ARTÍCULO

El sentido de las imágenes

 

Al fin va a haber que rendirse al reconocimiento de lo visual como ámbito simbólico fundamental, lo que no puede dejar de tener consecuencias sobre los supuestos de centralidad del lenguaje verbal –al que todo pensamiento habría de ser reductible–, además de sobre el propio estatuto de la imagen.

¿Por qué ha habido que esperar hasta hoy para contar con los primeros intentos de sistematización de una lógica del sentido de lo visual? (La primera fue el Tratado del signo visual, del Groupe, Cátedra, 1993, emprende la misma tarea, aunque desconociendo a sus predecesores.) Apenas se puede decir que las investigaciones parciales acumuladas consientan sobrepasar los ámbitos limitados para llegar a una semiótica general de lo visual, que estos dos libros elaboran gracias más a sus propios descubrimientos que a la sistematización de los precedentes. Quizá la razón venga más bien impuesta por las propias imágenes. Nuestro tiempo no sólo nos abruma con el exceso y el abuso de imágenes. Además, éstas han desarrollado en tan diferentes contextos –didácticos, científicos, artísticos, documentales, periodísticos, publicitarios, etc.– sus posibilidades significativas, comunican de tan variadas formas, que ya no es posible suponer que el efecto fundamental de lo visual sea emotivo o sensorial, y la significación, en cambio, sea un asunto que atañe básicamente a las palabras. Ni siquiera es ya del todo cierto que «una imagen nunca es asertiva, no puede afirmar ni negar algo, como puede hacer el lenguaje (verbal)», como sostiene Gubern, siguiendo a la tradición (pág. 44), pues podemos encontrar curiosos ejemplos de géneros que se han especializado precisamente en el decir, y negar, en imágenes.

Naturalmente, lo emotivo y lo sensorial, las posibilidades de la imagen artística de producir un efecto estético susceptible de transformarse en revelación interior quizá incomunicable, todo ello pertenece a las potencialidades de la imagen, que un análisis semiótico apenas perfila. Esta perspectiva abarca sólo el sentido público, compartible, aunque no todo él convencional, que construyen los textos visuales. Un campo inmenso, apenas esbozado, pero acotado por los enigmas que no llegará a iluminar. Kress y van Leeuwen terminan su libro constatando que no han hecho sino comenzar. Efectivamente, su impresionante esfuerzo produce tanto el efecto del compendio o el tratado sistemático, que delimita y rotura un campo, como el de mostrar cuánto este delinear los aspectos fundamentales que conforman el sentido de lo visual deja por precisar.

La lectura de Reading Images exige acordar con sus autores que es posible tratar el sentido público de las imágenes porque las culturas conforman nuestras posibilidades de dar sentido a lo que vemos. A partir de aquí el campo para discusiones y divergencias es muy amplio, así como el que se abre a nuevas investigaciones. En la página antes citada, Gubern afirma que «los intentos de "gramaticalizar" la estructura de la imagen han fracasado, porque su naturaleza semiótica es muy distinta de la del enunciado lingüístico, de carácter lineal y basado en la doble articulación». El acierto de Kress y van Leeuwen está en su procedimiento inductivo, que les permite eludir todo lingüístico. Se trata de partir de los textos visuales para «inventariar», como dicen, los recursos, las pautas establecidas en el curso de la historia de las imágenes y explicar cómo los actuales realizadores de imágenes las usan para producir significados. Los autores eligen el mismo objeto que tienen ante sí el autor y el perceptor de la comunicación visual: la página en la que trazar un garabato o un esquema, el periódico, la pantalla, el lienzo, es decir, el texto, por el que ambos se comunican. Lo que desentrañan, con éxito, es la lógica de las relaciones entre los elementos que componen visualmente un todo significativo. Una semiótica del texto visual que permite abordar el análisis de las imágenes con categorías que ya no remiten a la lógica de los lenguajes verbales.

En Del bisonte a la realidad virtual, Gubern desarrolla una reflexión sobre las imágenes, desde las pinturas prehistóricas a las «realidades» virtuales, deteniéndose en cualesquiera artes de la representación vengan a su densa memoria de estudioso y coleccionista de imágenes de «alta» y «baja» cultura. El ensayo comprende tanto las teorías de la percepción como las que tratan de explicar las funciones sociales y culturales de las imágenes, sin olvidar las disciplinas que estudian la significación o el simbolismo. Dos son básicamente, según Gubern, las tendencias de las realizaciones plásticas.

En primer lugar, la mimética, que trata de reproducir nuestra percepción del mundo. Nos fascina no sólo por la magia de la semejanza, sino por las inacabables sugerencias que abre su doble juego, pues, señala Gubern, la imagen que representa algo también se representa a sí misma. Diverge de ésta la imagen simbólica, que transmite información a la vez que la oculta, ya que su significado permanece velado para quienes no conozcan las claves precisas conforme a las que se construye. Imagen-laberinto en cuya densidad se abismarán los adeptos, mientras resulta ajena a los extraviados.

En el colmo de la búsqueda de la reproducción de la realidad se encuentra la imagen virtual, particularmente aquella que sumerge al observador en un espacio simulado completamente envolvente donde se suprime una barrena milenaria: el marco que separaba la representación del mundo del espectador, la demarcación entre la escena o la obra y el fuera de la escena. Los esfuerzos tecnológicos se orientan en este campo al engaño total de los sentidos e incluso a la ilusión de interactividad con los seres u objetos de un mundo representado que se hace indiscernible como representación. Algunos sostienen que tal es la condición de nuestro tiempo.

01/09/1997

 
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