ARTÍCULO

La voz del viaje

Anagrama, Barcelona, 176 págs.
 

Sergio Pitol forma parte de las genealogías secretas de la literatura en español que, por fin, dejan de serlo. Me refiero a lo de secretas, claro.

Autor de obras hoy decisivas en el impulso a la narrativa iberoamericana surgido en las dos últimas décadas, como El desfile del amor (1984), Vals de Mefisto (1984), Domar a la divina garza (1988), La vida conyugal (1991), El arte de la fuga (1997), publica ahora El viaje (2001). Sin duda, su más rotundo aldabonazo hacia un género sin género que amalgama, con precisión y talento, las diversas entonaciones de la tradición literaria occidental. Pitol cuenta un viaje desde Praga a la antigua Unión Soviética a mediados de los años ochenta. Los escenarios son Praga, como genial punto de partida y arte de la fuga; Moscú, como el caleidoscopio deslumbrante que une el final de una de las pesadillas más siniestras de la historia contemporánea y el alumbramiento de un tiempo de libertades en el que la recuperación de la historia, es decir de la memoria, se extiende a borbotones por las calles y las conciencias; San Petersburgo –todavía Leningrado, enquistada la enorme ciudad en un pasado oculto– y la georgiana Tbilissi (Tiflis) capital cultural y sentimental de la Perestroika. En el principio, el viaje parte de una invitación de la Asociación de Escritores de Georgia. Pero lo que en muchos ––demasiados– escritores sería una sentida enumeración de anécdotas, paisajes y comentarios –más o menos ocurrentes al hilo de las geografías– se convierte, gracias a la perspectiva adoptada por Pitol –eje del quehacer poético de un autor– en un ejercicio memorable de pasión y rigor literario.

El viaje es, siempre, hacia adentro, un salto al abismo que se abre en cada escritor por medio de la representación fantástica de un centón de ámbitos en los que lo intelectual y lo vivido muestran su geografía pavorosa y espléndida, enigmática e inasible. La experiencia se torna así en un diálogo y un itinerario; precisos los términos, inciertos los contornos. Todo viaje es el germen de una literatura interior que atiende a un solo interlocutor, un solo paisaje y una voz; la topografía fantasma de unos ojos que miran, de una atmósfera –la recuperada Rusia, la atenta Georgia– que deslumbra en su renacimiento. «Crónica literaria de tono menor», confiesa Sergio Pitol. Ahí es nada. Un mecanismo de relojero que ajusta la comedia humana en el alfabeto de la pasión literaria, no como una vacía feria de vanidades, sino como un incesante misterio cuyo principal deslumbramiento es la melancolía que convierte en literatura las industrias y andanzas del que narra. Un estilo sobrio y contundente, sin excesos, ni barroquismos, demanda, a cada instante, la presencia, la participación del lector. La narrativa de Sergio Pitol, de una originalidad absoluta, se distingue por la cadencia del ritmo de su frase, por la claridad insobornable de su descripción, por el paisaje intelectual de una tradición creada a través del diálogo con otros autores, esa polifonía de voces que compone la biblioteca de babel personal en la que uno se pierde con fervor a cada paso. Una escritura conjetural, abierta, que refleja los diversos espejos sobre los que las máscaras se ensombrecen y se pierden; un laberinto desasosegador que, sin embargo, busca la verdad por medio de la huida. Como el propio Pitol ha recordado antes de este libro: «Todo está en todas las cosas».

El viaje es una obra que se rige por un secreto y está cifrada por un principio alquímico que se dirige a la búsqueda de una impresión personal y directa de las cosas. Pitol, se ha señalado, es un escritor de círculos excéntricos, un escritor fronterizo que descubre y anuncia en esa huida conjetural una manera poco habitual de defenderse, también como advirtiera Pavese, de las ofensas de la vida: «Si algo da unidad al relato –escribía en El arte de la fuga– es el proceso de construcción de una voluntad y el ejercicio incesante de esa voluntad en la conformación de un destino». Literario destino, sin duda, porque como advierte en las primeras páginas de El viaje: «La perfección extrema en la novela es fruto de la imperfección de nuestra especie [...]. Los libros más perfectos que conozco: La cruzada de los niños de Schwob; La metamorfosis de Kafka; El Aleph de Jorge Luis Borges; Movimiento perpetuo de Monterroso». Cada página, en Pitol, es una recreación de la memoria, un recordatorio y una exégesis de las lecturas, Tolstói, Gogol, Chéjov, Dostoievski, Stendhal, Faulkner, Rulfo, Guimaraes Rosa, a las que se añaden, al lado del paisaje que da sentido a un alma, razón a una estirpe extraordinaria, «la literatura asombrosa de principios de siglo al final de los diez y los veinte: Ajmátova, Rozanov, Kuszmin, Tsietáieva, Mandelstam, Tinianov, Pasternak, Platonov y Jlébnikov, para algunos este último es el poeta formalmente más radical de la época»; una recreación de las obras de arte como ese Matisse de los Peces rojos, de las películas como Mi amigo Iván Lapschin de Guelman, momentos que vuelven como leales epifanías –el recordado y conmovedor encuentro con Shlovski en Moscú, el carnavalesco almuerzo en Tbilissi, en donde se cierne la presencia de Bajtin, el pathos y la caricatura, el mundo de cintura para arriba y de cintura para abajo que recorre buena parte de lo más granado de la literatura europea y después americana– al centro de una narración circular, intensamente vivida. Un diálogo con las sombras, un descubrimiento de las arquitecturas secretas de un siglo.

La Praga mágica de Angelo Maria Ripellino es el punto de fuga y de partida hacia todo lo que se relaciona «por empatía o por rechazo»: Kafka, Rilke, Werfel, Perutz, Jan Neruda, Seifert, Holan, Capek, los coloquios renacentistas entre ciencia y alquimia, la Bohemia germánica y la judía, la arquitectura, las casas cúbicas de Adolf Loos, las del Bauhaus construidas por Mies Van der Rohe, y Gropius, la stregoneria. Un paseo por Praga, ese «palimpsesto de piedra» que recrea en la mirada y en las sombras de los muros los santuarios ocultos, las avenidas y los recovecos, las huellas de El Golem, de Joseph K., de Gregorio Samsa. Una mirada al Moscú que se desembaraza del terror y estalla, a lo largo de la calle Arbat, en borbotones de libertad; lo nuevo, confiesa, le impide escribir porque le basta el deslumbrante espectáculo que ocurre en la calle y en el interior de artistas, escritores y cineastas. El recuerdo incesante de Petersburgo de André Bély; la obra de Pilniak; y las memorables, implacables páginas dedicadas a Marina Tsvetaieva constituyen uno de los momentos más intensos del relato. Y al escribir sobre ella, escribe sobre sí mismo: «Un ensayo suyo siempre es un relato y la cápsula de una novela y una crónica de época y un trozo de autobiografía».

He ahí el ángulo de visión de un género sin género –porque todo está en todas las cosas– y el centro de la elipsis que representa, sin fisuras, El viaje de Sergio Pitol: «Pero las palabras –recuerda de Tsvetaieva– al acercarse unas a otras se transmutan en atmósfera, sombra, dolor, desesperanza». La traducción, el conocimiento de una realidad sobre la página escrita. El oficio, que es emoción, sabiduría, pleno arte, de un narrador que no ha olvidado la apasionada advertencia de Chéjov a su editor y amigo, Suvorin: «La indiferencia equivale a una parálisis del alma, a una muerte prematura». Una pasión sin estridencias, que Pitol describe, sin máscaras, ni ornamentos. Una obra mayor en la monumental narrativa sin género del escritor mexicano.

01/02/2002

 
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