ARTÍCULO

Cuba como estercolero

Anagrama, Barcelona
218 págs. 1.950 ptas.
 

La fotografía promocional del primer libro de Pedro Juan Gutiérrez, Trilogía sucia de La Habana, muestra a un individuo de mediana edad, calvo, fibroso, de mirada desencantada, fija y algo melancólica. Tras el éxito notorio de ese libro de relatos, la fotografía que acompaña ahora a su novela El rey de La Habana descubre a un individuo con una cazadora tejana, igualmente calvo, pero encendiendo una faria con pulso firme y una mirada socarrona más propia de un cínico. Quizá sea una impresión personal, nacida del asombroso hecho de que Pedro Juan Gutiérrez (La Habana, 1950) permanece en Cuba pese a haber mostrado al mundo el rostro más amargo y terrible de la realidad cubana. No importa que sus libros sean allí inencontrables: él continúa viviendo aparentemente sin problemas en la isla, donde halla el humus putrefacto que nutre su obra y sigue fiel a un país a la deriva.

Esta fidelidad opera en un plano geográfico y sentimental, nunca en el terreno literario, si entendemos lo literario antillano como una apoteosis del lenguaje barroco. Porque Pedro Juan Gutiérrez es, con toda probabilidad, el narrador menos cubano del siglo. La razón quizá haya que buscarla no sólo en el propio Gutiérrez sino en la situación misma de su patria, que dista mucho de ser la Cuba de Carpentier, Lezama Lima o Cabrera Infante. Es cierto que durante el Machadato y, posteriormente, en la dictadura de Batista, hubo en Cuba una pobreza intolerable; pero también brillaban esas luces doradas que hacen medianamente llevadero el capitalismo. Según Gutiérrez, ahora sólo hay la miseria y degradación moral de unos seres que sobreviven en ruinosos edificios que se desploman. El rey de La Habana cuenta las aventuras de Reynaldo, un adolescente cubano de la década de los noventa. Reynaldo es un muchacho sucio, famélico, pestilente, cuya única tarjeta de visita es un pene de veintitrés centímetros. Su estrella se tuerce una mañana aciaga cuando se masturba junto a su hermano en la azotea y es sorprendido por la madre. Durante la disputa ella muere accidentalmente, el hermano se arroja a la calle cegado por el remordimiento, y la abuela fallece de paro cardíaco ante la espiral de horror. Gutiérrez arranca la novela donde Shakespeare solía concluir los dramas. Y uno se pregunta qué puede haber más horrendo. Cuba misma.

Acusado de las muertes, Reynaldo es recluido en un correccional de las afueras, donde pasará tres años recogiendo cítricos y forjándose un carácter amargado, receloso y taciturno. Tras huir durante una excursión a Guanabacoa, gastará sus días entre La Habana, los suburbios y la playa de Varadero sin hallar la paz en ningún momento. La originalidad de Gutiérrez es crear un personaje en los antípodas de los hijos de la Revolución: radicalmente inculto, no sólo carece de estudios sino que ignora los ritos del catolicismo y la santería, los principios revolucionarios y los gestos de solidaridad. Claro que Reynaldo no es el único. Muchos cubanos han renunciado también a ella, desarrollando en cambio todas las artes de la picaresca. La crudeza y mordacidad del autor se perciben ahí, en el hecho de que el cubano apenas roba al extranjero –un turista siempre puede resolverles la vida– sino a otros cubanos, que luchan entre sí en un formidable combate por la supervivencia. Pícaro emergente en una charca infestada de caimanes, Reynaldo irá perdiendo todas y cada una de las ocasiones para salvarse. De nada va a servirle enloquecer a diferentes mujeres con sus artes amatorias: la jinetera Magda, la travestí Sandra, la vieja Frede, la gitana Daisy o la negra Katia. Celoso de su libertad, Reynaldo crecerá como marginal entre marginales, ajeno al sistema y sus intersticios, creyendo ser el rey de la ciudad, porque al sexo debe sus escasas horas de fortuna y su puesto entre los demás.

Escrito en la mejor tradición del dirty realism, El rey de La Habana contiene momentos memorables, como la visita del protagonista a Varadero a la orgía en los sótanos de una fábrica de cerveza. También confirma a Gutiérrez como un portentoso oído que capta las voces de una urbe esencialmente bulliciosa y parlera. Pero la confirmación literaria de que Cuba vive bajo mínimos y sólo el sexo, la salsa y el ron apartan al pueblo de la oscuridad, es algo que cualquier lector español, ante la lectura de este desgarrador documento cotidiano, no puede recibir sin profunda tristeza.

01/12/1999

 
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