ARTÍCULO

El secreto es el premio

Planeta, Barcelona
Premio Azorín
370 págs. 19 €
 

Un jurado decidió otorgar el Premio Azorín a la presente novela. Tras su atenta lectura, la pregunta no es «¿por qué?», como en la famosa crítica teatral de Alfredo Marquerie, sino «¿cómo ha sido posible?». Dando, por supuesto, pues para eso les pagan, que los miembros del jurado leyeron no sólo el manuscrito ganador, sino muchos otros que decidieron probar fortuna en las azarosas justas de los premios, se me ocurre desear, por el bien de nuestra literatura, que acaso entre esos doscientos manuscritos fallidos hubiera alguna novela, al menos, digna de llevar ese nombre. Y si no había ninguna novela entre las presentadas, siempre cabe el recurso de declarar el premio desierto y esperar una nueva cosecha.
Un prestigioso catedrático me contó que en cierto premio les pasaban al jurado los textos ¡en galeradas!: o sea, para que sancionaran la elección de la editorial, no para que juzgaran y eligieran entre los candidatos. Qué burla, no al premio, sino a los cándidos escritores que se presentan al mismo confiando en que Dios, o en su defecto la diosa Justicia, exista.
Viene todo esto a colación de El secreto de Orcelis, libro apasionado y primerizo de un periodista alicantino que ha decidido un día ponerse a escribir y contar a vuelapluma, mucha emoción, bastante farragosidad y altas dosis de cansinas ocurrencias, una especie de historia homenaje a su abuelo, a su ciudad, Orihuela, y a dar en imaginar cómo es la vida de un escritor de éxito, columnista de La Vanguardia, provinciano vividor solitario afincado en Londres que decide reconstruir una misteriosa memoria familiar en un estilo que, de parecerse a algo, más allá del fárrago y con muchas dosis de benevolencia, remedaría, a lo lejos (¡no se me malinterprete!), a las obras de García Márquez (escritor cuya autobiografía va leyendo el narrador en el avión), en concreto a El amor en los tiempos del cólera, esa delicia de parodia romántica y folletinesca llena de color y olores tropicales.
Si este libro fuera una autoedición que su autor ha querido encuadernar para regalar a sus amigos, comprar su lícita dosis de vanidad entre los familiares, y hacer unas risas «en clave» para los de su entorno, la crítica no tendría nada que objetar, pero sucede que El secreto de Orcelis, que ha obtenido un premio patrocinado por la editorial Planeta y la Diputación Provincial de Alicante (o sea, con dinero y prestigio público) le ha arrebatado la posibilidad de ser conocida a quién sabe qué novela.
Si El secreto de Orcelis fuera una verdadera novela y su autor un conocido novelista le pondríamos desde estas páginas numerosas pegas, de composición, de estilo, de estructura, diríamos que la anécdota sobre la que se sustenta toda la trama no merecían las casi cuatrocientas farragosas páginas en que su autor se demora relatando todo el proceso de reconstrucción de esa vida.
El pecado más imperdonable de la novela no es que esté mal escrita sino que no discrimina lo que cuenta, le da igual que sea la primera cena en el hospital, la descripción de la azafata que lo atiende en el avión, o la tripa del bávaro (decide que es bávaro, y de Múnich), que cena a su lado en el hotel: un aluvión de ocurrencias, una detrás de otra sin ninguna guía, sin tensión narrativa, sin ningún sentido, en fin, de la estructura: del valor de lo que se quiere y cómo se quiere relatar: un error de principiante, subsanable con un par de sesiones en un taller literario.
El estilo es untuoso, quiere ser esteticista, muy pagado de sí mismo, ridículo (y hasta divertido si fuera paródico, como en Eduardo Mendoza): «es la única fórmula disponible por la ciencia, me aseguran, y les creo, para poder sacar mi corazón de su nicho y enhebrar en las viejas arterias y gastadas coronarias los injertos de nuevas arterias que volverán a regar mi cuerpo como antaño las aguas del Éufrates drenaban los jardines de Babilonia», cito al azar. Una novela en que el vino es «caldo» y la lengua «se chasquea».
La pretendida intriga (el secreto) se ahoga entre tanta palabrería vana, desde el punto de vista ético late un machismo antiguo y un deseo de ser «progre».
La anécdota medular de la novela se desvanece ante tanta incapacidad: no hay ninguna duda de las «buenísimas intenciones» con que está escrita esta historia familiar, y el amor y el entusiasmo que se ha puesto en ella se nota en los errores, en el no darse cuanta de que se ha elegido una vía muerta y seguir y seguir narrando con felicidad, pensando que el lector tiene que estar encantado de que le endilguen facecias alicantinas, londinenses o checas, a cual más desprovista de fuste narrativo.
Pero todo esto se diría de tratarse de una verdadera novela. Si no fuera porque alguien ha decidido publicarla con la solemnidad de un premio, aquí no tendríamos nada que objetar al respecto. Cada uno es libre de escribir lo que le parezca. Otra cosa es publicarlo con un sello de prestigio.

01/12/2004

 
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