ARTÍCULO

La fascinación del Congo

Turner/Fondo de Cultura Económica, Madrid/México
Trad. de Esther Muñiz, Ep. JOsé Luis COrtés López
416 págs.
 

Mucho antes de que el escritor de origen polaco Joseph Conrad abriera una evocación bárbara del continente africano en El corazón de las tinieblas (1902), los viajeros europeos, particularmente portugueses, tuvieron una temprana fascinación por África negra. Desde el siglo XV, trataron de descubrir su lejana y variada geografía, de desvelar la profundidad de sus ríos sin olvidar las posibilidades de comerciar con un mundo que aún no conocían. Con Conrad o sin Conrad, África negra siempre ha nutrido la imaginación occidental generando nuevos mitos, renovando fantasías y también suscitando escritos de toda índole hasta hoy en día. Pero, entre otros estudios publicados en los últimos años, el libro del periodista e historiador británico Peter Forbath, El río Congo: descubrimiento, exploración y explotación del río más dramático de la tierra es, sin duda alguna, uno de los libros más completos y ambiciosos que recoge, recorre y se adentra en la historia del África negra de los últimos cinco siglos partiendo de ese eterno enigma llamado río Congo. A lo largo del libro de Forbath, el río Congo aparece como epifenómeno y coartada para una sucesión de actos audaces de descubrimiento, de victorianas exploraciones y de violenta explotación de todo el continente africano.

¿Por qué Peter Forbath dedica semejante estudio al río Congo? El propio autor parece aportar la respuesta: «Congo. Dos sílabas cortas golpean la imaginación como un tambor de la selva, evocando pesadillas de oscuridad primigenia, misterios insondables y espantoso salvajismo. Ninguna palabra lleva en sí tanto poder». Consciente del arduo trabajo que comporta este tipo de empresa, Peter Forbath añade para explicitar aún más su intención: «tenemos crónicas de los primeros viajeros llegados al Congo, biografías de los exploradores europeos que arribaron después, relatos de formidables aventuras y muchos volúmenes sobre diversos aspectos del río en el contexto político de los últimos tiempos. Sin embargo, por extraño que parezca, no existe ninguna obra sobre el Congo que se asemeje a la historia del Nilo escrita por Moorehead, una historia del descubrimiento, exploración y explotación del río por parte de Europa escrita como una impecable serie de increíbles aventuras capaces de explicar el espacio tan singular reservado al Congo en la imaginación de los países occidentales. Éste aspira a ser ese libro».

El río Congo: descubrimiento, exploración y explotación del río más dramático de la tierra empieza con la evocación en la Edad Media (el siglo XII ) del reino del Preste Juan, rey y sacerdote cristiano de Oriente: un personaje longevo, imaginario e imaginado, a lo largo de los siglos, cuya incansable búsqueda favoreció, de forma casual, descubrimientos insólitos por parte de algunos monarcas portugueses. Ubicado por la fantasía occidental primero en Oriente y luego en África, la búsqueda del Preste Juan no sólo confirma que l'ailleurs hubiera sido inventado a toda costa por Europa, sino que también permitió una incursión en la costa occidental africana hasta parte del interior del Congo.

El primer paso en el conocimiento del centro del continente africano tiene lugar en 1482 cuando el portugués Diogo Cao descubre la desembocadura del río Congo al lado del cual alza uno de los pilares que le dio el rey Juan II de Portugal. Este hallazgo daría pie al temprano e igual contacto del reino de Portugal con el reino del Kongo, seguido de la conversión forzosa (imposición de valores religiosos, morales y sociales) al cristianismo de la dinastía de los Manikongo (reyes de Kongo), cuyo paroxismo sería la conversión del Manikongo conocido como Alfonso que Peter Forbath llama el Othelo de la selva. La presencia portuguesa en el reino del Kongo tiene también consecuencias negativas: el inicio de la trata de esclavos que provoca el desequilibrio y la progresiva decadencia del reino del Kongo (con una estructura sociopolítica estable), que era una de las civilizaciones más avanzadas de entonces en África negra. El lucrativo comercio de esclavos intensifica y mengua las relaciones entre ambos reinos a costa de las prácticas culturales locales dando un destino trágico al reino del Kongo: ruina de valores morales, inmersión en el caos social, irremediables luchas de facciones tribales y fratricidas. El comercio de esclavos, codiciado por otros países europeos, originó igualmente la pérdida del monopolio de Portugal en la costa occidental de África.

A pesar de la perturbadora incursión portuguesa en el reino del Kongo, dos siglos después de Diogo Cao, el río Congo seguía siendo un misterio, un misterio que tenía que resolverse de cualquier modo. Por ello, en Gran Bretaña fundamentalmente, algunas asociaciones científicas legitiman su creciente interés financiando exploraciones. Mungo Park sería el primer explorador y descubridor del río Níger en 1796. Tras sus pasos, David Livingstone (médico misionero que exploró el Zambezi) emprendió la búsqueda del nacimiento del Nilo siendo el primer europeo en llegar a la cabecera del río Congo en un segundo viaje iniciado a mediados de 1865. Es probable que de todos los exploradores, David Livingstone sea el que más mostró un «valor inquebrantable», una voluntad férrea y una paciencia irreprochable en recorrer tierras interiores de África. Hasta su fallecimiento en 1873 (asistido por sus fieles sirvientes Susi y Chuma), David Livingstone vivió durante los tres años de su larga travesía de la costa oriental (Zanzíbar) hasta el centro de África todo tipo de obstáculos, pero pudo escribir un minucioso y conmovedor diario manteniendo mucha fe por descubrir buena parte de los afluentes conocidos hoy del río Congo. En 1871, un joven reportero llamado Henri Morton Stanley fue el último europeo que vio a Livingstone en los seis años que éste estuvo por África. Stanley (aún no tenía conciencia de que sería uno de los exploradores más conocidos de la historia de la humanidad) dio al mundo la noticia de que Livingstone aún estaba vivo después de estar cuatro meses a su lado en una suerte de relación filial.

Después de David Livingstone, Henri Morton Stanley empezó su carrera de explorador de forma azarosa. Reportero temerario, periodista romántico y «aventurero brusco», el 15 de agosto de 1874 Stanley volvió a África para completar todos los puntos blancos de los mapas levantados por Livingstone. En distintos viajes, Stanley solucionó muchos enigmas geográficos del continente africano. De parte del rey belga Leopoldo II, quien financió sus sucesivos viajes, sus exploraciones en la cuenca del Congo abrieron amplias posibilidades comerciales, económicas y de posesión de tierras ajenas. Cumpliendo las ambiciones personales del monarca belga (miembro de distintas sociedades geográficas y con desmesurada ambición de tener territorios fuera de Europa desde su ascenso al trono en 1865), Stanley abrió una nueva etapa en la historia de África: el comienzo del expolio sin piedad del continente africano. Gracias a él, Leopoldo II realizó su fijación sobre este territorio africano fundando el Estado Libre del Congo constituido por toda la margen izquierda del río y casi toda la derecha, es decir, más de 1.500 km desde la desembocadura hasta las cataratas Stanley. Con el reconocimiento oficial de las distintas potencias, Leopoldo II creó varias instituciones con fines científicos y filantrópicos pero cuya función básica era extraer recursos naturales. Tras una división de su nueva propiedad en zonas económicas, sus ganancias eran tan cuantiosas que en 1898 pudo multiplicarlas llevando la primera locomotora a Leopoldville para transportar recursos naturales tan preciados como el caucho. Los métodos inhumanos y la crueldad (ejecuciones en masa y amputación de las manos) en la expropiación eran tan considerablemente escandalosos que el Estado Libre del Congo pasó a ser propiedad de Bélgica en 1908, dejando una herencia de 80 millones de dólares a Leopoldo II. Entretanto, las rivalidades europeas y el temor de las ambiciones de Francia que había enviado al conde de origen italiano Pierre Savorgnan de Brazza en lo que hoy constituye el Congo-Brazzaville, impulsaron la conferencia de Berlín (15 de noviembre de 1884-febrero de 1885) en presencia de catorce países europeos que iban a repartirse África, dando así inicio a lo que Georges Balandier llama la situación colonial.

El río Congo: descubrimiento, exploración y explotación del río más dramático de la tierra emprende una crónica apasionada de los intentos, fracasos, intrigas y codicias que sustentaron el conocimiento de las distintas partes del río Congo. A pesar de su perspectiva etnocéntrica primaria (enfermedad infantil de muchos viajeros europeos actuales), y de su uso equívoco de algunas nociones de antropología (tribu, culturas primitivas, canibalismo), este relato es una evocación erudita sobre la conquista y la ocupación de varios territorios africanos. Por su capacidad de restituir los pormenores de un río tan nutrido y caudaloso como el Congo, este relato es un documento fascinante, ambicioso e imprescindible. Por su conocimiento vasto y profundo de la historia de África, de los relatos de viajes y de las biografías de los grandes viajeros europeos, Peter Forbath logra dar vida a las contradicciones, las miserias y las ambigüedades en torno a un río cuyo torbellino fue el inicio de la mission civilisatrice y la colonización con consecuencias (conflictos de convivencia étnica y violencia estructural) que son aún visibles hoy día en África negra.

01/11/2002

 
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