ARTÍCULO

Malabares con aire

Anagrama, Barcelona
139 págs. 1.442 ptas. 8,67
 

En la narrativa de Sergi Pàmies se pueden constatar algunas de las actitudes consagradas por el actual paradigma de la inanidad literaria. Quizá la más evidente (también la más irritante) es la tendencia a la levedad, que aparece prefigurada (anecdótica pero significativamente) en el título de su nuevo libro y se confirma en casi todos los cuentos que componen esta colección. Cuando hablamos de levedad no nos referimos tanto a la elección de asuntos intrascendentes, sino precisamente a una forma de conformismo estético capaz de convertir en materia banal incluso los temas más atractivos.

No hay que hacer una lectura muy meditada para advertir que la mayor parte de los textos aquí reunidos aspiran a reflejar las perplejidades y el vacío que acometen al hombre moderno en su soledad: los protagonistas son, a menudo, varones triunfantes, hombres de negocios cuya sólida posición social oculta la fragilidad de una existencia desolada. Que tal propósito sea tan antiguo como la novela decimonónica no conlleva mengua de su absoluta vigencia. El problema surge cuando estas ambiciones temáticas se presentan bajo el envoltorio del costumbrismo ramplón, ese realismo minimalista de origen americano que parece constituir la piedra angular de la presunta modernidad literaria. Fiel a esta corriente narrativa, Pàmies maneja en sus cuentos los referentes más reconocibles de la actualidad para levantar un telón de fondo insustancial. Delante de él coloca a unos personajes carentes de profundidad e inmersos en peripecias que, de forma bastante ingenua, coquetean con el simbolismo y lo extraordinario, pero sólo como prestigiosos lugares comunes detrás de los que es difícil encontrar alguna idea original. De hecho, la literatura de Pàmies ejemplifica como pocas un extremo nada infrecuente: la convivencia de una escritura correcta y un regular manejo de los recursos narrativos con la falta de sustancia y de trascendencia. Por eso, muchos de estos relatos podrían analizarse como espléndidos juegos malabares con aire: Pàmies conoce los movimientos, los desarrolla ante nuestra vista con soltura, pero no tiene ningún objeto que lanzar. Por eso, cuando el lector comienza relatos como «El precio», «El océano Pacífico» o «La popularidad» ya sabe que no hay enigma que resolver, sino axiomas que constatar. El triunfador de mediana edad debe enfrentarse a un imprevisto, incluso a cierta eventualidad sobrenatural que rompe el curso previsible de sus costumbres; el final, normalmente abierto, siempre es arbitrario, lo que permite abrir un abanico de sugerencias tan amplio como ilusorio.

Pero no todos los cuentos recogidos en este volumen se aferran al decorado del costumbrismo más o menos consuetudinario. Algunos, como «La bestia», se pueden inscribir en el género fantástico, a pesar de tener su punto de partida en la normalidad cotidiana; y otros, como «La fama» o «Las dos caras de la misma moneda», orientan su peripecia hacia espacios y referentes bastante neutros, a fin de conferir a la historia un carácter de fábula. En uno y otro caso es evidente la voluntad simbólica, desde la que se abordan cuestiones como el conflicto de la personalidad (caso de «La bestia» o «La fama») o la creación de mundos a través de la escritura y la lectura («Las dos caras...»). Sin embargo, la transparencia con que se revelan estos sentidos, la falta de matices y, sobre todo, la ausencia de unos personajes convincentes que, más allá de los arquetipos previsibles, puedan respaldar el símbolo con un aliento de autenticidad, convierten a estos relatos en ejercicios vacíos y prescindibles. Las objeciones que se pueden presentar a este libro no son, como se ha dicho, técnicas, sino que emanan de una instancia tan escurridiza y certera como es la de la verdad literaria. Los cuentos de Pàmies son, por muchos conceptos, acercamientos livianos a cuestiones que de verdad importan, algo parecido a una misa oficiada por un acólito. El símil, tal vez algo hiperbólico, sólo intenta definir la sensación que puede asaltar al lector ante enunciados del tipo «enamorarse es como montar en bicicleta».

01/12/2001

 
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