ARTÍCULO

Repensar el trabajo

 

A principios de los años noventa, Fernando Díez, profesor de la Universidad de Valencia, publicó dos importantes monografías acerca de la posición de los artesanos y obreros industriales de aquella ciudad en los siglos xviii y xix. La calidad del trabajo delataba unas muy buenas horas de archivo y –algo de mayor interés– la pretensión de pintar un fresco lo más completo posible de su objeto de estudio. No se sabe muy bien ni cuándo ni cómo el historiador decidió transmutar su dedicación a un caso par­ticu­lar y muy interesante en una vasta meditación sobre la idea misma de trabajo en la Europa moderna y contemporánea. En 2001 publicó La formación de la idea moderna del trabajo, una sólida investigación que había de conducirlo hasta Adam Smith y los fundamentos mismos de la llamada economía política clásica. Pocos años más tarde, Díez publica la segunda entrega de una línea fértil de investigación que, aunque el autor no lo confiese, sigue siendo obviamente un proyecto inconcluso. Lleva por título El trabajo transfigurado. Los discursos del trabajo en la primera mitad del siglo xix, y lo edita el servicio de publicaciones de la Universidad de Valencia, las únicas merecedoras de tal nombre en el panorama no muy lucido de las ediciones académicas en España. Se trata de un esfuerzo editorial justificable a todas luces, como trataremos de mostrar.
El propósito fundamental del autor es rescatar de la condescendencia de la posteridad los discursos cruzados del trabajo de la primera mitad del Ochocientos. Con mayor precisión, rescatar la pluralidad de propuestas que entonces vieron la luz. El propósito es razonable en la medida en que muchos de aquellos esfuerzos doctrinales se vieron postergados en beneficio de sólo unos pocos, en particular de aquellos con herederos intelectuales interesados en la afirmación de sus fundamentos doctrinales, por lejanos que éstos fuesen en ocasiones. Dos de los discursos del trabajo gestados en aquel período, decisivo en la formación de las economías industriales en algunos países europeos, no necesitan reivindicación. Me refiero, claro está, a la idea de trabajo de la economía política clásica y a la propia de Marx y sus seguidores. Con la primera corriente se abre este volumen, que concluye con la presencia todavía en ciernes pero ya muy capaz de definir problemas de la segunda. A partir de ahí, la secuencia que el autor nos ofrece en siete capítulos, correspondientes cada uno de ellos a una manera específica de concebir el trabajo en aquel mundo cambiante, se ordena implacablemente por razones sustantivas, en modo alguno meramente cronológicas. En efecto, lo que sucede en aquel período histórico es que una forma de pensar el trabajo se impuso abrumadoramente en el centro de la vida social. Esto fue así en parte gracias a la capacidad de rigor formal de los economistas clásicos, pero también debido a la profunda carga de legitimidad que sus argumentos aportaban a la afirmación de la industria a una escala sin precedentes. En este sentido, todos los demás discursos fueron por necesidad discursos alternativos, incluido el de Marx, el único de todos ellos que en verdad dio crédito a la agónica y subordinada concepción del trabajo de David Ricardo y sus seguidores. A rebufo, por tanto, de la estilizada formulación de la economía política, que revisaba a la baja de manera drástica el optimismo de sus precursores de la centuria anterior –y en esto la ley de la población de Malthus supuso una cesura decisiva–, otras escuelas y formas de pensamiento construyeron sus visiones alternativas, casi antagónicas en ocasiones. Es ahí, del fondo de aquella contraposición entre adversarios tan desiguales, donde Fernando Díez recupera con eficacia la naturaleza de aquellos planteamientos que trataron de rescatar el trabajo como elemento de educación personal, como factor clave en la relación con la naturaleza, como vínculo social indispensable, liberándolo de su triste condición de variable dependiente de un proceso ciegamente prometeico. Si el discurso (o figura, en la denominación del autor) central de la economía política clásica ocupa, por esta razón, el primer capítulo y da el tono al conjunto de la investigación, los siguientes tratan de aquellos que se propusieron ofrecer una alternativa a la lúgubre perspectiva de aquélla.
El segundo capítulo lo ocupa la idea de realización humana por el trabajo de pura tradición alemana, la de Goethe, Fichte y Hegel. El tercero está dedicado a lo que el autor denomina discursos del «trabajo proletarizado», los de Sismondi, Buret y Engels. El cuarto se centra en lo fundamental en los propagandistas del «trabajo emancipado», a la polémica entre los rousseaunianos de La Fraternité y la publicación de inspiración católica L’Atelier. El quinto lo domina la figura del Thomas Carlyle de Past and Present, una invectiva contra los responsables de la condición obrera en Inglaterra, a la que el autor define como un «evangelio del trabajo». El «trabajo feliz» de Charles Fourier da cuerpo al sexto capítulo, que incluye además unas pertinentes reflexiones acerca de la influencia no reconocida de tan extravagante reformador en Marx.
La elegancia del autor le impide extrapolar conclusiones más allá de los límites que se impuso. Nada puede objetársele por ello. Sin embargo, por los entresijos de su trabajo de genuino historiador y de su excelente prosa se filtran los supuestos de una reflexión muy de fondo, que actualiza sin tapujos un debate intelectual en apariencia lejano en el tiempo. Esta meditación encuentra su motivación en dos fuentes intelectuales de orden distinto. La primera se refiere a las profundas revisiones de la propia historia de la industrialización europea, en particular de aquellas que rescataron el protagonismo del obrero orgullosamente cualificado dentro de la fábrica (heredero a su vez del orgulloso artesano al que se dio por muerto y enterrado) y la importancia de las unidades de pequeño tamaño que acompañaron, en una inesperada división del trabajo, a las grandes unidades mecanizadas con las que soñaron Babbage y Ure, los protagonistas del séptimo capítulo del libro. La segunda guarda relación con el propio pensamiento social, en particular con las corrientes capaces de recuperar las dimensiones formativas del trabajo asalariado y no asalariado, más allá de lo que una mera consideración del salario como vector económico aconsejaba. Desde esa perspectiva, las aspiraciones morales y sociales de los críticos de la primera hora demostraron estar menos desahuciadas de lo que algunos habían pensado. La aparente paradoja de la reivindicación de ideas y sentimientos sepultados por la losa de una industrialización masiva la expuso hace mucho Raymond Williams en Culture and Society: 1780-1950 (1958), anticipándose a muchas de las preocupaciones de este cambio de siglo. No quisiera abusar de las atribuciones del reseñador, pero mucho me temo que el libro de Fernando Díez debería declararse de lectura obligatoria en la República Popular China, el contrapunto en tiempos posmodernos de las Midlands inglesas de 1830 y la enésima reproducción de una antigua vocación normativa y reductiva del trabajo.

01/08/2007

 
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