ARTÍCULO

El mundo y sus fisuras

Destino, Barcelona, 192 págs.
 

En la ya amplia producción de Gustavo Martín Garzo hay que resaltar una enorme coherencia y, al margen de las irregularidades o hallazgos de esta o aquella de sus obras, algo tan importante en el verdadero creador: un mundo propio, un territorio lleno de símbolos en el que Martín Garzo se siente, a lo que se ve, muy seguro, pues a ellos vuelve una y otra vez con la tenacidad y el ardor del verdadero enamorado.

Otra constante, en este caso estructural, de sus novelas, es el recurso al marco narrativo desde el que urdir una serie de historias, episodios fragmentarios, leyendas, relatos casi autónomos en definitiva, que van organizando la trama superior a base de modulaciones narrativas que, más que por mera acumulación, adquieren (o no) su total pertinencia desde la concepción general de la obra. Dos de sus mejores novelas, El lenguaje de las fuentes, y esta que ahora nos ocupa, lo son precisamente por la casi perfecta fusión, dentro de la urdimbre general, de los episodios autónomos que las conforman.

El valle de las gigantas es una novela de aprendizaje sobre el fin de la adolescencia, pero también sobre la verdad de lo real, el lugar que ocupa en la vida de las personas el territorio mágico de la imaginación y de los sueños, y sobre la naturaleza «descentrada» de todos esos seres que, como la princesa manca de su novela, podrían decir, parafraseando a Bergamín, que «su mundo no es de este Reino».

En efecto, se nos narra aquí la historia de un niño, Lázaro, que va a dejar de serlo el día en que da en poner en duda las historias que le cuentan sus mayores, sobre todo las que le relata su abuelo en aquel último verano de Tordesillas, en que asiste, también, al descubrimiento de las muchachas, del mal, de la muerte y, posiblemente, de los primeros escalofríos del amor. Un espacio castellano, territorio de la realidad más inmediata que da paso, desde las leyendas y las historias que se nos narran, a esos otros espacios, los de la imaginación, poblados por seres misteriosos y diferentes, de los que, acaso, procede el mismo Lázaro.

Para sustentar el tránsito de (la mentira de) la realidad al (mundo verdadero del) mito, Martín Garzo se sirve de historias paralelas que se van incrustando en el decurso narrativo, algunas son históricas, como la de Juana la Loca o María de Padilla; otras legendarias, como la de doña Berta y su pasión por surcar los cielos; simbólicas, como la del cordero Pascual; literarias, en especial la que, desde la cita inicial, late como leitmotiv a lo largo de toda la novela, me refiero a La tempestad, de Shakespeare, de la que recoge la fascinación por el mundo del deseo, de la posibilidad y de la magia: al igual que en esta novela, en aquella pieza teatral sus personajes se internaban en los bosques (esto es, al otro lado de la realidad racional) para hacer posibles sus deseos; historias de corte biográfico, como la de la abuela actriz y extranjera vestida de hombre, o, en general, los episodios de la guerra civil; peripecias bíblicas, como el relato del anciano rey David y la sulamita, que subyace bajo la otoñal historia de Luciano, o la reinterpretación del arca de Noé en tanto que inicio de la conciencia de la muerte en el ser humano y como una indómita defensa del amor terreno frente a la ciega imposición de la «verdad»; y, por fin, la que da título al libro, El valle de lasgigantas, el encuentro con estas mujeres misteriosas, una mezcla de vampiro y hada, una historia que se sostiene sólo por el delicado y firme trazo narrativo del autor. Martín Garzo pone cuidado al introducir, desde el lirismo básico, elementos de realidad que consiguen darle una mayor verosimilitud al relato. Se trata de una historia, ¿un sueño?, narrado en primera persona por el abuelo al que el autor permite que se cuelen toques de oralidad sumamente eficaces que consiguen embobar no sólo a Lázaro, sino al lector.

Y es que la realidad, se dice en esta buena novela, no se deja delimitar por la verdad: hay cosas en el mundo, experiencias, sueños, visiones, anhelos, que no caben en el territorio racional y limitado de la retórica y exigen, para su comprensión, de la mirada inocente y del relato mítico, sobre el que se sustentan y se hacen tolerables las contradicciones y las derrotas de la vida.

En este juego sutil y hermoso (y tan cervantino) sobre la verdad, la mentira, el sueño y la realidad, se teje, amén de una de las mejores novelas del momento, una reflexión sobre la inevitable presencia del mal en el mundo, en tanto que inyectado ya en la misma raíz del fulgor y la belleza: tal era el caso de la abuela Macarrón, una mujer que no estaba loca (como tampoco su hija, es decir, la madre de Lázaro), sino que simplemente «pertenecía a otro mundo, un mundo frenético, lleno de terribles necesidades, pero también de inesperadas delicadezas. Un mundo en que se alternaban las maravillas y los horrores, como sucede en todos los mundos que existen». Una reflexión lírica, en fin, sobre la naturaleza descarriada y enajenada de algunos seres como Lázaro, que han de escribir al cabo: «Por qué habré nacido yo. A veces me siento mal y me pregunto por qué existiré [...] no lo pienso siempre, sólo a veces. Creo que es un misterio».

Creo, para terminar, que los lunares de la novela están, no en la siempre quebradiza y frágil transición del territorio real al onírico o mágico (bien resuelto estilísticamente, como apunté), sino en la poca enjundia narrativa que se le ha conferido a los episodios realistas: es en el costumbrismo del bar del pueblo y sus habitantes, en los grisáceos escarceos con las muchachas o en la destemplada historia de Sócrates y El Pelao donde cabría expresar mayores reparos a un texto que, definitivamente, brilla allí donde vuela hacia la fantasía y juega con una muy calculada ambigüedad sobre el estatuto de eso que damos en llamar la Realidad y sus moradores, a lo que parece, casi todos mancos.

01/12/2000

 
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