ARTÍCULO

DANIEL MYRICK Y EDUARDO SÁNCHEZ. EL PROYECTO DE LA BRUJA DE BLAIR

El proyecto de la bruja de Blair está distribuida por Laurenfilms.
 

Lo que parece haber llamado más la atención de la crítica en esta película es el supuesto balance de pérdidas y ganancias de la empresa y la novedad de que su promoción inicial se haya hecho a través de Internet. Pero aunque sea cada día más acusada la impregnación de los factores económicos y del marketing en todos los aspectos de la realidad, una película debería valorarse por sus específicos resultados artísticos, fuesen cuales fuesen los medios empleados para producirla. Y lo primero que se puede decir de ésta es que, con independencia de la escasez y modestia de tales medios, sin duda han sido adecuados para el objetivo que los realizadores se habían propuesto.

En el escenario de un bosque otoñal –con pequeños incisos de un viaje en carretera y de breves escenas urbanas–, una chica y dos chicos, estudiantes de cine, ruedan un documental sobre una bruja que, al parecer, fue responsable de diversos episodios macabros en cierta comarca del norteamericano Maryland. Los jóvenes cineastas utilizan para ello película de cine en pequeño formato, pero graban también en vídeo las peripecias diarias de la aventura y del rodaje. Los tres chicos se internan en el bosque, y acaban desorientándose. Al principio del filme se nos ha advertido de que los tres desaparecieron, y que un año después se encontraron las cintas de vídeo y los fragmentos de película cinematográfica que llegaron a grabar. Es de suponer que Myrick y Sánchez son los responsables de que todo aquel material haya sido revelado y montado, para mostrarnos los extraños y hasta ominosos incidentes de la aventura.

En el prólogo a la Antología de la Literatura Fantástica que compuso con Borges y Silvina Ocampo, Bioy Casares decía que las ficciones eran «viejas como el miedo». Esa veterana sensación es lo que la película de Myrick y Sánchez pretende provocar en el espectador, y la forma de hacerlo no se aparta demasiado de la manera acostumbrada de relatar muchas de estas historias. El hallazgo del manuscrito escondido o perdido en que se nos narra un suceso fantástico o terrible es una convención bastante utilizada en el género, y las grabaciones que los tres chicos han ido haciendo de su peripecia pueden equipararse sin escándalo al famoso manuscrito.

Todas las circunstancias y objetos que rodearon al suceso –el bosque tapizado de hojas secas, los arroyos, las extrañas figuras hechas con leña, los insólitos montoncitos de piedras, la oscuridad impenetrable de la noche y sus misteriosos ruidos–, se nos muestran a través del testimonio directo de sus protagonistas, que lo recogieron todo, imágenes y sonidos, con sus aparatos. Además, el documento fílmico está apoyado en la incansable oralidad de los protagonistas. Ellos filman y hablan, sobre todo la chica, que al parecer es la responsable del proyecto y la más ilusionada con el posible resultado del filme. Su entusiasmo es tal, que no deja de grabar ni siquiera en los momentos de extrema tensión o crispación en que sería razonable dejar de hacerlo. Pero el errático juego de la cámara ayuda a aceptar el recurso. Y hay que reconocer que es el juego de esas imágenes casi casuales, como de cine de aficionados y vídeo doméstico, unido a un diálogo fluido y bastante convincente, lo que sostiene una historia apoyada en una sola situación que va derivando hacia lo terrorífico con pequeños matices, y con bastantes momentos al borde de lo reiterativo.

Acaso el mayor mérito de la película está en haber conseguido crear la atmósfera apropiada, imprescindible en el género de terror. Se podría decir que, en esta materia, importa menos la historia que se cuenta que el modo como está contada, sobre todo en la construcción del escenario y del clima emocional que rodea al protagonista o protagonistas. A modo de ejemplo, quiero recordar un cuento de terror, raro en la literatura española, que es Richenau, de Juan Benet, donde el autor ha prescindido de la anécdota para recrear solamente la atmósfera que debe propiciar la inquietud y hasta el estremecimiento del lector. Acaso no haya campo como éste para sostener un relato solamente con el estilo. Y hay que decir que, en esta película, la atmósfera está plenamente conseguida. Las imágenes poco definidas, el color desvaído del vídeo y el sucio blanco y negro del súper-8, la falta de reposo de la cámara, la poca luz para iluminar las horas crepusculares o la oscuridad cerrada de la noche, todos los agentes técnicos que han determinado la forma de la narración, son los factores fundamentales de tal atmósfera, y podríamos preguntarnos si los resultados habrían sido más afortunados si los realizadores hubieran contado con cámaras profesionales y buena iluminación, e incluso con un plató y actores conocidos.

De este modo, las propias limitaciones han venido a ser el principal apoyo de la película, porque todas ellas, convertidas en estilo, están al servicio del proyecto y establecen una estética que, a la vista de lo conseguido, no puede concebirse de un modo diferente a como es. Y los realizadores han demostrado algo que, por otra parte, ya es muy antiguo en la literatura: que para suscitar la extrañeza y la inquietud, son decisivas la ambigüedad y la sugerencia. En la película, los sofisticados efectos especiales capaces de crear horripilantes criaturas han sido sustituidos por haces de leña seca unidos con harapos y cintas viejas, y una casa abandonada y ruinosa se ha convertido en un decorado cargado de expresividad. No son necesarios grandes monstruos babeantes o súbitos reventones viscerales para crear en el espectador esa vacilación o duda que Todorov considera la sustancia misma de lo fantástico, en su asunción por el receptor.

Otro aspecto a considerar: siguiendo un rastro legendario, los jóvenes se perderán en el bosque. Especialistas en las modernas técnicas audiovisuales, apenas saben leer un mapa, y parece que tampoco la brújula. Su capacidad para la supervivencia se muestra prácticamente nula, y serán destruidos por las fuerzas maléficas. Porque haberlas, haylas. Toda una fábula tradicional, aunque la factura sea posmoderna.

01/12/1999

 
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