ARTÍCULO

El vicio solitario

Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires
Trad. de Marcos Mayer
504 pp. 24 euros
 

No puedo saber si el autor de este libro conoce aquella famosa recomendación de García Márquez acerca de la función ideal de la primera frase como enganche del lector, pero lo cierto es que el comienzo de su ensayo es fulgurante y prometedor: «La masturbación moderna puede fecharse con una precisión rara en la historia de la cultura». El adjetivo «moderna», aplicado a la masturbación, ya descoloca un poco, pero la contundencia del resto genera una innegable curiosidad sobre un trasfondo de escepticismo irónico. No sé si estoy generalizando indebidamente mis impresiones al abrir el libro, pero reconozcan que el tema tiene características que propician una especie –¿cómo podría decirse de manera precisa?– de atracción peculiar, pues no en vano muchos hemos sido educados en las medias palabras y sobreentendidos acerca del «pecado solitario», el más privado y menos confesable de los «vicios». Inmediatamente después de la frase inicial, sin salir del breve capítulo primero, y siempre bajo el sugestivo epígrafe de «el comienzo» (¿de qué exactamente?, se pregunta uno con expectación), se desgranan una serie de datos que, como decía Gracián con respecto a otro placer más tolerado, nos pica el apetito (en este caso, la curiosidad o el deseo) sin colmar la satisfacción. Por ejemplo, que en 1712, «o alrededor de esa fecha», el anónimo autor –que se descubrirá más adelante– de un tratado titulado Onania no sólo dio nombre, sino que «realmente inventó una nueva enfermedad» llamada a generar un sentimiento «casi universal de culpa, vergüenza y angustia»: se trata, en efecto, del onanismo o autopolución, como decía el título completo del mencionado opúsculo.
Unas páginas después, el propio autor coge el toro por los cuernos con encomiable claridad: la pregunta clave, nos dice, no es por qué desde 1712, y por espacio de un par de siglos, la masturbación constituyó un supuesto problema médico, sino por qué el sexo solitario se convirtió en un perturbador problema moral en una época en que el placer sexual alcanzaba cotas desconocidas de «aprobación secular». La historia de la masturbación –que, obviamente, ha existido desde siempre como tal práctica– nos muestra que fue tan importante a partir del siglo XVIII precisamente «porque antes representó muy poco». ¿Qué es lo que encontraron –primero la Ilustración y luego la sociedad burguesa– de amenazante y despreciable en «la sexualidad de la modernidad» o el «primer vicio democrático con igualdad de oportunidades»? Con el planteamiento de tales interrogantes, Laqueur deja bien perfilado el objetivo de las páginas que siguen: «La historia de la masturbación es parte de la historia de cómo se creó y sustentó el sujeto moralmente autónomo de la modernidad» (p. 24). Bueno, esto son ya palabras mayores, de manera que, más asentado, el lector se las promete felices, porque todo ello preludia una reflexión seria y aleja el peligro de un mero catálogo para eruditos rijosos.
El recorrido comienza –como no podía ser de otra forma– con el análisis de Onania, su repercusión y sus secuelas. Entre estas últimas destacará L’Onanisme (1760) de Samuel-Auguste Tissot, que llegaría a servir de base para el correspondiente artículo de la Encyclopédie de Diderot. El tema había empezado a interesar a médicos, filósofos y moralistas. Lo más importante es que, desde distintos frentes ideológicos, por razones a veces enfrentadas, se produjo una convergencia en el rechazo a la práctica masturbatoria –hontanar de males físicos, psíquicos y morales–, desde la mera reprobación de los más liberales o comprensivos hasta la condena absoluta desde la perspectiva religiosa o la ética estricta. Kant, por ejemplo, la juzga tan «antinatural» que dictamina que es «peor que el suicidio» (p. 72). En la literatura dickensiana, el masturbador es fácilmente reconocible por sus estigmas físicos (palidez, debilidad, consunción, etc.). Grosso modo, y perdónese el ine­vi­ta­ble esquematismo, habrá que esperar a Freud para que se reconozca la «naturalidad» de la expresión sexual que nos ocupa, aunque en el mejor de los casos ello no supondrá más que el paso del infierno al purgatorio en la consideración del «vicio» en cuestión, porque el médico vienés insistirá en vincular la actividad onanista a una etapa del desarrollo humano; una práctica, por tanto, que el adulto maduro debe abandonar si no quiere quedar anclado en los límites de una adolescencia perpetua.
Antes, sin embargo, de penetrar con todas sus consecuencias en el siglo XX, el autor vuelve la vista atrás para realizar un pausado recorrido por la historia de la masturbación a partir de los testimonios que nos fueron dejando literatos, moralistas o pensadores de otras épocas y culturas. No se trata, como antes se apuntó, de la mera satisfacción de una curiosidad, sino de robustecer la tesis que vertebra el conjunto: mostrando «cuán poco importaba el sexo con uno mismo» antes del siglo XVIII, se establecen las bases indispensables para explicar por qué fue tan importante después. Y, en efecto, el común denominador en ese rastreo del pasado puede sintetizarse en una sola palabra: silencio. Dicho de otra manera, es un asunto sobre el que se tiene una opinión más o menos favorable, o ante el que se establece una actitud más o menos tolerante, pero siempre bajo el sobreentendido de su irrelevancia en todos los órdenes. Así pasa claramente en el mundo grecorromano –la Antigüedad clásica–, pero algo muy parecido podría decirse, con los inevitables matices diferenciales, en la tradición judía; ya es suficientemente significativo en este sentido que en hebreo, según Laqueur, no haya «ninguna palabra para la masturbación» (p. 135). Aunque nunca podemos saber con certeza lo que significa la ausencia de una palabra en una cultura –en este caso, es obvio que no la negación de la práctica que nos ocupa–, no deja de resultar curioso el asunto, máxime cuando, en el lenguaje culto, el autoerotismo se vincula al personaje bíblico de Onán.
Más sorprendente resultará a muchos la indiferencia del cristianismo medieval sobre el tema. Laqueur lo explica diciendo que el celibato en las órdenes y la austeridad matrimonial eran las grandes preocupaciones de la época; por otro lado, los grandes pecados en el ámbito de la sexualidad eran el adulterio, el concubinato, el incesto, la sodomía o el bestialismo. Es verdad que la humilde masturbación no podía alcanzar el estatuto de atentado contra el orden natural de esas transgresiones, pero, en mi opinión, Laqueur tiende aquí a minusvalorar la reprobación de la misma. Como sucede muchas veces, es una cuestión de dónde se ponga el acento o, dicho de otro modo, con qué se equipare el onanismo (a menudo con la sodomía, como auténtica «debilidad criminal»). Tomás de Aquino, por citar la figura más relevante del período, consideraba que los peores pecados de lujuria eran los contrarios a la naturaleza, distinguiendo cuatro clases distintas: en la primera de ellas figuraba la masturbación. Con todo, dice Laqueur en la evaluación general anterior a 1712, salvo excepciones muy puntuales, los pecados sexuales que importaban eran los que afectaban a las relaciones entre personas: el «vicio privado» quedaba así, para bien y para mal, en una discreta penumbra.
Sabemos poco, reconoce el autor, de los sentimientos de culpa de la gente en el pasado. Pero de los pocos testimonios seguros que tenemos se deduce que la masturbación no generaba grandes dilemas. Samuel Pepys, el gran diarista inglés, se ejercitaba en ella regularmente, en público y en privado. «El domingo 11 de noviembre de 1666 lo hizo en una iglesia, pensando en la hija adolescente de un amigo» (p. 218). La leve culpa que siente de­sa­pa­re­ce cuando lo vuelve a repetir, otra vez en la iglesia. Llegados a ese punto, Laqueur se siente más legitimado para retomar la pregunta que nos lanzó al comienzo: ¿qué pasa a comienzos del XVIII para que algo que no planteaba problemas y había despertado tan poca atención se convierta de pronto en tema capital para galenos de cuerpo y alma? En términos más precisos, ¿por qué el sexo solitario se convierte en un asunto insoslayable de la ética del yo?
Laqueur va desgranando una gavilla de razones convincentes –aunque accesorias, como se verá después–, tales como la creencia de que la pérdida de semen causa debilidad y agotamiento nervioso; en segundo lugar, que la autopolución se basaba en la falsedad (fantasía) y, tercero, que en sí misma la actividad masturbatoria era adictiva, difícil de moderar o saciar, todo lo cual convertía en «antinatural» el sexo solitario: apuntaba así a un abismo de solipsismo y anomia que chocaba con la moral vigente. La masturbación representaba por ello la privacidad socialmente inadecuada y fuera de las reglas establecidas. Era exactamente el retrato en negativo de las virtudes burguesas, el lado oscuro y salvaje (el mal uso) de la autonomía, la libertad y la independencia. En un contexto en el que el Estado y la Iglesia perdían su autoridad y control sobre la conducta sexual, se hacía más apremiante un modelo alternativo de regulación libremente asumido por todos. El onanismo constituía el rechazo a esa alternativa, su negación solipsista. Dejándose seducir peligrosamente a estas alturas por el análisis foucaultiano, Laqueur encuentra que el Estado ya no azota o quema a los ofensores sexuales, pero sí desarrolla una forma más insidiosa y perfecta de poder, una gigantesca cárcel de cristal en la que el deseo queda inserto en un régimen disciplinario.
Sin embargo, todo esto sería parte de la explicación. Y llega el momento, después de más de trescientas densas páginas, en que el ensayista empieza a hacer piruetas sin red. Lo anterior, con lo que el lector ha podido estar más o menos de acuerdo, era un trabajo serio, un análisis riguroso, un excelente estado de la cuestión. Lo que viene ahora es otra cosa. Procuraré ser lo más imparcial posible y dejar hablar al autor: «La economía comercial y las imaginativas fundaciones de crédito planteaban a la opinión pública de esa época la misma cuestión moral y psicológica que la masturbación»; por tanto, ésta debe ser considerada «un caso especial de un problema más amplio: las moralmente perturbadoras cualidades de una economía comercial de crédito que mágicamente prometía una no soñada abundancia, vinculada de manera endeble con la realidad concreta de bienes y servicios». Como la masturbación, «el comercio creaba constantes agonías y recelos al espíritu; al igual que la masturbación, se imponía sin parecer hacerlo y dejaba a sus víctimas reducidas a piel y huesos sin que su lujuria haya cedido siquiera un poco». La angustia masturbatoria «era una expresión de la angustia por un nuevo orden político económico escrito en el cuerpo». Así, el «especulador y el masturbador jugaban el mismo juego» (pp. 332-334). Tanto la masturbación como el crédito hallaban «su predicamento en la imaginación. Ambos amenazaban el orden social real; ambos estaban atrapados por fantasías; ambos se situaban contra el orden epistemológico de las cosas». El antes citado Tissot, al escribir sobre el vicio solitario, desempeñaba una función paralela a la de su coetáneo Adam Smith, pues los mismos problemas acechan tanto «al terreno masturbatorio como al fiscal». Por expresarlo con una contundencia definitiva, «el dinero es el mismo tipo de fetiche que el objeto del deseo masturbatorio» (pp. 347-350).
Si el lector logra sobrevivir a esas (aproximadamente treinta) delirantes páginas, volverá a encontrarse, para su sorpresa, con un ponderado análisis del papel de la cultura impresa en la masturbación. En la incentivación de la misma, podríamos decir sin ambages: «La lectura como acto físicamente poderoso, que involucra a la imaginación, que invita a esa especie de autoabsorción placentera, secreta y potencialmente adictiva que los contemporá­neos identificaban como núcleo del ­vicio privado». La lectura privada, en especial de novelas y narraciones, argumenta Laqueur, tiene muchas de las características de la masturbación: soledad, secreto, ensimismamiento, imaginación y libertad de las obligaciones sociales. Un vínculo –o un peligro– que los moralistas ya percibieron en su momento y sobre el que alertaron con insistencia, en especial a las mujeres. Más claramente, hubo todo un modo de entender la literatura –el relato de tintes pornográficos– que incitaba abiertamente al autoerotismo; pero, en general, un libro abierto al costado de una mujer tendida se convirtió en «icono de los placeres y peligros de la literatura». A menudo, como muestran las ilustraciones que Laqueur ha incluido, no se trataba de un vínculo sutil o supuesto: las estampas que se ponen en circulación desde el siglo XVIII muestran con frecuencia a féminas diversas que acaban de abandonar la lectura y, con las piernas ostentosamente abiertas, se masturban con la mano o con el primer objeto a su alcance.
En el último capítulo, dedicado a los avatares del onanismo en el siglo XX, volvemos a encontrarnos con Freud y con toda una literatura médica y psicoanalítica que, con ropajes de modernidad, reproduce básicamente las resistencias tradicionales a la aceptación del autoerotismo. Es verdad que ya deja de ser considerado pecado o enfermedad propiamente dicha, pero para ocupar un lugar en los desarreglos o trastornos de la conducta: así, «el masturbador es como el bebedor compulsivo que asiste a Alcohólicos Anónimos» (p. 461). Hasta que se produce la revolución de los sesenta y, con ella, por «primera vez en la historia humana», la masturbación se convierte en símbolo de libertad y liberación, reclamo de autonomía, ruptura de las prescripciones establecidas, emblema de rebeldía y, por encima de todo, expresión de la legítima búsqueda del placer sin cortapisa alguna. Pese a que una mirada superficial podría diagnosticar que éste es, en varios sentidos, el fin del trayecto, Laqueur termina con unas ambiguas consideraciones acerca de cómo el sexo solitario es o puede ser todavía profundamente perturbador para la conciencia contemporánea.
Quien haya llegado hasta aquí comprenderá que es muy complicado expresar una valoración de conjunto sin caer en el reduccionismo o la distorsión. Pese a ello, me arriesgo a dar unas pinceladas: obra erudita, ambiciosa y, por esto mismo, fallida –en mi opinión– en su intento de dar satisfacción completa a preguntas complejas; poliédrica, deliberadamente polémica y, por ello, hasta desconcertante a veces, pero siempre sugestiva; también prolija, con una línea argumental un poco tortuosa y, en definitiva, más eficaz y convincente en su faceta de «historia cultural» del vicio solitario que como ensayo con respuestas propias. Bien es verdad, para decirlo todo, que no le ayuda mucho la versión española, trufada de americanismos, imprecisiones (posta por posición, Iluminismo sistemáticamente por Ilustración) o simples incorrecciones (epocal, implausible, hizo su movida). 

 

 

01/05/2008

 
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