ARTÍCULO

El servicio más noble y necesario

Mondadori, Barcelona, 608 págs.
Trad. de Javier Calvo
 

Cuando yo tenía ocho, diez, doce, dieciséis años, me pasaba el día leyendo cómics: me empapaba de Flash Gordon y el Príncipe Valiente, de Rip Kirby y el Fantasma, de la patrulla X, Namor, el Capitán América, los 4 Fantásticos, Dan Defensor y los otros héroes de Marvel, más tarde de Spirit, Metal Hurlant, Richard Corben y sus ubérrimas damiselas depiladas, Moebius y su fascinante «Garaje Hermético», Guido Crepax y su sofisticada «Valentina», hasta llegar al underground violento y lúgubre de El Víbora, punto en el que mi pasión por los cómics se desinfló como un globo recalentado. Tal como yo lo recuerdo, todos mis compañeros de clase compartían mi pasión por los cómics, y parece legítimo preguntarse qué se ha hecho y adónde han ido todas esas lecturas, todas esas aventuras imaginarias: parece como si nunca hubieran sucedido, como si todas aquellas horas dedicadas a la lectura de cómics no hubieran merecido ese hueco en la memoria que dejan las novias desdeñosas, los profesores temibles, las verdaderas lecturas. Y, sin embargo, al otro lado del Atlántico, en el país de origen de la mayoría de las historias que leíamos, Michael Chabon (nacido en 1963) leía muchos de los cómics que nosotros leíamos y creaba el caldo subconsciente de imágenes, recuerdos y manierismos que le permitirían, muchos años después, escribir la novela más importante dedicada nunca al tema de los cómics. Y resulta fascinante comprobar hasta qué punto se parecen los recuerdos y las nostalgias de un chico de Brooklyn a los de un chico de Prosperidad y, muy especialmente, hasta qué punto los de mi generación estábamos predestinados a amar sin remedio la cultura y las imágenes de América.

Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay pertenece a esa clase de libros que arrancan de forma brillante, comienzan a deshincharse hacia la mitad y terminan en un discreto segundo plano. Cuenta la historia de dos autores de cómics, los primos Sammy Clay (que escribe) y Josef Kavalier (que dibuja) en la Nueva York de los años cuarenta, y está escrito en una prosa muy limpia, misteriosamente rica y satisfactoria y teñida de un cierto aire anticuado que da a la obra, inevitablemente, un decidido aire posmoderno. Un crítico ha dicho que Chabon ama demasiado a sus personajes y no se atreve a hacerles sufrir, y eso hace que la trama se resienta, sobre todo porque da la impresión de que Chabon va en busca del tan preciado y ambiciado «efecto Dickens», es decir, la grande y majestuosa narración llena de personajes que avanzan juntos a través de los años, los amores, las desdichas, y el efecto Dickens no es posible sin patetismo y sin desmesura. Pero en el mundo de Chabon las bombas explotan sin ruido y no hieren a nadie, y la entera Segunda Guerra Mundial no es más que un sueño lejano. Comparen a Chabon con un auténtico dickensiano como John Irving, por ejemplo: en el bosque de la literatura, Irving es un jabalí cercado por los perros, Chabon una bella marta que se contempla en un charco de hielo. Michael Chabon, que con tanta inteligencia ha parodiado en Wonder Boys (Jóvenes prodigiosos) las pasiones autocomplacientes del típico autor posmoderno dedicado a crear una obra hermética, gigantesca e ilegible (él mismo pasó años intentando escribir una novela de estas características, que luego abandonó), termina por convertirse en la explicación de por qué hoy en día no es posible escribir la tan pregonada narración directa, honesta y decimonónica que, supuestamente, es lo que desean tantos lectores. Chabon y los de su generación, me temo, no creen, no creemos en lo trágico, y no tenemos una imagen clara y definida del mal, y sin esa creencia, sin esa imagen, sin una visión existencial y dialéctica del mundo, es muy difícil crear honestos relatos decimonónicos llenos de sentimientos.

Existe también el problema del material y del origen del material. El de Chabon, como el de James, el joven escritor de Wonder Boys, es secundario, proviene del cine, de los cómics, de otros libros. Y hay una ley de la naturaleza, una ley por la que pido respeto porque, insisto, no es una ley de la estética ni de la literatura, sino de la naturaleza, que exige que las creaciones artísticas obtengan su material de la vida; no todo el material, es cierto, pero sí al menos la parte original y más sustanciosa del material. ¿Por qué? Porque sólo así es posible crear con la imaginación y no con la mente. La imaginación se alimenta de la experiencia, de las imágenes de los ojos y de la memoria; la mente, de las categorías recibidas, de las ideas. Tomemos, por ejemplo, el episodio de la Antártida de Las asombrosas aventuras... En seguida nos damos cuenta de que se trata de un episodio simbólico, una reflexión sobre la guerra guiada implacablemente por la mente del autor, no de una creación libre de la imaginación. Joe está obsesionado con matar alemanes, pero al ser movilizado, las autoridades militares lo envían a la Antártida, donde se encontrará a un único soldado alemán, dos hombres solos en mitad de los hielos, la guerra reducida a su metáfora esencial –y no les sigo contando el resto–. Cuando existe ese férreo control del significado por parte del autor la espontaneidad se pierde, el mundo inventado deja de ser libre, las imágenes se convierten en meros referentes de un concepto, y conozco pocos ejemplos tan claros de la forma en que las imágenes de la mente matan y hielan, como en la Antártida de Chabon, las imágenes vivas, multiformes y, sobre todo, ambiguas, de la imaginación.

A pesar de eso, la novela es una delicia. Uno siente a los personajes como amigos próximos. Piensen ustedes que el protagonista de la novela es un atractivo, si bien algo descuidado, chico checo que habla un inglés algo torpe, que es un experto prestidigitador, un escapista profesional de la escuela de Harry Houdini y al mismo tiempo uno de los más reputados dibujantes de cómics de su tiempo. Hay una historia maravillosa, la de su huida de Checoslovaquia junto con el golem, el auténtico golem creado por el rabino de Praga tiempo atrás, y todo esto podría parecer demasiado encantador, casi puro realismo mágico, y quizá por esa razón Michael Chabon decide no seguir por esa línea, hace que Joe olvide con el tiempo muchos de sus trucos, no vuelve a adentrarse en la fantasía... Vemos a Joe obsesionado con la familia que ha dejado en Praga, dedicando todos sus esfuerzos a intentar sacarlos de allí; vemos a él y a Sammy entrar en el mundo de los cómics, ser explotados vergonzosamente por sus editores, que se enriquecen a su costa; vemos a Joe entrar en el mundo bohemio de Greenwich Village donde, en cierta ocasión, logrará rescatar de una muerte cierta al propio Salvador Dalí; vemos a Sam entrar en el mundo del cine y también en el mundo gay, en Hollywood; y hay amores, abandonos, hijos sin padre, padres sin hijos, la Segunda Guerra Mundial, el fin de la era dorada, las persecuciones de los moralistas contra los cómics, y al final del libro un misterioso baúl cargado de cieno y, desde luego, todo el libro tiene en ocasiones un cierto aire de cómic, en las situaciones, en los diálogos, aunque Chabon, de forma muy inteligente, no ha querido profundizar mucho en ese juego, que habría sido, después de todo, un juego fácil. En las últimas páginas del libro, Michael Chabon hace un elogio del escapismo que es, probablemente, una apasionada declaración de principios. Josef Kavalier escapó de los nazis; su familia, desdichadamente, no pudo escapar. Harry Houdini, el ídolo de Joe, era un maestro en escapar de todas las situaciones, y el personaje más famoso del tándem Kavalier & Clay se llama, precisamente, «El Escapista». Pero ¿qué tiene de malo escapar, se pregunta Joe, desear romper las leyes de la física, ir más allá de los límites impuestos, sacar la cabeza de este mundo y meterla, como deseaba Houdini, en el de los espíritus? «Los artículos periodísticos que Joe había leído sobre la investigación que el Senado iba a dedicar a los cómics siempre citaban el término `escapismo' en la letanía de consecuencias peligrosas que traía su lectura, y hablaban sobre el efecto pernicioso que tendría, en las mentes jóvenes, el satisfacer este deseo de escapar. Como si pudiera existir un servicio más noble o más necesario en la vida.»

¿Qué se podría objetar a este escapismo, a ese deseo de huir que es el servicio más noble y necesario de la vida? Cervantes, que repudiaba el «escapismo» de la novela pastoril, escribió una novela destinada a demostrar que los que desean escapar de la realidad terminan encontrándose con ella de la forma más violenta y dolorosa. Sin embargo, su libro dice finalmente todo lo contrario: a saber, que sólo aquellos que se inventan a sí mismos por medio de la imaginación tienen una vida verdaderamente digna de ese nombre. Hace poco, una periodista le preguntó a Juan Bonilla, ganador del último premio Biblioteca Breve, que con qué estaba comprometido. Confieso que yo no sabría cómo contestar una pregunta así. Michael Chabon podría haber respondido, quizá, que estaba comprometido con escapar.

Michael Chabon es autor de tres novelas, Los misterios de Pittsburgh, la deliciosa Jóvenes prodigiosos (magníficamente llevada al cine por Curtis Hanson, con Michael Douglas, Tobey McGuire, Robert Downey, Jr. y Frances McDermott) y la que comentamos, que ganó, entre otros galardones, el premio Pulitzer del año 2001, además de un par de colecciones de cuentos. Su obra más reciente, Summerland, es una voluminosa novela para jóvenes lectores centrada en torno a otra de las pasiones americanas y populares de su autor: el béisbol.

01/04/2003

 
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