ARTÍCULO

El síndrome Elton

 

Suelen ser los manuales de historia productos frecuentemente insatisfactorios para los profesores que nos vemos en la tesitura de hacer recomendaciones. Tal desencuentro sospecho que procede bien de la propia insatisfacción de no haber podido hacer uno, bien de que el ajeno difícilmente se compadece con las propias exigencias. Si a lo dicho se agrega que el manual en cuestión versa sobre una Europa de la que formamos parte, quedará siempre un tercer elemento de insatisfacción derivado de la escasa atención, conocimiento, etc., que el autor ha exhibido al tocar temas familiares, domésticos. No es el caso, a mi juicio, del libro de Richard Mackenney. Poco lugar quedaba a la sorpresa tras haber conocido en la misma colección (Akal Historia de Europa) el de Thomas Munck sobre el siglo XVII . Puede augurarse que si el del XVIII circula por la misma senda, la tripleta resultante constituirá un paquete de excepcional calidad para los fines que se pretenden. El truco del libro de R. M. no reside sino en algo tan simple como una apabullante dosis de sentido común bien sazonada con diez años de escritura. El menú se hace constar así de «tres problemas fundamentales» (contenido, cronología y espacio), del que desechados los dos últimos, y no por obvios, interesa a continuación la composición del primero, a saber, Renacimiento, Reforma, Contrarreforma y Descubrimientos. Descaradamente europeísta, con razones que comparto, la obra es también «españolista». No podía ser de otro modo, sentido común mediante, ya que si expansión y conflicto presidieron el siglo, en ambos tuvimos algo que decir. La p. 32 enumera obviedades: a) «precoces exploradores»; b) «forjadores muy pronto de unas relaciones Iglesia-Estado que hicieron innecesaria a una ruptura abierta con Roma», c) «aparentemente capaces de empresas militares interminables»..., «los españoles (de entonces) estaban cambiando el perfil del mundo europeo», pues, entre otras cosas, y a mayores, su conformación política (una Monarquía compuesta), «puede ser saludado como uno de los más logrados experimentos federalistas de Europa». El agradecimiento a Angus Mackay y Geoffrey Parker deja así de ser cuestión de protocolo. No habrá ya que sufrir la vergüenza de leer en literatura de similar carácter, como por ejemplo el tomito de G. R. Elton sobre la Europa de 1517-1559, los párrafos dedicados a nuestro país, en general, o a concretos episodios de la historia del período. Y, en fin, no deja de reconfortar la opinión de que «si Felipe II hubiera continuado ocupando el trono de Inglaterra, los ingleses hubieran podido reconocer abiertamente su júbilo por obedecer a un español» (p. 76).

Dicho lo dicho, el manual en cuestión tampoco hace concesiones a la moda. Los anteojos de la «confesionalización» son oportunamente alejados, y no me parece del todo mal. Por no haberlo hecho, otro respetabilísimo autor de similar género, Heinrich Lutz, ha escamoteado del siglo XVII nada menos que las «revoluciones» de Francia e Inglaterra. El sentido común sigue permitiendo tomar nota de los «cambios en las condiciones de la vida económica» –parte de la expansión– junto con las permanencias en el «modelo de sociedad». A su lado, al de ésta, «el Estado no aparecía por ninguna parte», de ahí que sean necesarias páginas no sólo para hacer ver que «los señores estaban al mando», sino cómo lo ejercían desde el Atlántico hasta el Elba. Sociedad y vida económica ocupan las páginas justas, de las que vuelve a destacar, por ejemplo, la obviedad del impresionante crecimiento urbano de la península ibérica, crecimiento «difícil de explicar» si –como oportunamente se señala– su estructura social hubiera sido tan «bárbara» u «osificada» como los afectados por el síndrome Elton parecen pretender. Y como no podía ser de otro modo, corresponde a un manual sobre período tan «moderno» ocuparse a continuación del Estado. De él se precisan dificultades de definición y límites conceptuales, haciéndose también sitio para otros entes jurídico-políticos –las ciudades– de no menor porte en el escenario histórico del período. Una segunda parte («La palabra») da cuenta de fenómenos tan propios como el humanismo, la crisis religiosa, las sucesivas oleadas de la Reforma y el inevitable correlato de estas últimas, aquí etiquetada con un sugestivo «Cómo triunfó la imagen». Respecto a ésta, y sin sorpresa tras 200 páginas de lectura, Mackenney combate de nuevo contra el síndrome Elton, en mi apreciación, de nuevo con las armas de la obviedad y el sentido común, a saber: no puede probarse que entre el Papado y la Monarquía católica existiese «armonía de intereses», y, en consecuencia, es difícilmente aceptable la especie de que anduvieran «coaligados en una guerra contra la herejía». Pero la cosa venía de atrás: «Fernando e Isabel impusieron el control estatal sobre la Iglesia unos cincuenta años antes de que los príncipes protestantes llegaran a obtener algún provecho de la Reforma y, además, lo hicieron sin romper con Roma». (Las exageraciones no suelen carecer de valor pedagógico.) Este escocés de apellido y confesionalidad cruda de adivinar sigue poniendo las cosas en su sitio cuando señala que mientras en 1590 media Europa vivía bajo dominio reformado, en 1650 lo hacían los católicos sobre cuatro quintas partes...

Conclúyese el asunto con una última parte, tercera, bajo el título «La espada». Entre ésta y «la palabra» comienza por señalarse el maridaje («siempre estuvo la palabra afilando el corte de la espada»), y pudo haber así conflicto decididamente confesional con el que no lo era ni por asomo (Habsburgo versus Valois). De los primeros ahí están las guerras de religión, la de los Países Bajos, etc. No es, desde luego, el capítulo de una redacción al uso. Lo señalo por la precisa, preciosa, sugestiva, cautivadora relación de ciertas batallas que despachamos por lo general nombrando vencedor y vencido. Póngase Garigliano (1503): «La fecha precisa es importante. Los franceses llegaron en septiembre [...] los hombres de Fernández de Córdoba cavaron sus trincheras...». No le queda a la zaga la defensa de Malta.

En fin, que si el tomito que se espera relativo al siglo XVIII sigue la pauta de los precedentes, no albergo la menor duda respecto a que el conjunto constituye una de las más satisfactorias respuestas a la demanda universitaria de manuales de historia moderna. No es poco.

01/02/1997

 
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