ARTÍCULO

Binomio fantástico

Abada, Madrid
316 pp. 19 €
 

Decían los antiguos, con esa peculiar fisiología elaborada a partir de su gran capacidad para la especulación y su –quizás exagerada– obsesión lógica, que las obras propias del animal racional eran entender, recordar e imaginar. Esas facultades residían en tres de los cuatro ventrículos en que se dividía el cerebro humano; en el cuarto se efectuaba el cocimiento de los espíritus vitales, una especie de síntesis materialista del acto de pensar, utilizando de manera combinada el entendimiento, la memoria y la imaginación. Pues bien, de las tres cosas trata este delicioso libro. A la cuarta, la de «cocer los espíritus vitales» para pensar, se sentirá impulsado, sin duda, quien lo lea. De las tres facultades en cuestión anda, por cierto, bien provisto su autor, un «historiador cultural de la ciencia» –son sus palabras– que en su andadura primera transitó por el cruce entre ciencia y políticaJuan Pimentel, La física de la monarquía. Ciencia y política en el pensamiento colonial de Alejandro Malaspina, Aranjuez, Doce Calles, 1998. y, más tarde, se ocupó de la relaciones entre ciencia y literaturaJuan Pimentel, Testigos del mundo. Ciencia y literatura de viajes en la Ilustración, Madrid, Marcial Pons, 2003.. Ahora se decide por la encrucijada entre ciencia y arte, con el propósito de ensayar (en varias ocasiones, además de en el título, Pimentel insiste en que su obra es un «ensayo») una forma de acercar a sus lectores algunos problemas que preocupan y ocupan a las recientes generaciones de historiadores de la ciencia: la relación entre imagen e imaginación, la importancia de la visualización de los hechos en la creación de conocimiento científico, el papel del crédito social y de la retórica de la persuasión en la elaboración de evidencias, como pruebas de verosimilitud.
Estas o algunas otras cuestiones, casi igual de abstrusas, presentadas en la forma académicamente más reconocida –la del debate historiográfico en una revista especializada– hubieran suscitado el interés de dos o tres docenas de especialistas. El resto nos hubiéramos quedado sin saber cómo esas cuestiones tremendamente abstractas pueden cobrar sentido, interés y cercanía si se eligen un par de historias y se saben contar bien, desarrollando con ellas la discusión sobre las interpretaciones, extrayendo de este o aquel episodio un elemento de reflexión que alce el vuelo y permita una perspectiva más enriquecedora. Claro que hay que ser muy bueno como contador de historias para llevar a cabo con éxito la empresa. Quizá por eso son pocos los que lo intentan por estos pagos.
Pimentel elige dos episodios concretos de la historia de la ciencia europea que, aunque separados por casi tres siglos de diferencia, pueden proporcionar analogías, elementos de comparación que ilustran los problemas antes mencionados. Ambos episodios tienen puntos en común y también divergencias importantes; por eso dan tanto juego a la hora de establecer esas analogías. Como bien dice el autor, no se trata tanto de unas «vidas paralelas», sino más bien de unas «vidas circulares». Estrictamente hablando, la primera historia nos cuenta cómo, a partir de las palabras acerca de un fabuloso cuadrúpedo exótico, se generó una imagen (dibujo primero, grabado después) llamada a «fecundar el imaginario europeo» (p. 101). La segunda historia es inversamente circular: cómo unas imágenes del esqueleto de un no menos fabuloso cuadrúpedo exótico «generaron palabra, historia, relato» (p. 253).
El primer cuadrúpedo de este binomio fantástico es Ganda, un rinoceronte capturado en la lejana India en 1515. El segundo cuadrúpedo sería bautizado como Megaterio y sus huesos fueron desenterrados en la no menos lejana barranca del río Luján en 1788. Claro que, cuando decimos «lejana», adoptamos un eurocentrismo palmario, pero ese es el punto de vista en el que debemos situarnos para entender el contexto real de los dos procesos culturales que desencadenaron las respectivas llegadas de esos dos protagonistas a suelo europeo. Ganda llegó a Lisboa; los huesos de Megaterio, y los dibujos que los acompañaban, llegaron a La Coruña, pero, sin salir de las cajas, fueron trasladados a Madrid. A partir de aquí, las historias se bifurcan para trazar dos círculos distintos: el que va de la piel a los huesos, en un caso; el que transita de los huesos a la piel, en el otro.
La vida del Ganda «real» acabó a los pocos meses de llegar a Lisboa, cuando el rey Manuel I de Portugal decidió regalárselo al papa León X y el barco que lo trasladaba a Roma desapareció en el fondo del Mediterráneo llevándose a Ganda con él. Su estancia en Lisboa dio lugar a varias descripciones, entre las que destaca la de Damião de Góis; una de ellas, más modesta literariamente, redactada por un tal Valentim Fernandes, llegó, acompañada de un dibujo, a manos de Andreas Dürer, quien dibujó primero y grabó después la estampa de un animal que jamás vio, que en todos los sentidos «imaginó». La historia de ese grabado y su éxito en fecundar la imaginación de naturalistas, anatomistas y artistas deberá el lector seguirla de la mano de Pimentel, pero le recomiendo que no olvide mirar el emblema de la editorial que publica su libro.
La vida del Megaterio «real» databa de un tiempo tan remoto que quienes participaron en el principio del largo proceso que acabó por desentrañarla apenas eran capaces de imaginar. Los protagonistas hispanos del descubrimiento quedaron atrás; también los primeros que «imaginaron» el Megaterio para reconstruir su esqueleto en condiciones de ser exhibido en el Real Gabinete madrileño. Finalmente, Georges Cuvier acabó siendo «el Durero de esta historia» (p. 178). El episodio, de paso, dio pie a uno de esos embrollos de prioridades y honores patrios tan del gusto de cierta manera decimonónica de hacer historia de la ciencia: muy esclarecedor para entender cómo el conocimiento científico es una empresa colectiva, cómo la ciencia es un producto social y cómo se crean las teorías y se labra la fama de los científicos. Pero, más allá de esto, la historia que nos cuenta Pimentel es, sobre todo, la de los esfuerzos por entender (por imaginar) el «tiempo profundo», ese pasado ajeno, casi eterno, vivido en una Tierra donde Megaterio y otros animales campaban por un mundo sin humanos.
Juan Pimentel se ha atrevido a proponer a quien se sumerja en las páginas de su libro una lectura que es como un viaje, apasionante y fantástico. El viaje no carece de excursos, de pequeños o grandes desvíos, distracciones del tema principal, que nos abren o insinúan nuevas historias: la del cautiverio de animales salvajes; la de las relaciones de los Medici con los elefantes; la de las prefiguraciones del Oriente en la cultura occidental; la de las relaciones entre Núremberg y Lisboa; la del grabado en la ilustración científica; la del «ensamblaje imaginado» que son las quimeras. Pero esto no es un reproche. Ya explicaba Tristram Shandy que «si un historiógrafo pudiera conducir su historia como un mulero conduce a su mula, en línea recta y siempre hacia delante, [...] podría aventurarse a predecirles a ustedes, con un margen de error de una hora, cuándo iba a llegar al término de su viaje; pero eso, moralmente hablando, es imposible. Porque si es un hombre con un mínimo de espíritu se encontrará en la obligación, durante su marcha, de desviarse cincuenta veces de la línea recta»Laurence Sterne, Vida y opiniones de Tristram Shandy, 1:14; reproduzco la inspirada traducción de Javier Marías: página 33 de la reedición de 2006 (Madrid, Alfaguara).. No carece Pimentel, ciertamente, de ese «mínimo de espíritu»; es más, le basta y le sobra. Esperemos que decida seguir compartiéndolo con sus lectores.

01/04/2011

 
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