ARTÍCULO

«El caballero es sueño» o el futuro de nuestros clásicos

Biblioteca Hermes, Clásicos Castellanos, Barcelona-Madrid, 1997
Biblioteca Hermes, Clásicos Castellanos, Barcelona-Madrid, 1997
Edición de Rogelio Reyes Cano y Eva Reyes
 

Nos encontramos ante un ejemplar que produce cierta extrañeza, pues nada tiene de particular que se publiquen nuevas ediciones de obras tan representativas del teatro áureo español como las dos mencionadas, pero sí que se reúnan juntas en el mismo libro. Existen en el mercado numerosas ediciones de ambas piezas, aunque siempre en volúmenes diferentes, por la sencilla razón de que sus autores son distintos, y de que La vida es sueño, de Calderón, por ofrecer un dato ilustrativo, se representa por vez primera en Madrid el mismo año de la muerte de Lope de Vega, en 1635. Es verdad que ambas son manifestaciones señeras del teatro barroco, pero no es menos cierto que son fruto de dos momentos distintos y de dos dramaturgos de personalidad creadora, capacidad constructiva, invención, estilo, e incluso de carácter personal muy diferentes.

A causa de ello, ninguna de las colecciones de clásicos existentes había unido la publicación de ambas piezas en un solo volumen, hasta la fecha, porque sus criterios de selección eran distintos a los de este peculiar tomo, de vocación claramente didáctica y pedagógica, que entiende las dos tragicomedias como ejemplos destacados capaces de ilustrar bien las características fundamentales de nuestra dramaturgia áurea.

Ajustado a tal finalidad educativa, el libro tiene una «Introducción», en primer término, y unas «Actividades», al final, que jalonan la edición de las dos comedias, cuyo texto, obvio es decirlo, no tiene la menor pretensión crítica ni filológica y únicamente intenta allanar, gracias a sus abundantes notas explicativas, las dificultades de comprensión que puede ofrecer a la lectura de un alumno de nivel educativo elemental. A pesar de ello, algunos pasajes oscuros de La vida es sueño precisan de una aclaración que, supongo, no tienen por problemas de espacio.

Sorprende, en cambio, el hecho de que se hayan adoptado criterios de edición diferentes para las dos piezas, dado el carácter didáctico del volumen, pues El caballero de Olmedo no tiene otra visión que la de sus tres actos, mientras que La vida es sueño, además de sus tres jornadas, subdivide cada una de ellas en diversos «cuadros»; y, sin embargo, ninguna de las dos obras se parcela en escenas. Ya sabemos que los textos dramáticos de nuestro Siglo de Oro se imprimían divididos únicamente en actos o jornadas, pero también es cierto que la mayor parte de las ediciones críticas, incluso las universitarias, suelen aparecer divididas en escenas, con el fin de facilitar su lectura. Por eso choca que una edición marcadamente escolar prescinda de tal división, porque es precisamente en ella donde las escenas pueden resultar de mayor utilidad.

Decir que la «Introducción» es demasiado elemental no implica reproche alguno para una publicación de esta índole, pues busca un nivel primario de información literaria. No obstante, sería bueno que una segunda edición enmendara algunos pequeños errores, como el de la página 24, por ejemplo, donde se dice que: «Lope coincide también con la escritura de libros tan importantes como [...] El diablo cojuelo, de Vélez de Guevara (1641)». Es obvio que el Fénix de los Ingenios no pudo coincidir con la mencionada obra, ya que había muerto seis años antes.

Con todo, lo importante no son las pequeñas carencias, sino sus motivaciones, dado que están guiadas por la necesidad de adaptarse a un nivel de enseñanza muy elemental. Se trata, en consecuencia, de errores atribuibles no tanto a los autores cuanto a las presiones editoriales de una colección que pretende claramente adelantarse a otras en su adaptación a la nueva enseñanza secundaria, y, por tanto, sus responsabilidades recaen, en última instancia, sobre dicha reforma educativa. Porque lo más grave del caso es que la nueva colección no hace otra cosa que interpretar correctamente el negro futuro que espera a nuestros clásicos tanto en el segundo ciclo (3.º y 4.º) de la ESO (Enseñanza Secundaria Obligatoria), como en los dos cursos del nuevo bachillerato, sustitutos todos del viejo bachillerato que se extingue. Entre uno y otro, la enseñanza de la Literatura se ha reducido hasta extremos que rozan lo risible, pues ahora se imparte unida a la de Lengua, pero no en términos de igualdad, sino en clara dependencia, ya que ocupa sólo un tercio de las tres horas semanales para las dos materias que hay en bachillerato y de las cuatro de que disponen los cursos de la ESO, por cuya causa no hay tiempo para que los estudiantes puedan leer ni aprender apenas nada.

De ahí que esta colección no publique casi textos autónomos y la mayor parte de sus volúmenes sean antologías poéticas, de narrativa breve o ensayísticas, sabedora de que los alumnos no leerán casi ningún texto de cierta extensión en la ESO; si acaso uno o dos, en los mejores centros; y apenas tres, uno por género literario, en cada curso de bachillerato. Si a ello unimos la inexistencia de una selección elaborada de títulos clásicos de obligada lectura, resulta que, además de no leer apenas nada, es posible que los pocos textos que se manejan sean los menos adecuados, elegidos arbitraria y caprichosamente, sin ningún control, como permite y favorece la LOGSE.

Podría debatirse si es bueno que la Literatura vaya unida a la Lengua, o no, pero entraríamos en un terreno que no es de este lugar, aunque sí sería aconsejable que no hubiera discriminación y ambas se repartieran equilibradamente el tiempo. Pero de lo que no hay duda es de que el problema es de tiempo, en cualquier caso, y de que una hora más dedicada a Literatura en bachillerato sería una solución más que aconsejable, de urgencia perentoria, ya que permitiría un enriquecimiento del 50% en esta materia, como solicitan encarecidamente y al unísono todos los profesores de secundaria. Ello permitiría leer bastante más, puede que el doble, y, sobre todo, mejor, sin las urgencias que llevan camino de convertir la enseñanza de la literatura en un muestrario de fragmentos y textos breves que de nada sirve, pues las grandes obras deben leerse completas, o no leerse, pero nunca fragmentarse aleatoriamente y sin ningún sentido, como se está haciendo. Esto es tan penoso como lo contrario, porque, de otro lado, los alumnos pueden llegar a pensar que nuestras letras están formadas por cuentecillos, sonetos y pequeños ensayos, que es lo que, si acaso, parecen leer. Por este camino, de una o de otra manera, obvio es decirlo, va todo perdido, y el tesoro de vida, experiencias y sensaciones de nuestros grandes escritores, camino de la extinción.

Y es que, en definitiva, buena parte de los males que amenazan el futuro nuestros clásicos en la actualidad proceden de la LOGSE, dado que, por decirlo con las autorizadas palabras de A. Muñoz Molina, «los planes de estudio y las temibles reformas educativas que tienen la infatigable virtud de empeorar todo desastre, marginan cada vez más a los saberes humanísticos». Y nuestra ya maltrecha cultura no puede permitirse un empobrecimiento semejante.

01/09/1998

 
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