ARTÍCULO

El realismo numinoso

Menoscuarto, Palencia
278 pp. 15 €
 

El esplendor editorial que vive el cuento en España está permitiendo la recuperación de algunos clásicos contemporáneos de este género, como Medardo Fraile o Arturo Uslar Pietri, y el hallazgo de sorpresas tan interesantes como esta antología, en cuyo prólogo Juan Pedro Aparicio, quien también se ha encargado de la selección de dieciocho de los diecinueve relatos que forman el libro, hace hincapié en lo numinoso como característica singular o denominador común de la obra. El propio Enrique Álvarez, en el cuento «La música», utiliza expresamente ese término: «Me puse un albornoz para ocultar mi de­saliño y así, en condiciones de absoluta inferioridad, volví a abrir mi casa a lo numinoso». Y es verdad que lo sagrado o lo mágico impregna toda la obra y le aporta un aire fantástico, lo que convierte a Enrique Álvarez en el mejor discípulo español de Arthur Machen, tal vez el primer autor que fue capaz de hallar la lucha entre el bien y el mal en los aspectos más cotidianos, frente a la tradición mítica del romanticismo. Pero, al mismo tiempo, el análisis psicológico de los personajes de El trino del diablo, la minuciosa observación interior de cada uno de ellos, los atrapa radicalmente en el realismo, porque el lector acaba invariablemente por encontrarse a sí mismo en ellos.
En los cuentos de Enrique Álvarez el paisaje siempre es interior, lo que aporta a los escenarios por los que discurre la acción un desasosiego inquietante, en ocasiones surrealista, como en los tres primeros cuentos, claramente kafkianos, donde descubrimos a un individuo propietario de una sala de espera que siempre está llena, o asistimos a la aparición de un mendigo sin nombre que, tras suscitar un interés inherente a la novedad del suceso, vuelve a ser  condenado al olvido administrativo.
Obviamente, el sentido del humor, la inclinación a las situaciones absurdas, es otro denominador común. En eso se adelanta a la actual moda de personajes enloquecidos, herederos del bibliófilo histérico del Auto de fe de Elias Canetti, que dominan gran parte de la joven narrativa española.
Según avanza el libro, el optimismo loco va adquiriendo un poso de amargura. La inflexión llega poco antes de la mitad del volumen, concretamente en «Iván y Carmen», donde la realidad y los sueños de un adolescente huérfano se confunden en un alarde técnico donde nada sobra ni falta y que, de por sí, sitúa a Enrique Álvarez entre los narradores más originales e interesantes del actual panorama literario español. Su potencia narrativa, el músculo que emplea al construir sus personajes, le permite salir airoso hasta de relatos tan imposibles como «El regreso», donde un muchacho recién casado intenta volver furtivamente a su pueblo con el cadáver de su mujer, recién fallecida en un hospital madrileño. La ansiedad que transmite el protagonista es tan poderosa que encubre lo descabellado de la situación. La imaginación de este autor rivaliza con su capacidad para contar, su facilidad para atrapar al lector desde las primeras líneas, trascendiendo y superando el género fantástico. Y no sólo el fantástico, porque «Pequeño mal» o «Dejar a Felicia» –uno de los cuentos preferidos por el antólogo y prologuista–  son dos claros relatos policíacos, el primero de ellos una vuelta de tuerca a «El cartero siempre llama dos veces», pero narrado no desde el erotismo pasional del original de James M. Cain, sino desde la aparente indiferencia del hijo adolescente de la víctima. Cuesta comprender por qué un escritor de esta calidad ha tardado tanto tiempo en salir del anonimato. Tal vez su pecado –y nunca mejor dicho– sea esa obsesión por ir contracorriente, eligiendo indiscriminadamente escenarios rurales apartados de la actual moda cosmopolita. O quizá se deba a esa amargura existencial que domina la última parte de El trino del diablo, experimentada por una funcionaria solterona –en «La gracia»– o un cura abocado a la locura –caso de «Los incendiados»–, preocupación y personajes muy distantes de la realidad moderna que nos transmiten los telediarios. 

 

01/01/2007

 
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