ARTÍCULO

El Quijote de Rico

 

En la época de Cervantes, el recorrido desde el manuscrito original hasta su transformación en libro impreso pasaba por una serie de trámites, donde, a veces, el control del autor sobre su texto se volvía, más o menos, precario. Tenía que vérselas no sólo con la censura inquisitorial, sino también con los procedimientos de la composición tipográfica. Ante todo, un amanuense profesional con grafía regular hacía una copia en limpio, que servía para facilitar la lectura tanto a las autoridades como a los que trabajaban en la imprenta. Este texto, a veces objeto de algunas correcciones in extremis del autor, empezaba sufriendo una regularización de la ortografía y de la puntuación por parte del corrector. Después se deslindaba en porciones, correspondientes a las páginas, no seguidas, que se tenían que disponer con una oportuna numeración en cada pliego. De esta manera podían trabajar a la vez para la composición de un pliego varios cajistas. Terminada una «forma», equivalente a una cara del pliego, se podía imprimir ésta, deshacer la composición y pasar a otra, visto que se disponía de un número limitado de caracteres. Dada esta manera de trabajar, los componedores, además de incurrir en algunos errores involuntarios, podían introducir nuevas modificaciones: cuando la porción de texto destinada a la página resultaba excedente, eliminaban algo; si, al contrario, resultaba corta, añadían alguna palabra o frase, etc. Cuando el autor tenía por fin el producto en sus manos, no siempre debía de sentirse plenamente satisfecho. Probablemente el estado de ánimo de Cervantes fuera parecido cuando a finales de 1604 vio el volumen, con centenares de dislates, de la primera parte de su Quijote, fechado oficialmente en 1605, que el librero Robles había hecho imprimir en el taller de Juan de la Cuesta. El deseo de Cervantes de enmendar erratas y variaciones de la princeps (o, ¿quién sabe?, de mejorar sus propias expresiones) se deduce de la serie de correcciones que sugirió para la segunda edición madrileña, que vio la luz, con el mismo editor y el mismo tipógrafo, en la primavera de 1605. Aprovechando esta ocasión, Cervantes quiso también introducir dos pasajes sobre el robo y la recuperación del asno de Sancho, que presumiblemente en la príncipe había decidido omitir sin acordarse de eliminar de paso varias alusiones del texto a este episodio, las cuales, por lo tanto, resultaban incomprensibles. Pero, aun teniendo el autor la posibilidad de hacer correcciones en una nueva edición, nada garantizaba que no surgiesen nuevos problemas a lo largo de la composición de ésta. Fue precisamente lo que le ocurrió al Quijote, visto que en su tercera edición madrileña (1608) encontramos nuevas enmiendas. Naturalmente, por lo que concierne a la importancia de la segunda y tercera edición de Madrid, es decisivo demostrar que Cervantes intervino en su preparación, aunque sólo en cierta medida y no siempre de manera ordenada y resolutiva. No es mi intención seguir la genealogía, las vicisitudes y contaminaciones de todas las ediciones de esta primera parte del Quijote (ni las de la segunda). Aquí me interesa sólo plantear en grandes líneas el problema de cómo se puede establecer, en esta situación, cuál es el texto más cercano a las intenciones del autor. Puesto que no tenemos el manuscrito autógrafo cervantino, ni copias de amanuense, podríamos pensar que la editio princeps nos ofrece el texto más próximo al del original, y que entonces representa el modelo ideal que buscamos. En efecto la edición de 1604 –fechada en 1605 y sólo desde el siglo XVIII reconocida como distinta de la otra edición madrileña de 1605– en el siglo XX acabó por ser tomada como normativa en todas las ediciones del Quijote, incluso las más beneméritas. Pero, como hemos apuntado, ésta tampoco carece de problemas, ni las sucesivas los resuelven enteramente y sin determinar algún otro problema. Una vez reconocido todo esto, parte de aquí la heroica decisión que está en la base de la nueva edición, crítica, del Quijote, emprendida por Francisco Rico: compulsar sistemáticamente todas las ediciones que se hicieron en vida de Cervantes; en particular por lo que se refiere a la príncipe, siguiendo la línea de R. M. Flores, cotejar entre los varios ejemplares disponibles para averiguar las variaciones en el interior de la misma –porque también de éstas hubo– en el transcurso de la impresión (correcciones en prensa). Además, examinar las ediciones sucesivas, especialmente las del siglo XVII , porque en ellas se pueden encontrar correcciones válidas, hechas en función de conjeturas e informaciones que resultan exactas. Queda como «fuente primordial» la príncipe, tanto de la primera parte, de 1604(5), como de la segunda de 1615. Incluso Rico propone que la numeración de sus folios sea considerada oficial para las citas del Quijote y la indica al lado de los números de página de su nueva edición. Pero esta última se aleja de la príncipe –en general más que las otras, preocupadas sobre todo de adherirse a ella– todas las veces que la enmienda parece motivada por una ponderada «colación con las ediciones antiguas fundamentales y las modernas para los lugares más problemáticos». La nueva edición, que aplica con inteligencia los instrumentos de la más reciente crítica textual, constituye la parte fundamental de la compleja obra encomendada por el Instituto Cervantes a un grupo del Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, que con el apoyo de la Fundación Duques de Soria y bajo la dirección del mismo Francisco Rico la ha llevado felizmente a cabo. Después de las tres ediciones madrileñas de Juan de la Cuesta, Rico revaloriza en particular la de Bruselas de 1607, que, aunque deriva de la madrileña de 1605, presenta una serie de correcciones muy puntuales y razonadas. Por lo que se refiere a la segunda parte, además naturalmente de la príncipe madrileña de 1615, Rico toma en consideración sobre todo la edición de Valencia de 1616 y la póstuma de Madrid de 1636-37 (que contiene las dos partes), sin omitir, tampoco en este caso, la confrontación con las otras del XVII y con las modernas más importantes, como la de Schevill y Bonilla y la de Flores. Consultando el Aparato crítico, podemos sacar unos ejemplos muy sencillos. En un pasaje al comienzo del texto, de modo diverso respecto a lo que hacen otros editores, se elige «verisímil» –en lugar de «verosímil», que se encuentra en las dos primeras ediciones madrileñas– porque concuerda con la tercera y es coherente con todos los otros textos cervantinos, que traen las formas etimológicas con «veri-». En el famoso discurso de la edad dorada (I, 11), donde se habla de las doncellas, en lugar de la lección más común «sola y señora», aunque atestada por todas las ediciones básicas, exceptuando la de Schevill y Bonilla, se propone con esta última la lección «sola y señera», porque es una frase hecha que a menudo y sólo de esta forma se encuentra en Cervantes. Con toda seguridad la realización del programa que preside esta obra dará lugar a muchas discusiones y no todos los especialistas estarán de acuerdo con las soluciones adoptadas en cada caso; de todas maneras creo que no se puede volver al planteamiento tradicional y que sería muy difícil hacer un trabajo más completo. El mismo texto de esta edición del Quijote se encuentra disponible en soporte informático en un CD-ROM que acompaña a esta obra y que contiene un programa para gestionarlo, el DBT (Data Base Textual), realizado por E. Picchi, del Istituto di Linguistica Computazionale de Pisa, que permite obtener la localización y la frecuencia de cada palabra. De la palabra o familia de palabras buscadas se obtiene un contexto mínimo de dos líneas, que incluso se puede ampliar. Además de las búsquedas de tipo léxico este programa permite otras de carácter gráfico, morfológico, sintáctico y estilístico. Todos los datos obtenidos se pueden guardar en un archivo o imprimirlos directamente. Esta novedosa sección informática –que ya revela grandes potencialidades– puede presentar tal vez alguna dificultad, por lo cual los usuarios pueden señalar problemas o correcciones por correo electrónico. Además de la importancia del texto y del aparato crítico que lógicamente hace cuerpo con él, hay que subrayar la de las acotaciones, dispuestas en dos niveles: uno, con una explicación más sumaria y ceñida al texto, a pie de página, cuyo autor, en la mayor parte, es Joaquín Foradellas, y otro (las Notas complementarias) aparte, en el segundo volumen, justamente llamado complementario, con informaciones y análisis más detallados. Estas últimas notas han sido compiladas ante todo por la redacción. Pero junto a ésta ha trabajado, coordinado por J. Montero Reguera, un conspicuo grupo de unos cincuenta distinguidos especialistas españoles y extranjeros. Cada uno ha sido encargado de un fragmento, capítulo o grupo de capítulos; ha revisado las correspondientes notas de la redacción; además, ha hecho un comentario crítico del segmento en cuestión y todos estos comentarios confluyen en la sección Lecturas del «Quijote», que precede a la de las notas complementarias y que constituye una prestigiosa antología de la crítica cervantina. De esta manera, junto a una elevada competencia específica, se pueden encontrar diferencias de enfoque crítico y no hay siempre una visión homogénea, pero este pluralismo no parece inapropiado con respecto al carácter poliédrico y abierto de la obra cervantina. Hay también una sección de explicaciones e indicaciones previas en la parte preliminar de la obra: unos estudios que brindan al lector un caudal de informaciones de fondo sobre aspectos históricos, críticos, metodológicos relevantes para la comprensión del Quijote. Ante todo se encuentra el magistral Estudio preliminar de F. Lázaro Carreter, que ve en el Quijote la manifestación más madura y perspicua de la esencia de la novela moderna, es decir, en términos de Bajtin, la «polifonía» o «heterofonía» diferenciadora del habla de los protagonistas y a menudo imitadora de múltiples estilos orales y escritos de la época. En particular a través del contraste de diferentes tipos de discurso entre don Quijote y Sancho se realiza una modificación recíproca y un crecimiento de sus figuras morales y artísticas. Sigue un enjundioso Prólogo, compuesto por doctos trabajos de J. Canavaggio sobre la biografía cervantina, de A. Close sobre el pensamiento de Cervantes y las interpretaciones del Quijote, de A. Domínguez Ortiz sobre la España del Quijote, de S. Roubaud sobre los libros de caballerías, de E. Riley sobre la teoría literaria presente en el Quijote. Finalmente, E. M. Anderson y G. Pontón ilustran la composición y F. Rico la historia del texto cervantino. El destinatario del conjunto de la obra es un público muy amplio, desde el estudioso hasta el estudiante que quiere adentrarse seriamente en el mundo del Quijote, sin dejar de lado a las personas que simplemente buscan la amena lectura de un «texto limpio» de Cervantes con posibilidades de entenderlo mejor. Como ulterior instrumento explicativo está a disposición en el volumen complementario una serie de Apéndices e ilustraciones, que despliegan un fresco de la cultura de la época de Cervantes (lengua, ambientes de vida, instituciones...) y que responden también visualmente, con rigor arqueológico, a preguntas sobre, por ejemplo, qué trajes podían vestir don Quijote y Sancho, cómo podía ser la casa del hidalgo, cuál pudo ser su recorrido, etc. Para facilitar, creo, la función introductoria que esta obra quiere tener, y que cumple generosamente, las partes explicativas se mantienen en un plano prevalentemente informativo y objetivo, privilegiando los aspectos filológicamente probados, sin hacer generalmente referencia a las nuevas y más controvertidas propuestas interpretativas de fondo, ya sea narratológicas, psicoanalíticas o sociológicas, para las cuales no falta literatura específica (muchas entradas se encuentran en la riquísima Bibliografía final del volumen complementario). Es fácil prever que esta obra creará una base muy sólida para nuevos desarrollos de los estudios cervantinos.

01/12/1998

 
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