ARTÍCULO

Fantasmas segovianos

Madrid, Debate, 166 págs.
 

La última novela de García Morales, por desgracia, no rectifica el rumbo de sus últimas y escasamente logradas entregas narrativas. Fiel a sus temas, la soledad, las mujeres abandonadas, el gusto por los pueblos solitarios y los ambientes moderadamente góticos, García Morales construye una historia de fantasmas situada en las estribaciones de la sierra de Guadarrama, en un pueblecito de la provincia de Segovia al que acude, en busca de refugio y naturaleza, Elisa, tras constatar explícitamente, a sus cincuenta y dos años, el fracaso de su matrimonio y sus irreprimibles deseos de independencia, soledad y vida rural.

Despachada su crisis matrimonial (marido adúltero) en una suerte de breve «prólogo» previo al tema de la novela, que da ya el tono de la misma, Elisa se introduce de hoz y coz en el misterio (voces, secretismo de los vecinos, cartas, fotos, estancias clausuradas) de la casa que ha decidido habitar. Poco a poco, su creciente fascinación por los difuntos habitantes de la misma (madre e hijo) la lleva a una indagación en el misterio de la muerte y en el desasosiego de aquellas vidas truncadas cuyos gemidos y lamentos aún retumban en las estancias de la casona.

Venciendo sus miedos y adentrándose en un terreno (el del mundo de los espíritus) por el que hasta entonces no había sentido el más mínimo interés, Elisa va configurando, a retazos, la vida y la muerte de Daniel y de su madre hasta que, en un estado de progresiva enajenación, se deja «seducir» por el espíritu de Daniel, con el que decide comunicarse mediante prácticas espiritistas, amén de intentar relatar su historia en un libro...

No existen, es bien sabido, buenos o malos temas, sino deficientes o acertados tratamientos de los mismos. El problema de esta novela no es la materia narrada, sino la incapacidad para hacer mínimamente creíble, inquietante (recordemos El sur o Bene, como ejemplos de buen hacer narrativo), atractiva, una historia trufada de ocurrencias y empalagosas frases disquisitivas que entorpecen hasta qué punto el fluir narrativo, una novela, y ello es grave, toscamente redactada, y no me refiero sólo a usos impropios, laísmos, al abuso de expresiones muertas como «de alguna manera» o la falta de ritmo que propicia la utilización excesiva y farragosa de los pronombres de relativo, hablo de una sorprendente, en alguien tan versado como García Morales, falta de planificación a la hora de construir las escenas, de tal modo que las concatenaciones narrativas que van organizando la frase exigen, casi siempre, de una explicación posterior, como si, en verdad, el material se fuera desplegando a golpe de ocurrencia, error este tan de principiante que no acabamos de comprender bien.

El otro grave defecto de la novela es la cargazón insufrible de banalidades y tópicos no integrados de que está llena la narración: son tantos y tan abundantes que casi no hay página que pueda verse libre de alguna de estas precipitadas disquisiciones: en una novela gótica, de misterio, fantasmas y seres de ultratumba, el efecto es demoledor.

Hay, a mi juicio, un error de tono y de punto de vista en la novela, creo que parte de la inverosimilitud de la historia (aparte de que, seguramente, hubiera exigido una más demorada relectura y ajuste de sus piezas) procede de una mala elección de la voz narrativa, ese estilo indirecto con el que se nos relatan, sin modulación ni matiz alguno, sin solución de continuidad, los pensamientos de Elisa, las cartas de Daniel o las conversaciones con los vecinos, generan un tono plano, artificioso, falsamente aséptico, que el lector esforzado en interesarse por la historia recibe con extrañeza, si no disgusto.

En definitiva, una novela fallida de una escritora con un mundo propio muy coherente e inquietante, que, en otras ocasiones, ha sabido reconvertir con talento en materia narrativa.

01/12/1999

 
COMENTARIOS

Juan Vigil 19/08/15 02:09
Para nada concuerdo con esta valoración. He leído la novela, y, dejando a un lado los defectos que se mencionan, me ha hecho sentir profundamente. Me he sentido rodeado de esa atmósfera opresiva, de esos pensamientos desgarrados, de esa prosa vibrante de una luz extraña.

Me da la impresión de que el señor García se estanca en superficialidades que no desmerecen el relato. Buscar pajas en ojo ajeno suele ser bastante aburrido. La literatura se concibe como un espacio de diversión, una búsqueda de sensaciones llevadas por las palabras; quien busque en la literatura labor de complicada orfebrería, se pierde el propio pulso de la naturaleza. Las palabras fluyen como ríos, buscando cauces, remansándose, vistiéndose de imperfecciones. No hay obra que haya alcanzado la gloria, que no esté afectada de las motas de polvo que los críticos se afanan en encontrar.

Señor García, cuide de quitarse la viga que tiene en los ojos. Adelaida García Morales le da ciento y raya a los críticos que, como usted, sólo buscan naderías y excrecencias.

Todo esto dicho con respeto y sin ánimo de ofensa.

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