ARTÍCULO

El salario universal

 

Con la caída de los regímenes comunistas y el triunfo casi universal del liberalismo más duro, la nuestra es una época difícil para los pensadores «de izquierda». En ocasiones llega a parecer que el único papel digno que les queda, conceptualmente hablando, es el de recordarnos hasta el aburrimiento las injusticias y desigualdades que el capitalismo puede generar y de hecho genera. Al fin y al cabo, ¿no han quedado ya obsoletos los paradigmas sociológicos, filosóficos y económicos de la izquierda tradicional?

El filósofo belga Philippe van Parijs es uno de los que no se resignan a pensar así, y presenta en su reciente obra Libertad real para todos una detallada discusión (que, en sus aspectos básicos, podríamos retrotraer hasta el Marx juvenil) acerca del auténtico significado del concepto de libertad, bajo el que se ampara la actual cruzada anti-estatista y anti-intervencionista. Van Parijs sostiene que un régimen verdaderamente liberal no sería simplemente aquel en el que todos pudiesen actuar libres de coacciones externas (según la triunfante concepción autodenominada «liberal»), sino más bien aquel en el que cada individuo tuviese el mayor conjunto posible de oportunidades reales a su alcance; o, expresándolo en el sentido de Rawls, aquel régimen en el que la persona con menos oportunidades posee más libertad que bajo cualquier otra posible organización social.

La tesis del libro es que esa libertad real máxima podría obtenerse ofreciendo a cada persona un ingreso básico incondicional (es decir, independientemente de si uno trabaja o no, de si vive en la ciudad o en el campo, de si tiene más o menos hijos, etc.) lo más alto posible. La cuestión importante es, de este modo, la de cuál puede ser esa organización socioeconómica maximizadora de la libertad mínima disfrutada por sus individuos: ¿será una sociedad básicamente «capitalista» (que deja las principales decisiones económicas a la iniciativa privada), o una básicamente «socialista» (con prioridad mayoritariamente pública de los medios de producción)? Van Parijs concluye, aunque sin excesiva convicción, que un régimen de libre mercado tiene más posibilidades de satisfacer el criterio de «mayor libertad real para todos» que un sistema de economía centralizada. No sólo se trata de que el capitalismo es más «eficiente» y puede generar una mayor acumulación de recursos, sino que, dentro del sistema capitalista, la introducción del «ingreso básico» permitiría incrementar los niveles de competencia y eficiencia (al eliminar de los empresarios, trabajadores y consumidores muchas de las barreras psicológicas que ahora fomentan el proteccionismo y el intervencionismo), así como reducir el nivel de salarios pagados por las empresas (puesto que cada uno dispone ya de un ingreso incondicional, puede aceptar trabajar tanto como ahora por menos dinero del que cobra actualmente, o trabajar menos horas reduciendo proporcionalmente sus ganancias). Pero, lo que es más importante, el ingreso básico haría sobre todo más libre la decisión personal de cuánto, cuándo y en qué trabajar.

El libro de van Parijs no es, por desgracia, una obra fácil para el gran público: su argumentación está entretejida de discusiones conceptuales relativamente sofisticadas, y se trata más bien de un diálogo con toda una bibliografía que el lector, para seguirlo adecuadamente, debería conocer por lo menos en parte. Por otro lado, la tesis del «ingreso básico» despierta muchos interrogantes cuya respuesta vendría dada mejor por un estudio económico que por meras discusiones filosóficas sobre la «justicia», la «desigualdad» o la «explotación»; por ejemplo: ¿de verdad se trabajaría lo suficiente en la sociedad para que el ingreso básico permitiera vivir sin trabajar a quienes así lo decidieran? Este tipo de preguntas obtiene respuesta en otro libro complementario (Public Economics in Action. The Basic Income/ Flat Tax Proposal, de A. B. Atkinson, Oxford University Press, 1995), que aborda exactamente la misma propuesta, aunque con el enfoque de un economista profesional (con sus ventajas e inconvenientes). En todo el caso, el tema del ingreso básico merece una discusión pública detallada, pues puede convertirse muy probablemente en la utopía del siglo XXI .

01/10/1997

 
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