ARTÍCULO

El rey va desnudo

Anagrama, Barcelona
496 pp. 17 euros
Anagrama, Barcelona
556 pp. 22 euros
 

En La vida exagerada de Martín Romaña hay un momento cervantino epifánico en el que el joven aprendiz de escritor, escapando del regaño de su novia peruana, fiera militante de izquierda, sale trastabillando de su buhardilla y escaleras abajo se incorpora al mayo parisino del 68. Deslumbrado y entusiasta, en honor a su dama se incorpora a una gesticulante manifestación silenciosa que en realidad es un grupo de sordomudos que por ahí pasaba. La conjunción de humor, ritmo narrativo, ironía y recursos lingüísticos hace de esta escena un ejemplo de las virtudes que como novelista tiene Bryce Echenique, un escritor que pulveriza los Grandes Momentos Históricos (sean colectivos o individuales) al enfrentarlos con la pequeña seriedad de una vida personal.Transparentemente autobiográficas, Un mundo para Julius y la mencionada Vida exagerada son dos instancias de un mismo aprendizaje. La elaboración de personajes e historias que surgen tanto de las necesidades de lo novelado como de la realidad autobiográfica conducen a este escritor escandalosamente prolífico a ceñirse a sus elementos, a decidirse por esto o por aquello, a incluir algo y excluir muchas cosas. Ninguna de las dos es novela breve, pero en ambas lo incorporado es estrictamente necesario. Son gozosas escrituras exuberantes en las que todos los recorridos justifican el conjunto.
La capacidad de Bryce para incorporar la fragilidad de la vida íntima al discurso narrativo ha hecho de su representación un ser entrañable. Uno de los atractivos de sus Antimemorias es la curiosidad por ver el otro lado de ese estupendo discurso de ficción. Desgraciadamente, ni Permiso para vivir, el primer volumen publicado en 1993, ni Permiso para sentir que aparece doce años después, alcanzan la efectividad de sus novelas. El que no haya ninguna estructura hace que lo que he llamado exuberancia se convierta en informe proliferación, repetición innecesaria de anécdotas y ausencia de cauce. No quiero decir que no haya textos magníficos. Quizás un simple cambio de orden, un reacomodo de temas y una buena jardinería darían eficaces resultados. Un libro, por ejemplo, que recopilara sus encuentros con escritores sería una pequeña joya. Otro que organizara su complicada relación con Perú propondría una insustituible visión crítica de ese país. Y otro en el que sus memorias personales fueran entretejiéndose mejor iría excluyendo fragmentos ya recogidos, a la vez que dejaría ver con toda claridad las partes del tapiz que la propia obnubilación, ceguera o represión inconsciente del autor han dejado sin rellenar: unas carencias y ausencias que el lector interesado descubre inmediatamente.
En la primera sección, titulada en los dos libros «Por orden de azar», Bryce va arrimando distintos momentos de su vida, que parten de su infancia en Lima, pasan por sus años en París, recorren su estancia en Montpellier, aterrizan en Barcelona y en el primer volumen terminan en el barrio madrileño de Chamberí. En el segundo, las memorias agitan las mismas aguas, pero esta vez se extienden hasta incluir el fracasado intento de un definitivo regreso a Lima y la nueva recalada en Barcelona. Ambas secciones recogen textos excelentes junto a exabruptos amargos y mensajes con destinatario exclusivo. La segunda sección de ambos volúmenes, más unitaria, se ocupa de dos situaciones en que el escritor se enfrenta, por decirlo borgianamente, con su destino latinoamericano. En el primer volumen está dedicada a Cuba, que Bryce visitó varias veces y donde incluso formó parte de la corte imperial. Su entrada en la Historia Real contada en «Cuba a mi manera» es el reverso de la anécdota de los sordomudos mencionada al principio. Si Martín Romaña desmontaba las contradicciones de mucha militancia de la época, la ausencia de ironía hace que el personaje que transita por Cuba sea tan inmune a lo real que se parece al emperador en su traje nuevo.
A diferencia de «Cuba a mi manera», país por el que Bryce pasea sus habilidades sociales y su don de gentes con obscena impunidad, «¿Che te dice la patria?» es una disección intransigente de las lacras que corroen Perú. Haber salido de ahí le da elementos para ver realidades que el trato continuo termina por diluir.Amarga e infalible, esta sección de Permiso para sentir posee la crispación y efectividad narrativas de sus novelas, aunque la dirección vaya ahora de lo personal a lo público. Como dice Bryce, «perdonen la tristeza, y la rabia», pero hay que describir lo que se ve. Los mil y un enfados provocados por su regreso a Perú hacen «que uno se sienta mal en su pellejo y muy mal en el pellejo de su ciudad». La virtud es que incluyen, además del amargo despellejamiento de un mundo que se ama, la suficiente claridad para incorporar todo el dolor y goce que ahí se dan, o que los otros ven. La escena en que el escritor busca en un hospital a su madre en coma y se encuentra en medio de una habitación blanca donde hay doce señoras dormidas de pelo blanco es un fresco sublime, tangible y volátil como la muerte, y es la cueva de Montesinos de Bryce, el centro original de donde sale para proseguir su aventura.

 

01/05/2006

 
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