ARTÍCULO

Trío y montañas

Pre-Textos, Valencia, 250 págs.
 

Cuando el Marqués de Tamarón hizo su presentación en sociedad (en la sociedad literaria, se entiende) con un excelente libro de relatos, Pólvora con aguardiente, hace veinte años, venía de ejercer como diplomático en Mauritania, Francia, Dinamarca y Canadá. A partir de 1983 fue director de la Escuela Diplomática, en Madrid, director del Instituto Cervantes, y en la actualidad es embajador en Londres. Ha publicado otro libro de cuentos, Trampantojos (1990), escribió artículos en ABC luego recogidos en el volumen El guirigay nacional (1988) y es autor, además, de otra recopilación de ensayos que va por la segunda edición aumentada, El siglo XX y otras calamidades (1993 y 1997), y de El peso de la lengua española en el mundo (1995). Han sido, por tanto, veinte años bien aprovechados. En aquel lejano 1983, Tamarón confesaba, con modesta ironía, que su parnaso particular estaba constituido por Giraudoux, Evelyn Waugh, Cunqueiro y John Buchan (y por muchos otros que no procede mencionar aquí), que su condición de jerezano hijo de padre español y madre inglesa (por cierto, su bisabuelo inglés, Walter J. Buck, es coautor de muy notables libros cinegéticos, como Unexplored Spain y Wild Spain) le redime de la necesidad de «esmaltar su prosa con finas palabras extranjeras» (aunque no tenga en cuenta esta redención en El rompimiento de gloria ) y que, en fin, «su única pretensión válida para considerarse un gran escritor es que mide 1,97 m». Naturalmente, es un gran escritor, pese a que también es muy alto: uno de los escritores más singulares de España en este momento, y uno de nuestros mejores prosistas. Fernando Ortiz califica a su libro El siglo XX y otras calamidades como «antología de la prosa española», y a su autor de «brillante, ingenioso, arbitrario y mordaz». Y con una transparente y firme actitud ante el mundo que le ha tocado vivir. «No es posible olvidarse ante Tamarón del fárrago de esta época de estrepitoso derrumbe de valores.»

El rompimiento de gloria es la primera novela de Tamarón, aunque se trata de un proyecto antiguo. Sorprende, además de por su prosa excelente, por otras dos virtudes que tampoco son habituales en la novela española de ahora: su originalidad y la elegancia con la que aborda dos asuntos escabrosos como son un cierto ménage à trois y la guerra civil de 1936-1939, sobre la que hace una reflexión, en mi opinión, exacta: «A veces pienso que nuestra guerra empezó porque de cada diez españoles cuatro tenían miedo, otros cuatro resentimiento y dos tenían vergüenza torera».

El «rompimiento de gloria» es un término empleado en pintura para señalar determinado efecto de luz: «Cuando ya cerca de la estación para coger el tren de vuelta nos sentamos un momento al sol, tiritando del remojón de la tormenta, vimos cómo se desgarraban las nubes plomizas sobre el valle y un chorro de luz parecía golpear con violencia un soto verde oscuro, casi negro, de pinos, rodeado de piornos color amarillo chillón». Casi se trata de una «epifanía» joyceana, aunque, felizmente, Tamarón no es entusiasta del meticuloso bromista irlandés.

La novela se desarrolla en dos escenarios, y puede ser descrita tal como un crítico cinematográfico resumió el film Hatari, de Howard Hawks, donde unos personajes salían a cazar, regresaban al campamento y charlaban. En El rompimiento de gloria, tres personajes hacen excursiones a las sierras de los alrededores de Madrid, regresan a sus ocupaciones, vuelven a ir de monte... Así, durante todo el invierno anterior a la guerra civil. Los personajes son un hermano y una hermana aristócratas, él militar de carrera, entre los que se adivina una relación incestuosa, y un estudiante de izquierdas y algo patán, que poco a poco va perdiendo el «pelo de la dehesa» gracias al trato con los hermanos, a quienes conoce durante una excursión. La aristocracia de los dos hermanos no sólo es de clase social -él es conde–, sino, y sobre todo, de manera de ser y de actitud ante la vida. Ambos hermanos son excepcionales en todos los aspectos: deportistas, cultos, valerosos, desprendidos y, naturalmente (es decir, de manera natural) reaccionarios; pero «reaccionarios químicamente puros como Merlín o el Hada Morgana, o como los Masai o las Clarisas Descalzas o el Dalai Lama». O como el capitán Aldana, tan valeroso guerrero como alto poeta, a quien Tamarón dedica un par de páginas espléndidas: «esa muerte (la de Aldana lanzándose a pie, por haber muerto su caballo contra los moros en Alcazarquivir, después de haberle dicho al rey don Sebastián: "Señor, ya no es tiempo sino de morir, aunque sea a pie") parece más germánica que estoica. Quizá Aldana era el último godo de España. Con todo su refinamiento italiano y renacentista [...] pero al final le salió el "furor germanicus". El decoro estoico es más pasivo. En cambio, esa arremetida salvaje parece cosa de saga nórdica [...]». Lo que resulta increíble es que, en vísperas del 18 de julio de 1936, un estudiante socialista, otro anarquista, otro falangista y otro carlista del Maestrazgo se reúnan en un café de Madrid para debatir sobre Aldana, aunque entre los estudiantes esté uno que se llama Pepe Bergamín. No estaba entonces el horno para Aldana; aparte de que, por aquellas fechas, Aldana era un poeta poco menos que desconocido. Asimismo, la perfección de ambos hermanos no es de este mundo ni del calamitoso siglo XX . Bien es verdad que Tamarón ya nos advirtió que eran de la estirpe del mago Merlín, del Dalai Lama y de las monjas clarisas: él mitad monje y mitad soldado, y ella una peculiar clarisa en pantalones y montañera, además de cultísima. ¿De dónde sacó la joven y deportista Elena el tiempo para haber leído todo lo que leyó?

El rompimiento de gloria es, entre otras cosas, una hermosa novela de iniciación, desarrollada, como ya se ha dicho, en dos ámbitos distintos: la montaña y el mundo cotidiano de los tres protagonistas (a los que se une un militar alemán, agregado de la embajada en Madrid). Las escenas de montaña son superiores a las de conversación y cosmopolitismo. Las descripciones de Tamarón poseen aliento épico. Su prosa es de las mejores que se escriben hoy en España, y se ajusta al relato, bella y funcional.

01/05/2003

 
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