín histórico. Un calcetín de lana gruesa, lleno de tomates, y por lo tanto creíble.

01/01/1998

 
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