ARTÍCULO

El que hubiera soy y el que habría fui

Tusquets, Barcelona
400 pp. 20 €
 

Una doble cita encabeza la última novela de Luis Landero, Yo, Júpiter. La primera de ellas procede de la segunda parte de El Quijote, del episodio en que, tras el descalabro insular, Sancho cae en una profunda y oscura sima. Al poco, pasa por allí el hidalgo y oye los lamentos, se acerca a la boca y grita: «¿Quién está allá abajo? ¿Quién se queja?». La segunda cita, de Ortega, es más explícita: «El argumento del drama consiste en que el hombre se esfuerza y lucha por realizar, en el mundo que al nacer encuentra, el personaje imaginario que constituye su verdadero yo».
Ambas citas, en cualquier caso, son igual de reveladoras y pertinentes, cada una, dentro de la historia a que aluden, porque en Yo, Júpiter hay dos historias aparentemente contrapuestas, que hasta el último tramo discurren de manera alternada, sin ningún lazo anecdótico que las vincule. Sin embargo, ambas guardan entre sí unas correlaciones de fondo que, a medida que avanza la lectura, resultan más significativas. Y no sólo porque ambas historias se sustenten en un conflicto de raíz existencial –dado que, como siempre, también en esta novela Landero aborda cuestiones relativas a la vida y a la existencia o al ser–, sino porque conforman las dos caras de una misma moneda, mirando cada una a polos extremos y opuestos.
La historia de Dámaso Méndez se narra desde el principio, empezando por su infancia, que transcurre en el seno de una familia campesina dominada por la figura del padre, un hombre autoritario y amargado, insatisfecho y resentido por no haber podido jamás realizar sus sueños, lo que le lleva a forjarse una peculiar y muy pesimista filosofía de la vida y a obsesionarse con hacer del niño un hombre de provecho (valga decir, un triunfador), una criatura cuyos hipotéticos éxitos pudieran resarcir al padre de todas sus frustraciones. Para ello, se encarga de impartirle a Dámaso las primeras lecciones sobre la vida, que pasan por amputar radicalmente cualquier veleidad de ensueño y fabulación, cualquier juego o fantasía, y anclarlo así en «el breve vendaval y formidable absurdo que es la vida», donde no hay tiempo que perder si quiere llegarse a algo.
Esta primera amputación, y el incumplimiento de las expectativas en él depositadas, convierten enseguida a Dámaso en un ser con aguda conciencia del fracaso, además de con un fuerte sentimiento de culpa, condición que se agrava cuando el padre encuentra en el joven Bernardo (otro chico del pueblo, hijo de madre soltera, que acaba casándose con la hermana de Dámaso y convirtiéndose ambos en los herederos) la posibilidad de proyectar con éxito sus ilusiones, viéndose así Dámaso reemplazado. Expulsado y relegado como queda, aprende a enmascararse en la doblez y la astucia y va de­sarrollando el pathos rencoroso y vengativo que desemboca en un odio cainita. La suya será en adelante una vida de silencio, solitaria y gris, errante, ensimismada en el cumplimiento de la venganza. Y por ser la suya una historia dramática que apunta a trágica, surgida de ese sentimiento que va anidando en el interior del personaje, Landero emplea para construirla una serie de materiales más sutiles y hondos que los que encontramos en la otra.
Esta segunda historia es la de Tomás Montejo, un joven profesor de literatura repleto de proyectos creativos y elevados planes intelectuales que habrán de granjearle nombre y fama, para lo cual vive prácticamente recluido en el cuarto de la pensión donde reside, entre sus carpetas, de espaldas a la vida. Es un ser quijotesco que cuando entra a vivir, recibe sucesivos golpes, sin por ello desalentarse demasiado, pues tras cada derrota urde nuevos planes y proyectos, alimentados todos ellos de altas dosis librescas, lo cual, por irreal, no es precisamente garantía de éxito ni de salvación en el mundo posible.
Como personaje, Tomás Montejo nos resulta más conocido y familiar que Dámaso Méndez, en parte porque al proyectarse su historia hacia el exterior (es el éxito y la fama lo que busca, sublimados por el noble esfuerzo intelectual), vemos al hombre en su circunstancia, y ésta se corresponde con una actualidad que a grandes rasgos cualquier lector conoce. A diferencia del caso anterior, la naturaleza del conflicto de Tomás y la propia vanidad del personaje exigen que el tratamiento de su historia se mueva en un plano más cómico y paródico que trágico o dramático, lo cual no merma el interés de la misma, ni mucho menos afecta a la calidad literaria de esta parte de la novela, porque Luis Landero no se ventila a brochazos todos esos episodios comunes y corrientes, sino que cuida al máximo los detalles (ya de por sí reveladores y elocuentes por la carga metarreferencial que llevan) y cuenta la historia con un lenguaje en el que la capacidad expresiva y alusiva está potenciada al máximo.
Por otra parte, en el plano de la intriga, hacer converger –con rigor y coherencia– las historias de Dámaso y de Tomás no es tarea menor. Mucho menos si consideramos que al final rea­pa­re­ce el ubicuo y fantasmal Bernardo, cuya verdadera historia ilumina las otras dos, y explica el desenlace de una novela que trata del juego de las identidades, obligándonos a reflexionar sobre los tramposos lazos que se establecen entre realidad y ficción, y a valorar vida y literatura en sus justos términos, sin acudir a sublimaciones espurias y sin sacrificar la una a la otra, o viceversa. Por lo demás, Yo, Júpiter es un hermoso homenaje a la palabra en tanto que «semilla creadora de la realidad»: con su haz y envés, sus luces y sus sombras, sus risas y sus lágrimas. 

01/08/2007

 
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