ARTÍCULO

El último retrato

 

No me quiero poner demasiado siniestro, de manera que déjenme empezar con una anécdota personal. El 1 de agosto de 1992 mi padre falleció después de una de esas enfermedades que van consumiendo indefectiblemente al que las padece. Y también a los que le quieren. Cuando murió –la muerte es siempre una sorpresa– yo acababa de llegar a Londres con mi mujer para pasar unas cortas vacaciones. Imagínense lo que fue encontrar en esas fechas un viaje de vuelta en avión que me permitiera llegar a tiempo para despedirme de él para siempre.

Al llegar a Madrid, fuimos directamente al tanatorio. Pude ver a mi padre tras un cristal, ya colocado en su féretro, los rasgos afilados, la tez cerúlea, todos los muertos se parecen. De allí partió la comitiva que acompañó al féretro con su cadáver a ser incinerado en el cementerio de la Almudena. La ceremonia tuvo lugar en una capilla o sala ritual en la que parientes y deudos escuchamos unas palabras más de tipo new age que estrictamente confesionales. Era algo aséptico que pretendía servir de consuelo general. Mientras, tras unas solemnes cortinas, se procedía –supongo– a la cremación. No recuerdo si fui yo o mi hermano quien leyó algún texto evangélico. Por último, una señorita, discretamente ataviada, leyó otros cuyos contenidos se me antojaron un punto panteístas. La chica, ante cuyo rostro experimentaba la contradictoria sensación de que me resultaba familiar sin que lograra sérmelo del todo –como si le faltara algo–, leía con voz neutra, pero con dicción algo vulgar: aspiraba las eses ante las guturales, por ejemplo, algo que sí percibí. Caí en la cuenta de ello retrospectivamente, claro. En aquel momento, ya sosegado, sólo me sentía inundado por el dolor y la pérdida.

Un par de horas más tarde, un funcionario me entregó la urna que contenía las cenizas de mi padre para que las llevara hasta el nicho en el que iban a reposar, aún no sé si para siempre. Algunos amigos –tampoco había tantos: aquel agosto hizo mucho calor– se habían marchado, después de ofrecernos su pésame. Nos quedamos los familiares y algunos íntimos. El trayecto hasta la sepultura no era largo y yo caminaba en el primer lugar de la fila con la urna bien sujeta con las dos manos. De repente, por una de esas derivas del pensamiento que sobrevienen en los momentos más inesperados, me vino a la cabeza la imagen de la muchacha que había leído los textos en la capilla. La recordé como me había sido familiar durante mucho tiempo: vestida con el uniforme de Burger King y tocada con el estúpido gorrito correspondiente, que era sin duda lo que había notado a faltar cuando la vi allí, tras el atril, leyendo con voz neutra algo que podía gustar a todo el mundo. Era la misma que, durante muchos meses, me había entregado mi whopper en la hamburguesería cercana a mi trabajo. La urna estuvo a punto de caérseme al suelo.

La muerte es el último gran tabú de nuestra cultura. Evitamos hablar de ella. Ahora la muerte es sólo un instante: chas, sucedió. Aunque sea tras larga y penosa agonía, la muerte es un corte: temido, esperado, deseado, pero un corte. Pero para nuestros antecesores, y durante muchos siglos, la muerte fue un prolongado rito de paso, un proceso que comenzaba mucho antes y terminaba mucho después de la cesación biológica. La gente se preparaba a morir y los conspicuos y largos funerales, el duelo y el luto prolongaban la muerte y servían de aprendizaje a los vivos. Recordemos a Quevedo, por ejemplo: salid a recibir la sepultura / acariciad la tumba y monumento: / que morir vivo es última cordura. / La mayor parte de la muerte siento / que se pasa en contentos y locura, / y a la menor se guarda el sentimiento. Acariciad la sepultura. Ahora todo eso resultaría desagradable. Por eso en América surgieron las funeral homes, unos establecimientos encargados de ahorrarnos en lo posible el contacto con nuestro ser querido muerto, a quien terminan embalsamando como a una muñeca pepona. Recuerden la estupenda novela de Evelyn Waugh Los seres queridos.

Nuestra época –que ha presenciado horrendas carnicerías, holocaustos y masacres sin fin– rehúye hablar de la muerte cotidiana, de las que ocurren en nuestros hogares. La interesantísima exposición Le dernier portrait que albergó el Musée d´Orsay la pasada primavera, estaba consagrada precisamente a una de esas formas antiguas de pervivencia de la muerte: el último retrato. Hasta mediados de los años cuarenta de este siglo –en España algo más tarde– era relativamente frecuente que los familiares se quedaran con la postrera imagen del difunto querido. Podía ser una máscara mortuoria, un retrato pintado, un dibujo, una fotografía, etcétera. Los vaciados del rostro del muerto habían sido primero privilegio de reyes y nobles, pero luego les llegó el turno a los políticos. Madame Tussaud comenzó la expansión de su negocio durante la Revolución Francesa, al conseguir que el verdugo Sanson y su adjunto Desmarets –que se encargaba de la limpieza de los decapitados– le concedieran la exclusiva de realizar vaciados de las cabezas cortadas. Las máscaras de Robespierre o Marat, muy reproducidas, se convirtieron en auténticos best-sellers. O, más tarde, las del Emperador. En el XIX le llegó el turno a los artistas y escritores. Hubo pintores que se encargaron de llevar al lienzo el retrato del cadáver de alguno de sus seres queridos; lo hicieron, entre otros, Ensor, Seurat, Munch (que retrató a su madre) y Gauguin. El rostro exangüe de Victor Hugo, el más popular de todos los literati, fue distinguido con todas las representaciones posibles, incluyendo la jovencísima fotografía.

Es precisamente esta última técnica la que logró la aceptación de las clases medias urbanas. La rapidez de ejecución y su economía eran los mayores reclamos en un siglo en donde todo empezaba a resultar muy rápido y muy caro. La gente realizaba su trabajo de duelo ataviando a sus muertos para ponerlos a «posar». En algunos casos todos se vestían de gala y se fotografiaban junto a un cadáver también de gala. Había en esa magnífica exposición antitabú retratos de bebés recién muertos, y muy arregladitos con su toca, a los que sostenían hermanitos mayores o desconsolada madre.

A los políticos, además, se los embalsamaba hasta hace muy poco tiempo (quizás ahora no hay políticos embalsamables; quizás sólo quede ya Arzalluz). Como a los faraones. Pensé en el doctor Ara y en su obra maestra absoluta, el cadáver de santa Eva Perón. Y en el pobre Boris Zbarsky, que se encargó de la momia de Vladimir Ilich, el Lenin de mi juventud nada alocada. Mientras paseaba ante las vitrinas de la muestra me vino a la cabeza el cuerpo embalsamado de nuestro último dictador, ahí puesto en aquel féretro, los rasgos afilados, la tez cerúlea, todos los muertos se parecen, los buenos y los malos. La gente desfilando ante él durante tres días con sus noches, levantando el brazo, gimiendo jaculatorias, piropos, maldiciones. Llorando por miedo, por orfandad, por auténtico amor, de rabia. Pensé también en aquellos tremendos retratos ante mortem que publicó una revista y que circularon profusamente con una mezcla de morbo, venganza y horror: el dictador-vegetal atrapado como mosca (muerta) en una red de tubos que le unían absurdamente a un simulacro de vida. Pensé en su tumba, ahí, en el centro de ese monumento cuyo simbolismo es puro sarcasmo y paradoja.

Y me alegré de que a mi padre no le hubieran hecho el último retrato.

01/09/2002

 
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