ARTÍCULO

Un moderador inmoderado

 

La figura del rey Alfonso XIII atrajo desde muy pronto la atención de historiadores y biógrafos, interesados en explicar los motivos de un final tan abrupto. Se suscitó inmediatamente la controversia entre los que prodigaban las censuras al personaje y los que se esforzaban en reivindicar su gestión. Se alinearon en el primer grupo no sólo sus rivales republicanos y socialistas, sino también voces procedentes de los partidos monárquicos, decepcionados con el comportamiento del rey. Los primeros en marcar distancias habían sido los seguidores de Maura, que reaccionaron con despecho a la caída de su líder en octubre de 1909 y, más aún, a su preterición en beneficio de Romanones y, más tarde, de Dato, cuando el asesinato de Canalejas hizo pensar en la rehabilitación del político mallorquín. Las esperanzas de los intelectuales (Juliá) de una efectiva democratización del régimen empezaron a debilitarse durante el crítico verano de 1917 y harían aguas, definitivamente, con la implantación de la dictadura de Primo de Rivera en 1923. No fue extraño, por eso, que la primera visión crítica del reinado fuera de un maurista. En su Historia del reinado de don Alfonso XIII (1933), Melchor Fernández Almagro hizo una penetrante crónica en la que el rey aparecía como el jefe de una facción militarista que terminaría por ahogar los diversos esfuerzos que se hicieron para democratizar el régimen. Esa condena maurista, aparecida en un clima favorable de antimonarquismo, apenas se vio afectada por muchos testimonios biográficos que rondaban la hagiografía y no sufriría ninguna crítica seria hasta que Seco Serrano publicó en 1969 su estudio sobre Alfonso XIII y la crisis de la Restauración, en el que denunció los peligros que suponía el maurismo y las razones de Alfonso XIII para no embarcar a la Monarquía en una aventura de resultado muy incierto. Pocos años antes de ese estudio, en 1966, se había publicado en Oxford un libro que, sin circunscribirse al reinado de Alfonso XIII, habría de resultar decisivo en los estudios de la historia contemporánea de España. El volumen que Raymond Carr dedicó a la España contemporánea estaba preñado de sugerencias y, al referirse al establecimiento de la dictadura de Primo de Rivera, sugirió que tal vez no fuese la salida a un régimen político en descomposición sino el intento deliberado de frustrar una posible democratización del sistema. La suerte historiográfica quedó echada desde aquel momento. En la estela de Seco se situaría Tusell, mientras que a Carr le harían eco, aparte de algún discípulo directo en Oxford (Ben-Ami), los primeros estudiosos de la dictadura de Primo de Rivera (González Calbet y Gómez Navarro) y, posiblemente, la mayor parte de quienes ahora protagonizan la renovación de la historia política española, especialmente preocupados por las condiciones que hicieron imposible una efectiva democratización del país. Una excelente representación de esa nueva generación de historiadores se ha reunido en el libro que aquí se comenta, en el que se ven acompañados de otros investigadores más experimentados (Boyd, Cabrera, Juliá) y que, sin duda, son autoridades indiscutidas en el ámbito de la historia cultural y política. La publicación, en 1995, por parte de Seco y Tusell, de un volumen dedicado a la vida política durante el reinado de Alfonso XIII significó un notable avance en el análisis del reinado porque Seco incorporó allí los frutos de sus muchos años de estudio en el archivo de Eduardo. La ocasión del centenario del comienzo del reinado, sin embargo, resultó relativamente decepcionante y la obra que ahora aparece surge de la «insatisfacción» que su editor literario confiesa en relación con los estudios que, hasta ahora, se han ocupado de la «trayectoria» política del monarca. Porque la perspectiva política, con exclusión de la vida privada, es la que guía estas doce aproximaciones a la figura de Alfonso XIII –más un ensayo historiográfico del coordinador– que no pretenden dar una visión uniforme del personaje, sino doce perspectivas complementarias en las que se entrecruzan los cortes cronológicos con los temáticos, sin que estos últimos obstaculicen una notable homogeneidad del volumen. Éste es fruto, en primer lugar, de un excelente trabajo de edición que se traduce en la extremada pulcritud de los textos y en una buscada contención a la hora del uso del aparato crítico, en el que hay ligeros fallos de coordinación a la hora de hacer las citas bibliográficas. También forma parte del excelente trabajo de edición realizado por Moreno Luzón la inclusión de una serie de fotografías, casi todas ellas procedentes del Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares, que unen a su originalidad una notable capacidad de sugerencia en relación con los textos a los que acompañan. De hecho, las diversas perspectivas que se ofrecen en este volumen terminan por ofrecer una imagen muy convincente de un monarca que, partiendo de unos planteamientos regeneracionistas y de un respeto convencional a la Constitución, tiene que desplegar una intensa actividad política que es consecuencia de que, a diferencia de otros sistemas políticos europeos, la monarquía española no era una institución simbólica sino «una fuerza real y efectiva» (Cabrera) llamada a la intervención en la vida pública que, como en octubre de 1909, lo convirtió en intérprete de la opinión pública frente a quienes pretendían enrocarse en la perpetuación del sistema. De ahí nacería una popularidad que no tardaría en esfumarse. Eso obliga a una revisión de la relación del monarca con unos partidos que, si en algunas ocasiones sufrieron los jugueteos del rey para debilitarlos, fueron siempre los primeros en buscar el patrocinio real. Sin él, como señala Moreno Luzón, resultaba impensable la realización del programa liberal, como bien demostrara la política de Canalejas y, hasta cierto punto, la de Romanones. Por su parte, María Jesús González, en un texto en el que la finura literaria compite con la penetración de sus análisis, describe un modelo distinto de comportamiento del monarca hacia el partido conservador. Junto a ellos, los estudios del ambiente clerical (Julio de la Cueva), del mundo cortesano (González Cuevas) o del partido militar que rodeaba al rey (Boyd) establecen el contraste indispensable para entender bien las circunstancias en que Alfonso XIII ejerció su poder. Un auténtico manifiesto generacional de historiadores que aseguran la vitalidad de la historia política española, aplicado a la mejor comprensión de un personaje que, por lo que se ve, aún no ha dejado de ser polémico.

01/10/2004

 
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