ARTÍCULO

Arquetipos

Anagrama, Barcelona, 375 págs.
 

Desde hace algunos años, la España de la transición se ha convertido en un período habitualmente atendido por la ficción cinematográfica y novelesca. La distancia de más de un cuarto de siglo, la sensación generalizada de que –para bien o para mal– se trata de un capítulo ya finiquitado de nuestra historia, y la incorporación al panorama narrativo de una generación que creció y se formó durante esa etapa pueden ser algunas claves para entender el origen de un fenómeno que, por otro lado, no presenta unos rasgos uniformes, sino un amplio abanico de enfoques, desde la revisión crítica de las transformaciones políticas y sociales del período, hasta el retrato costumbrista más o menos matizado por la evocación sentimental o, lo que es lo mismo, acondicionado como territorio relativamente neutral para el desarrollo de una ficción desasida de lo que comúnmente se entiende como compromiso.

Con todas las precauciones y matices pertinentes, se puede decir que la última novela de Ignacio Martínez de Pisón se inscribe en esta última perspectiva. Lejos, por tanto, del aliento épico de la historia con mayúsculas, la peripecia se instala en el espacio mínimo de una ciudad de provincias para sondear prolijamente los años cruciales de una familia durante el tránsito de la década de los setenta a los ochenta. Los escasos acontecimientos relevantes del país que se citan (el golpe de estado de 1981, la primera victoria electoral del PSOE) aparecen casi reducidos a ecos de un fragor externo –aunque paralelo-al espacio privado de las protagonistas, tres hermanas (María, Carlota y Paloma) que, junto con su madre, han de trazar a fuerza de errores el destino individual y familiar que la muerte prematura del padre –punto de arranque de la novela– dejara al albur de la incertidumbre.

Para dar testimonio de esas grandes y pequeñas catástrofes íntimas –que son, ni más ni menos, las propias de la adolescencia– se cede alternativamente la voz a las tres hermanas. La escisión del punto de vista tiene que ver, obviamente, con algunas cuestiones importantes que aborda la novela: la cuestión de la identidad personal y la libertad, enfrentadas al dibujo de algo que se parece mucho al destino; o la indagación sobre los lazos afectivos en el contexto de la familia, siempre en precario equilibrio entre la necesidad y la ruptura. Es por esto que en la alternancia de las voces narrativas se presta una atención especial a la armonía entre las trayectorias individuales y el planteamiento de la historia colectiva y unitaria de este gineceo aragonés, exigencia en la que participan en la misma medida tanto las coincidencias y reiteraciones diegéticas, como las divergencias propiciadas por el perspectivismo de los personajes.

El tiempo de las mujeres sortea con solvencia y con pericia narrativa algunas de las dificultades contra las que suelen estrellarse otras novelas que participan de similares características. En especial, hay un exquisito cuidado para que la peripecia no pierda vigor, sofocada por la preeminencia de la escenografía y el atrezzo suministrados por la memoria. Por otro lado, un defecto habitual en obras de parecidos propósitos, como es la tendencia a la debilidad en el trazado de los personajes –acogidos al sagrado de un intimismo convaleciente–, queda exorcizado por la inoculación de una suave ironía en el discurso de las narradoras, en virtud de lo cual los pasajes de mayor calado emotivo adquieren una notable intensidad expresiva. Una ironía cuyo connatural efecto distanciador no interfiere en la individuación psicológica de las protagonistas, nítidamente diferenciadas gracias a la coherencia con que se manifiestan sus particulares visiones del mundo y a la asignación de discursos igualmente personales.

La baza que mejor juega la novela es la convicción y –por qué no decirlo– el talento con el que se materializan las férreas propuestas estructurales y técnicas impuestas por el autor. Si a ello se añade la impresión de que esa fidelidad a los presupuestos de la construcción novelesca se ahorma perfectamente a su sentido último, se puede deducir que Martínez de Pisón alcanza en su última entrega una de las aspiraciones más deseadas por un novelista de raza: convencer al lector de que su historia sólo podía ser contada de la forma en que lo ha hecho. No obstante, en la satisfacción de esta virtud reside también el germen de las posibles objeciones. Objeciones a la totalidad que, reconozcámoslo, se apoyan en el contraste inevitable con la faceta de cuentista del autor. Si Martínez de Pisón es uno de los mejores escritores de relatos contemporáneos es porque en ellos la capacidad de sugerencia, la creación de ambientes y peripecias que transgreden el marco realista, o la incursión en un lenguaje más lírico y evocador añaden ese superávit artístico que convierte en memorable un texto. En cambio, sus novelas –y esta es un caso paradigmático– sólo son lo que pretenden ser, y en esa ambición discreta (aunque satisfecha) comienzan sus propias limitaciones. De este modo, la preeminencia de la agilidad narrativa acaba condenando al lenguaje a una neutralidad casi funcional; el realismo sucinto destierra al misterio y el detalle costumbrista ahoga otros cauces más sugerentes de la ficción; los personajes, en fin, se acercan al arquetipo como tributo al lector-modelo que impone una novela sujeta a unas premisas como las citadas. Todo esto no impide disfrutar de los placeres que puede ofrecer una historia bien contada, pero para el lector que busca algo más (eso que sí está en los cuentos de Martínez de Pisón) ese placer siempre será el sucedáneo de otras ambiciones a las que previamente se ha renunciado.

01/03/2003

 
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