ARTÍCULO

ROBERT LOUIS STEVENSON. El señor de Ballantrae

El señor de Ballantrae (una historia de invierno), de Robert Louis Stevenson, ha sido publicada por Anaya.
 

Cuando Vladimir Nabokov se dispuso a preparar su luego famoso «curso de literatura europea», Edmund Wilson le advirtió de que Stevenson era un autor de segunda fila. Con los años, parece que Stevenson sigue gustando más a los escritores que a los estudiosos de la ficción literaria. Para Borges, el descubrimiento de Stevenson fue «una de las perdurables felicidades que puede deparar la literatura». Sin embargo, Stevenson permanece recluido en esa especie de reserva más o menos inefable que ha venido a ser la llamada literatura juvenil. Anaya acaba de reeditar El señor de Ballantrae en una traducción bien entonada de Ana Isabel Conejo e Hilario Franco, con un breve estudio de Luis Martínez de Mingo, y sin duda se trata de una novela extraordinaria, tanto desde el punto de vista de la precisión técnica con que está elaborada como de los personajes y pasiones que en ella se suscitan. Lo de menos es que sus peripecias transcurran a través de «años, viajes y países», en una trama que da alguna que otra vuelta de tuerca a un enfrentamiento entre dos hermanos. Quiero decir que, a mi juicio, lo menos interesante del libro son los aspectos por los que, paradójicamente, es más valorado: esos que se refieren a la acción, a la aventura, a la intriga, y que lo han convertido en una especie de clásico del género. Porque Elseñor de Ballantrae es mucho más que una novela de peripecias trepidantes, con tener muchas y muy atractivas –y una inhumación a lo fakir que adolece de cierto pintoresquismo de época–. Pues toda ella está organizada con el objetivo principal de dar forma a la personalidad de James Durie, uno de los grandes malvados de la historia de la literatura, al que sirve de modesto contraste Henry Durie, el hermano bueno, con el que conjugará su mortal antagonismo.

El modo de ir plasmándose la maldad y el odio de James, y cómo el resentimiento de Henry va tiñendo de malignidad y locura su propio comportamiento, pertenece a los mejores logros del arte de escribir novelas. Porque la maldad y la bondad en este libro no son de una pieza, sino que están llenas de matices y ambigüedades, y se entrelazan firmemente con el propio destino de los personajes. James, el primogénito y heredero del mayorazgo, favorito del padre, objeto del amor de su prometida –una pariente que debe sacar de apuros económicos a la casa de Durrisdeer–, vive, fracaso tras fracaso, en una incansable esperanza de triunfo. Es brillante, violento y sereno, valiente y traidor, calculador e impulsivo, gran lector y cantor, incansable trotamundos y, si se lo propone, irresistible seductor de las voluntades de quienes le rodean. Henri, que acaba siendo el heredero y casándose con la prometida de su hermano, es introvertido, abnegado, trabajador, pero oscuro y anodino. En la contraposición de ambos y en el tejido de su recíproco aborrecimiento no se pueden olvidar ciertos aspectos especulares que laten en el fondo de la historia, la sombra del tema del doble, con el que Stevenson, en otro de sus libros, recreó uno de los grandes mitos de la imaginación contemporánea.

Para construir estos personajes, Stevenson, consciente sin duda de las dificultades y hasta de la falta de perspectiva que podría resultar de una simple voz en tercera persona, acudió a un recurso que, utilizado por él en varias ocasiones, resulta muy adecuado para conducirse por un territorio en que es tan fácil caer en la simplificación y el maniqueísmo. El recurso es el de utilizar documentos aportados por un testigo, que da su propia versión de los hechos con su decidida implicación, pero también con la distancia suficiente como para que el lector saque sus propias conclusiones. Ese testigo, y no Stevenson, es el responsable del punto de vista narrativo y moral. En realidad, el libro está compuesto por un conjunto de textos que un hombre, el fiel Mackellar, escribió y reunió para que la posteridad, cien años después de los sucesos, pudiese conocer la verdad de lo sucedido en la familia de los Durie. El conjunto documental le es entregado a Stevenson por un amigo, y él, sin añadir ni una coma –«no hay nada tan noble como la sobriedad», señala–, nos lo facilita, a modo de editor. Los «resúmenes» y relaciones de Mackellar, probo servidor de Henri Durie y firme detractor de James Durie, con ciertos extractos que hace de las memorias de Francis Burke, caballero irlandés, compañero de James en correrías especialmente sangrientas, componen el conjunto. El virtuoso Mackellar toma partido decididamente en contra del primogénito, y su actividad no se limita a la de mero relator, pues, según nos cuenta, su intervención en momentos significativos determina cambios en el rumbo de los sucesos. Por otra parte, su animosidad hacia James Durie no le impedirá sentirse seducido por él, en una de esas relaciones extrañas y hasta inquietantes que hacen la obra de Stevenson tan sugestiva y misteriosa.

La disensión entre James y Henry no sólo es el elemento dramático central de la intriga, sino un verdadero arquetipo del enfrentamiento fratricida, que adquiere solemnes y tenebrosos contraluces cainitas. Ese aspecto de la presencia del mal, que James encarna, hace que la relación con su hermano consiga un tono que podría comunicar esa novela con MobyDick, aunque la búsqueda allí de la ballena blanca por el capitán Ahab se convierta aquí en la huida, por parte de Henry, de la implacable perversidad que lleva consigo la presencia de James. Unahistoria de invierno se subtitula el libro, y es cierto que el testimonio del tan riguroso como austero Mackellar –que resulta un personaje interesante y complejo–, le da al libro un aire sombrío e invernizo, adecuado a los diferentes escenarios: la brumosa ribera escocesa en que se encuentra la mansión de Durrisdeer, los lúgubres océanos que surcan los barcos piratas en sus salvajes fechorías, ese viejo barco a punto de naufragar entre los temporales atlánticos en que viven lo más cercano de su relación Mackellar y James Durie, o los ríos y caminos helados que conducen por fin al inclemente corazón de las montañas, donde el final de la tragedia une para siempre a los dos hermanos en la muerte.

01/09/1998

 
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