ARTÍCULO

Estados Unidos en los tiempos de Stalin

Acantilado, Barcelona
Trad. de Víctor Gallego
512 pp. 28 €
 

Es una pena que esta edición de La América de una planta, de los escritores rusos Ilf y Petrov, no incorpore advertencias sobre qué pasajes fueron en su día censurados y cuáles no, pues ese hubiese sido uno de los principales atractivos del libro: saber qué aspectos de la vida americana de los años treinta no resultaban digeribles para la censura estalinista, en esta extensa crónica de un viaje por Estados Unidos. Por otra parte, lejos de lo que propone Alexandra Ilf en la presentación, no es cierto que este libro «honesto e inteligente» esté escrito «sin tintes ideológicos», o que el libro, «excepcionalmente amable», resultó «no ideologizado». Sí es cierto que se trata de un libro inteligente, pero sólo con mucha ingenuidad, o con la misma superficialidad con que el prólogo alude a las peripecias de sus ediciones y la censura, puede decirse que no esté ideologizado. Más aún, salvedad hecha de estupendos pasajes acerca de los bosques, montañas y desiertos norteamericanos, cuyas dimensiones hacen eco en ocasiones a la naturaleza rusa, o divertidos apuntes de los dos escritores ante los contrastes de la vida (norte) americana, casi nada –desde las observaciones sobre los indios abandonados de Nuevo México a la descripción en apariencia de broma del compositor ruso Rachmaninov, exiliado en Estados Unidos– está exento de un trasfondo, más aún, una intencionalidad ideológica. Por lo demás, ¿podía ser de otra manera?
La América de una planta constituye el relato de casi quinientas páginas del viaje que, a lo largo de tres meses y medio de 1935, y provistos de numerosas cartas de presentación ante estadounidenses muy diversos, Ilf y Petrov hicieron de costa a costa en Estados Unidos, y vuelta. En contra de lo que pudiera pensarse, las crónicas no fueron publicadas en un solo medio. Algunas lo fueron en Pravda, el periódico de referencia de la entonces Unión Soviética, y otras en varias revistas, al igual que las fotos: uno de los dos viajeros tomó más de mil, algunas de las cuales recoge el libro. Todo ello pasó por la censura y, por lo visto, al regreso del viaje, los dos autores escribieron una carta a Stalin que –oportunidad perdida, si es que alguna vez se conoció su contenido–, tampoco recoge esta edición.
Subidos en un Ford utilitario de color gris ratón, y acompañados, conducidos y asesorados por un matrimonio estadounidense que ejerce un papel dramático de contrapunto, tan propio del relato de viaje –el Passepartout de La vuelta al mundo en ochenta días o el Sancho Panza del Quijote– y permite numerosos diálogos de «alivio» de las descripciones, entre las primeras cosas que llaman la atención figura todo el partido que los dos escritores rusos supieron sacar de sus tres meses. Poco de lo que evocan las palabras «Estados Unidos» queda fuera de la crónica: los rascacielos de Nueva York, los gángsteres de Chicago por entonces en las primeras páginas, las cafeterías y drugstores, el jazz, las reservas indias, la naturaleza descomunal, las largas distancias por carreteras magníficas, los negros y los indios, la democracia en Estados Unidos y hasta una excursión de un día a Ciudad Juárez, cruzada la frontera con México, con la previsible descripción dolorida de una corrida de toros...
De entre el no tan extenso catálogo de los procedimientos empleados por la crónica de viaje, Ilf y Petrov eligen lo que podríamos denominar el sistema de la descripción precisa de lo visto y vivido, que suele suceder a los viajes de descubrimiento y da cuenta de algo que el narrador no había visto antes. Y no hay forma de ponerle pegas al sistema, en principio el más adecuado para el viaje de descubrimiento, y es probable que ese fuera el caso de los lectores soviéticos con el moderno Estados Unidos.
El problema reside en que desde hace tiempo el lector medio de un poco todo el mundo conoce Estados Unidos como si hubiese vivido allí, aunque no haya ido ni una Semana Santa a Nueva York, y ello gracias a la industria de comunicación más poderosa que se haya inventado, el cine, que tiene en Estados Unidos y en el modo de vida norteamericano quizá su principal escenario. Así que, por muy bien que estén descritos, no hay forma de compartir la sorpresa de Ilf y Petrov ante los rascacielos de Nueva York, que además todavía eran los de los años treinta, o con la decoración industrializada que se repite en todos los moteles de Estados Unidos (pues, según los autores, la decoración individualizada, al igual que la comida o la fabricación artesanal de compases de arquitecto, no serían rentables).
Quizás uno de los aspectos del libro que sí mantiene cierto interés, tantos años más tarde, es el sistema empleado en la investigación y escritura, con el resultado final de un estilo terso, ameno, inteligente, preciso y a menudo de admirable perspicacia, como cuando se observa que en México hay muchos niños limpiabotas y leemos: «Por lo visto, es una regla que, cuanto más pobre es una ciudad meridional, más importancia se concede a que el calzado brille como una patena» (p. 431). O, «¿podía encontrarse algo más paradójico en el mundo que esa apabullante monotonía de las ciudades en medio de la infinita diversidad del desierto?» (p. 304). O descripciones que, por su expresividad, alcanzan a ser narraciones: «En cuanto a las enchiladas, consistían en unas tortas largas y apetitosas, rellenas de guindilla y pólvora cortada en lonchas finas y rociadas con nitroglicerina. En definitiva, era de todo punto imposible engullir una cena de ese tipo sin llevar puesto un casco de bombero» (p. 234).
Y lo que sin duda resulta un placer es, con la colaboración del traductor Víctor Gallego, la agilidad, sentido del detalle, humor, oportunidad y trabajo –escribían todos los días, al término de largas jornadas– de dos escritores que siempre hablan de «nosotros», pero parecen uno. Un tipo de matrimonio feliz que rara vez se da en la historia de la escritura.

01/07/2010

 
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