ARTÍCULO

Benedicto en Gran Bretaña

 

Aunque menos viajero que su antecesor, el pontificado de Benedicto XVI está siendo también rico en visitas pastorales. A comienzos de noviembre de 2010 acogieron al papa Santiago de Compostela, como un peregrino más del Año Jacobeo, y Barcelona, donde participó en la dedicación de la basílica de la Sagrada Familia. Menos de dos meses antes, del 16 al 19 de septiembre, había realizado un histórico viaje a Gran Bretaña: «Usted ha retado realmente a todo el país a sentarse y reflexionar», dijo el primer ministro Cameron cuando despidió al papa Benedicto al final de su visita. Se trataba de un logro enorme teniendo en cuenta toda la publicidad negativa que había precedido a su estancia. El único viaje anterior de un papa a Gran Bretaña había sido el de Juan Pablo II en 1982, cuando grandes multitudes habían saludado al papa por doquier y habían quedado encantadas con su calidez y su carisma. Las perspectivas para esta visita de Estado de Benedicto XVI eran muy diferentes. El programa se había modificado en varias ocasiones. De resultas de las medidas de seguridad, iban a ser menos las personas que iban a poder acercarse al papa, por lo que el resto habría de limitarse a verlo por televisión. Aun así, se decía que muchas de las entradas para los actos en que tenía previsto participar seguían sin venderse. La colecta de dinero para sufragar la visita fue fallida y apenas produjo la mitad de los fondos necesarios. Los escándalos de pedofilia en el seno de la Iglesia habían generado una publicidad adversa, hasta el punto de que llegaron a oírse voces que amenazaban con arrestar al papa como cómplice. Se organizaron marchas y manifestaciones de protesta en contra de la enseñanza católica en relación con los temas sexuales, especialmente por parte de grupos de mujeres. El propio Benedicto aparecía representado como un estudioso distante y erudito que no habría de revestir atractivo alguno para la mayoría de la gente. La prensa no dejó escapar una sola oportunidad de echar leña al fuego de la publicidad adversa y la sensación dominante era que si transcurrían los cuatro días sin que sucediera ningún gran desastre se trataría de un milagro.
Ninguna de estas predicciones catastrofistas acabó cumpliéndose. La visita del papa se inició en Escocia, donde se puso inmediatamente de manifiesto hasta qué punto los preparativos habían sido meticulosos. En su camino hacia la capital fue acompañado por un millar de músicos tocando el instrumento nacional escocés, la gaita; llegó a Edimburgo llevando el emblema escocés de una bufanda de tartán e incluso pronunció algunas frases en gaélico, el dialecto nacional. Enseguida asomaron dos características de los numerosos discursos que habría de dar. No sólo conmovió los corazones de los oyentes con una oportuna alusión a acontecimientos de su propia historia que revisten una gran importancia para ellos, sino que lo hizo como si se tratara de un estadista y a menudo con un gran arrojo. En Edimburgo se refirió al centenario del Congreso Mundial de Misioneros celebrado en esta ciudad escocesa en 1910, que se tiene generalmente por el comienzo del movimiento ecuménico. Más tarde, en el Westminster Hall de Londres, ante un público integrado por las más altas autoridades políticas y religiosas del reino, no sólo habló del papel que este edificio había desempeñado en el desarrollo de la ley y de las instituciones democráticas en todo el mundo; también mencionó con firmeza los procesos celebrados en la misma sala que dieron lugar al martirio de católicos a manos de protestantes. El último día, cuando abandonó el país desde el aeropuerto de Coventry, aludió a la celebración nacional justamente ese día del septuagésimo aniversario de la batalla de Gran Bretaña contra Alemania en 1940, y recordó el bombardeo alemán de la catedral de Coventry, refiriéndose a él mismo como «alguien que vivió y sufrió durante los días sombríos del régimen nazi en Alemania». Del mismo modo, en tres ocasiones diferentes habló del escándalo de los abusos sexuales de menores por parte de sacerdotes. No sólo se valió de un lenguaje rotundo y se incluyó a sí mismo, dejando constancia de la «vergüenza y humillación que hemos sufrido todos nosotros por culpa de estos crímenes atroces», sino que habló también con franqueza de los fracasos episcopales, recordando con tristeza que «ni siquiera la autoridad de la Iglesia ha sido lo suficientemente vigilante y no ha sido lo bastante rápida o decidida a la hora de tomar las medidas necesarias». No rehuyó nada. No olvidó nada. A la hora del Ángelus, el domingo de su visita, recordó incluso a sus oyentes que la madre María de la Purísima de la Cruz acababa de ser beatificada el día anterior en Sevilla.
Los temores de que la presencia papal resultara accesible sólo para unos pocos, o que acabaría por ser un anticlímax en comparación con el atractivo que irradiaba su predecesor, demostraron carecer de justificación. Para su discurso sobre la educación católica se contó con la mayor aula jamás creada gracias a la transmisión simultánea de sus palabras por televisión a todos los colegios católicos del país y a otros en el extranjero. Esto se vio seguido de un discurso de una deliciosa sencillez a estudiantes reunidos en el Sports Arena, en el que abordó temas como la cultura dominante de la fama e hizo una llamada a la generosidad y a la santidad personal, para concluir con la esperanza de «veros a muchos de vosotros el próximo mes de agosto en el Día Mundial de la Juventud en Madrid». Este éxito, sin embargo, se vio empequeñecido por la vigilia de oración celebrada para ochenta mil jóvenes en el mayor espacio al aire libre de Londres, Hyde Park, donde los clamorosos aplausos dieron paso a un prolongado silencio y concentración en la oración que hizo que a muchas personas se les saltaran las lágrimas. Sin desdeñar tampoco el otro extremo de la vida, Benedicto realizó una sencilla visita a una residencia de ancianos, donde resaltó la bendición que los ancianos suponen para una sociedad, y cómo en su condición de padre y hermano valoraba y compartía los dolores y la fragilidad de la vejez.
En muchos sentidos, el clímax de la visita fue la beatificación del cardenal John Henry Newman, el primer inglés, aparte de los mártires, en ser honrado de este modo desde hacía muchos siglos. Se trató de una elección muy apropiada para convertir este acto en el momento culminante del viaje, ya que Newman personificaba en gran medida lo mejor de la vida británica. No sólo combinó las dos tradiciones fundamentales, ya que se crió y maduró en la Iglesia de Inglaterra antes de abrazar el catolicismo, sino que fue un intelectual descollante y una figura universitaria. Su Essay on Development, publicado en 1845, preparó el camino para, y precedió a, El origen de las especies de Darwin en aproximadamente veinte años. Además, su énfasis en la importancia de los laicos en la religión y en la primacía de la consciencia, aspectos ambos impopulares en su propio tiempo, han pasado a adquirir rango de iconos en los años transcurridos desde su muerte en 1890. Como párroco en la ciudad cada vez más industrial de Birmingham, fue muy querido por su modo de ocuparse de los pobres y los enfermos, algo cuyas implicaciones globales fueron repetidamente articuladas durante la visita papal. Finalmente, desde hace mucho tiempo ha quedado claro que Newman es un modelo y objeto de devoción para el propio Benedicto, de ahí la elección del lema de Newman «Corazón a corazón» como el eslogan de la visita papal. Newman es muy representativo de lo mejor que atesoraban las tradiciones religiosas del país, pero el respeto que se le tiene se encuentra extendido mucho más allá de los círculos religiosos o intelectuales. Su beatificación el último día de la visita confirió a los cuatro días una finalidad y una dignidad respetadas por todos.
A lo largo de la visita, la solidaridad entre los obispos católicos, los obispos de la Iglesia de Inglaterra y los líderes de otras confesiones fue especialmente significativa. El grupo al que el cardenal Hume solía llamar en tono humorístico «el alquile una multitud teológica» viajó conjuntamente y se produjeron testimonios emocionantes de importantes figuras de la vida pública como lord Sachs, el gran rabino y el líder de la comunidad sij. El papa habló de «la búsqueda espiritual en la que todos estamos inmersos». El día de Yom Kippur, el Día de la Reconciliación anual judío, el gran rabino llamó la atención sobre el acercamiento entre la Iglesia católica y la comunidad judía que ha venido produciéndose desde el innovador decreto Nostra Aetate del Vaticano II. Del mismo modo, el arzobispo de Canterbury, que es también un distinguido teólogo (uno de los más jóvenes Regius Professors de Teología en Oxford de la época moderna), reparó en el «sistemático y penetrante análisis del estado de la sociedad europea por parte del papa Benedicto, que ha supuesto una importante contribución al debate público». A lo largo de la visita se tenía la sensación de que el obispo de Roma estaba ejerciendo un ministerio no simplemente para los católicos de Gran Bretaña, sino para todos los creyentes en medio de una sociedad profana y materialista, llamando la atención, como afirmó el primer ministro, sobre «la contribución que realizan los grupos de fe a nuestra sociedad». Quizá la afirmación más importante del papa se produjo en Westminster Hall, cuando alabó al país por su «instinto nacional para la moderación, el equilibrio entre las exigencias de gobierno y los derechos de los individuos» y planteó la necesidad de una sólida base ética para desarrollar la actividad económica a una escala global.
En su alocución de despedida, el primer ministro caracterizó a Gran Bretaña como «un país que aprecia la fe». Benedicto dejó tras de sí un país que había sido elevado y desafiado de modos que no podían haberse predicho jamás. Incluso los grandes periódicos nacionales, The Times, The Daily Telegraph y The Independent, siempre recelosos del entusiasmo y de la religión, se vieron empujados a publicar importantes artículos sobre la importancia de la visita y la inspiración que había dimanado de ella, sugiriendo que el pontífice había destapado y rejuvenecido la buena voluntad y el espíritu de religiosos y laicos por igual.

Traducción de Luis Gago

Este artículo ha sido escrito por Henry Wansbrough especialmente para Revista de Libros

01/04/2011

 
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