ARTÍCULO

El próximo desafío demográfico de Europa: la rentabilidad de la salud (I)

 

En la última generación, Europa occidental se ha rezagado cada vez más respecto a Estados Unidos en nuestra prolongada rivalidad económica transatlántica. Entre 1980 y 2005, el crecimiento total del producto interior bruto (PIB) de Estados Unidos superó al de la Europa de la OCDE una media de un 0,8% por añoEn nuestro estudio, «Europa» hace referencia de manera abreviada a los territorios y sociedades más prósperos de la región que se denominó habitualmente «Europa occidental» durante la época de la Guerra Fría. Reconocemos plenamente las limitaciones empíricas de esta definición, ya que excluye a más de 300 millones de los 700 millones de personas que las Naciones Unidas (entre otros) consideran actualmente como «eu­ropeos». Pero se trata de un concepto que no es nuestro, sino que es compartido por los Gobiernos de los territorios en cuestión y cada vez más también, parece, por los ciudadanos en cuestión. Con el final de la Guerra Fría, muchos que se habían tildado de «europeos occidentales» han pasado a identificarse simplemente como «eu­ropeos», un cambio que está muy en consonancia con los objetivos del importante proyecto político conocido actualmente como la Unión Europea. Utilizamos «UE-15» y «los dieciocho Estados de Europa occidental» (UE-15, más Islandia, Noruega y Suiza) como representantes de Europa occidental en su conjunto. En términos prácticos se trata en ambos casos de aproximaciones muy cercanas. A mediados del año 2005, la población para «Europa occidental», según los cálculos de la Oficina del Censo de Estados Unidos, se cifraba en 397,8 millones de personas. («Europa occidental», tal y como la define la Oficina del Censo de Estados Unidos, incluye dieciocho de los veintidós países de la Europa de la OCDE (todos menos la República Checa, Hungría, Polonia y la República Eslovaca), además de las pequeñísimas poblaciones de nueve islas, territorios o repúblicas adicionales situadas al oeste del Danubio.) El grupo de la UE-15 representa aproximadamente 384,6 millones, lo que equivale al 97% del total para Europa occidental. Los dieciocho Estados de Europa occidental, por su parte, contaban con aproximadamente 397,0 millones de habitantes, una tasa de cobertura del 99,8%. Sólo alrededor de 13 millones de personas en toda Europa occidental vivían fuera de la UE-15, y menos de un millón vivían fuera de los dieciocho grandes Estados de la zona.. Para el período posterior a 1995, el ritmo anual de crecimiento económico de Estados Unidos superó al de Alemania –la mayor economía europea– en más de un punto porcentual anual, tanto en términos globales como per cápitaObtenido de datos de la OCDE, basado en el PIB a niveles de precios y tipos de cambio constantes. Fuente: OCDE, National Accounts Statistics, http://www.sourceoecd.org (consultado el 30 de agosto de 2006).. Son muchos los factores que han contribuido al ensanchamiento de esta brecha y a la gradual desaceleración económica subyacente en Europa, que se sitúa en el centro mismo de la línea divisoria. Difícilmente puede ignorarse, por ejemplo, el papel de las políticas sociales y económicas. Pero las tendencias demográficas han tenido también una gran influencia en los dispares datos económicos estadounidenses y eu­ropeos durante el último cuarto de siglo. Y podría darse el caso de que la divergencia demográfica entre Europa y Estados Unidos llegue a ser incluso más acusada a lo largo del próximo cuarto de siglo.
Si los europeos confían en seguir siendo económicamente competitivos en los próximos años –o, lo que quizás es más importante, si desean disfrutar de mejoras ininterrumpidas en su nivel de vida y su bienestar económico–, deben afrontar adecuadamente estas nuevas realidades económicas, sacando partido de las oportunidades hasta ahora ignoradas allí donde puedan, y compensando los adversos cambios de población allí donde deban.
En contra de lo que han estado proclamando algunas voces alarmistas en los últimos años, mantenemos que las implicaciones económicas de las perspectivas demográficas de Europa en el curso de la próxima generación no son ni mucho menos irremediablemente sombrías, a pesar de los evidentes retos que plantean. Porque actualmente en Europa operan tendencias tanto positivas como negativas, que moldean el futuro de la zona. Lo más importante en el lado positivo de la balanza es que Europa parece estar en una posición extremadamente buena para sacar partido del «envejecimiento saludable» de su población, ya que sus trabajadores muestran un gran potencial para seguir siendo productivos a edades avanzadas, un potencial, quizás, aún mayor que sus homólogos estadounidenses.
Sacar partido de esta circunstancia en las inminentes transformaciones demográficas que va a vivir Europa exigirá, sin embargo, cambios importantes –fundamentales, realmente–, tanto en el modo de pensar de las personas como en los modos en que deciden vivir.

DIVERGENCIAS DEMOGRÁFICAS ENTRE ESTADOS UNIDOS Y EUROPA

Para valorar la dimensión de la divergencia demográfica transatlántica que lleva camino de producirse durante el próximo cuarto de siglo, podemos comparar la situación en el año 2005 con los perfiles proyectados de la población estadounidense y europea occidental para el año 2030 (véanse las figuras 1 y 2 en la edición impresa)A continuación, utilizamos proyecciones de la Oficina del Censo de Estados Unidos en nuestro estudio: los cálculos se encuentran disponibles en la base de datos internacional de la Oficina del Censo, disponible online en http://www.census.gov/ipc/www/idb. Nuestro análisis, sin embargo, no es sensible a la fuente de estas proyecciones, ya que las proyecciones realizadas por otros organismos fidedignos –como Eurostat, la División de Población de las Naciones Unidas, el Statistisches Bundesamt y otros– ofrecen cálculos y escenarios en gran medida similares para los países y las zonas que son aquí objeto de estudio..
En 2005, la población de Europa occidental superaba en casi 100 millones de personas a la de Estados Unidos; en 2030, la diferencia se reducirá a 35 millones. Durante este ínterim se espera que la población de Estados Unidos crezca en más de 65 millones, lo que supone una tasa de crecimiento natural a largo plazo sólida pero uniforme de en torno a un 0,9% por año. Por contraste, se espera que la población de Europa occidental empiece a descender hacia 2030, y que se mantenga virtualmente estancada durante el período que va de 2005 a 2030, con un crecimiento de menos de un 1% en total en este lapso de veinticinco años.
También se atisba en el horizonte una divergencia espectacular, radical incluso, en las estructuras poblacionales transatlánticas. En 2005 los eu­ropeos occidentales superaron en número a los estadonidenses en virtualmente todos los grupos de edades, y lo hicieron de manera sustancial en el caso de aquellas personas que se encuentran en los mejores años de la vida laboral, de los treinta y cinco a los cuarenta y nueve años (91 millones frente a 66 millones, una diferencia del 37%). En 2030, por otro lado, habrá más estadounidenses que europeos occidentales menores de treinta años, y casi tantos en el grupo de treinta y cinco a cuarenta y nueve. Prácticamente la única «ventaja» demográfica que tiene Europa sobre Estados Unidos se situará en el grupo de edad de mayores de ochenta años, ya que la población de octogenarios, nonagenarios y centenarios de Europa supera incesantemente los correspondientes incrementos en Estados Unidos.
La población de Europa occidental es ya más «gris» que la de Estados Unidos; en 2005 la edad media en Estados Unidos era de aproximadamente treinta y seis años, frente a los cuarenta de al otro lado del Atlántico. Esa diferencia de edad tiende a seguir aumentando. De acuerdo con estas proyecciones, la edad media en Europa occidental se aproximará a los cuarenta y siete años en 2030; aumentará dos días, semana tras semana, entre entonces y ahora. En Estados Unidos, por otro lado, las proyecciones sostienen que la edad media sería de treinta y nueve años en 2030, sólo tres años más alta que en la actualidad y, de hecho, según estos cálculos, más joven que la de Europa occidental hoy día.
En 2030 se prevé que un cuarto de la población de Europa occidental tenga sesenta y cinco años o más, con casi 180 ciudadanos jubilados por cada 100 niños menores de quince años. Por su parte, parece que en 2030 Alemania será incluso más anciana que el resto de Europa occidental, con una previsión de que el 28% de la población total tenga sesenta y cinco años o más, y con más del doble de ciudadanos jubilados que niños menores de quince años. En Estados Unidos, los ciudadanos en edad de jubilación supondrían menos de un quinto de la población total en 2030, y los niños seguirían superando en número a los ciudadanos jubilados, si bien por muy poco.
No menos notable es la divergencia transatlántica en las tendencias de la mano de obra en edad laboral. Mientras que la población anciana en Europa aumentará en términos tanto relativos como absolutos, su población de «edades económicamente activas» –por una convención arbitraria, aunque no infundada, definidas como las que van de los quince a los sesenta y cuatro años– va camino de reducirse en el curso de la próxima generación. Según las proyecciones de la Oficina del Censo de Estados Unidos, esa reserva de mano de obra alcanzará su nivel más alto en 2010 y descenderá en aproximadamente 20 millones (o el 8%) entre 2005 y 2030. En Estados Unidos, por contraste, se prevé que la población de quince a sesenta y cuatro años crezca regularmente en las próximas décadas, aumentando en más de veinte millones (aunque el porcentaje de personas en edad laboral de Estados Unidos descenderá también a lo largo de estas décadas). En los albores del siglo XXI había 140 europeos occidentales en edad laboral por cada 100 homólogos estadounidenses. Hoy ese ratio ya ha bajado de 131 a 100, y la proyección es que descienda hasta situarse de 110 a 100 en 2030. En estas proyecciones, la población estadounidense en edad laboral superaría a la de Europa occidental en torno a 2037, una fecha de un futuro aparentemente lejano, pero que en realidad no está más lejos del momento actual de lo que está 1979 de nosotros mientras escribimos este artículo.
Ya hemos oído hablar mucho a ambos lados del Atlántico sobre las desfavorables implicaciones económicas de los cambios que se avecinan en la estructura de edades de Europa occidental. Entre hoy y 2030, el ratio entre personas en edad laboral y ciudadanos jubilados en Europa occidental va camino de caer notablemente, desde alrededor de 4,1 a 1 hasta un mero 2,4 a 1, y de 2,1 a 1 en Alemania. En 2030, el ratio correspondiente para Estados Unidos se prevé que sea de 3,1 a 1. Pero los presagios económicos de los inminentes cambios demográficos en Europa resultan aún más preocupantes de lo que sugieren estas comparaciones globales generalistas. La estructura demográfica de Europa occidental está también cambiando dentro de la propia población en edad laboral, y de modos que difícilmente auguran nada bueno para aumentar la productividad.
Pensemos en el grupo de treinta a cuarenta y cinco años. En todas las ­sociedades éstos son los años profesionales en que la innovación, la gran invención y los audaces avances ima­ginativos tienden a concentrarse de forma desproporcionada. Estas afirmaciones no son una mera conjetura anecdótica. El economista Benjamin F. Jones de la Northwestern University de Chicago analizó datos de todo un siglo relacionados con personas galardonadas con el Premio Nobel de física, química, medicina y economía, así como con inventores que registraron importantes patentes modernas, y descubrió que la abrumadora mayoría de estos premiados tenían de treinta a cuarenta y cinco años en el momento de conseguir sus logros más memorables (véase la figura 3 en la edición impresa)Benjamin F. Jones, «Age and Great Invention» (Working Paper 11359, National Bureau of Economic Research, mayo de 2005), http://www.nber.org/papers/11359 (consultado el 2 de julio de 2007)..
Desgraciadamente para Europa, la remesa de hombres y mujeres del continente en esas edades que han marcado históricamente los puntos más altos de creatividad lleva camino de descender rápidamente en el cur­so de la próxima generación. En Europa occidental, el grupo de treinta a cuarenta y cuatro años va camino de caer un 18% entre 2007 y 2030, de 89 millones a 73 millones, y en Alemania ese mismo grupo puede verse reducido en alrededor de un 25%. Durante gran parte del período de la posguerra, este grupo de edad fundamental representó un porcentaje cada vez mayor de la población adulta en toda Europa, pero su peso ha pasado a experimentar un brusco y constante declive. Mientras que el grupo de treinta a cuarenta y cuatro años constituía el 29% de los alemanes mayores de veinte años en 2005, esa cifra bajará hasta el 22% en 2030. (En Estados Unidos, el porcentaje de personas de treinta a cuarenta y cuatro años dentro de la población adulta va también camino de disminuir, pero de un modo mucho más modesto, mientras que el número total de treintañeros y personas jóvenes de cuarenta y pocos va a seguir creciendo, en un porcentaje estimado del 8%, entre 2005 y 2030.)
Podría argumentarse, por supuesto, que la «ubicación» física de los crea­do­res de conocimiento tiene una importancia cada vez menor en una economía mundial conectada por medio de Internet; las grandes invenciones beneficiarán a todo el mundo, no sólo al país en que resida eventualmente un joven innovador. Pero las innovaciones en los escenarios de negocios habituales también importan; existen siempre desafíos rutinarios e inmediatos que no puede abordar directamente el flujo global de conocimiento, que debe ser tratado localmente, y al que probablemente puedan enfrentarse mejor personas en esas edades que han marcado históricamente el punto más alto de creatividad.
Y existen también otros problemas económicos que están dejándose sentir debido a la nueva demografía de Europa. Un tema de importancia capital pero raramente examinado guarda relación con los más jóvenes de los adultos jóvenes. En una economía que requiere grandes dosis de información y conocimiento, la educación y la formación resultan absolutamente esenciales para mejorar la productividad. En las sociedades modernas son tradicionalmente esos jóvenes de quince a veinticuatro años quienes se imbuyen de la formación más reciente por medio de institutos, escuelas de formación profesional, universidades y pe­río­dos de aprendizaje; para cada nueva cohorte emergente, los niveles de los logros técnicos y educativos tienden a ser más avanzados.
Pero la corriente de nuevos apren­dices para Europa occidental está empezando a secarse. La situación es espe­cialmente aguda en Alemania. Hace una generación (1980), los jóvenes alemanes de quince a veinticuatro años eran 12,6 millones; en una generación a partir de ahora (en 2030), las proyecciones son de sólo 7,4 millones: ¡una caída en picado del 41%! Las proyecciones de población de la Oficina del Censo de Estados Unidos para la mayoría de los países y regiones comienzan a mediados de la década de 1990 y se extienden a 2050. Para cálculos demográficos de años no cubiertos por el banco de datos internacional, en este análisis nos basamos en la División de Población de las Naciones Unidas, Perspectivas de la Población Mundial, The 2006 Revision Population Database, http://esa.un.org/unpp (para la variante media de la población; consultado el 9 de mayo de 2007). Hace una generación, Alemania contaba con 172 personas emergentes de quince a veinticuatro años como «recursos humanos de repuesto» por cada 100 personas de cincuenta y cinco a sesenta y cuatro años; en 2030, ese ratio habrá caído a sólo 65 jóvenes emergentes por cada 100 hombres y mujeres mayores en edad laboral. Del mismo modo, en 2030, el ratio potencial entre recursos humanos más jóvenes y recursos humanos de mayor edad se situaría en torno a 63:100 en Grecia; 64:100 en Austria; 61:100 en España, y un mero 52:100 en Italia. Para Suiza, el correspondiente ratio en 2030 no será mucho mejor: las proyecciones de la Oficina del Censo de Estados Unidos sugieren un total de 71 jóvenes emergentes de quince a veinticuatro años por cada 100 personas de cincuenta y cinco a sesenta y cuatro años; y el ratio es aproximadamente el mismo para Europa occidental en su conjunto.
Así, para Europa en general, la mejora de los niveles globales educativos dentro de la mano de obra por medio del proceso familiar y habitual de jubilaciones de los mayores y contrataciones de los jóvenes está pasando a convertirse regularmente en una dinámica más lenta y más vacilante que en el pasado, o que en Estados Unidos en el futuro, donde el ratio potencial entre personas de quince a veinticuatro años y de cincuenta y cinco a sesenta y cuatro parece que se situará por encima o cerca de 120:100 hasta el año 2030.

LAS LIMITADAS OPCIONES DEMOGRÁFICAS DE EUROPA

Si se examina el horizonte demográfico, la perspectiva para Europa occidental parece decididamente sombría. Pero debe resaltarse que no es desesperada o desastrosa. Estos adjetivos podrían resultar adecuados para describir los grandes apuros por los que pasa la Federación Rusa, donde el rápido descenso de la población se ve empujado por una catástrofe sanitaria ininterrumpida que ha provocado que la esperanza de vida global rusa haya descendido, o se haya situado incluso por debajo, de los niveles imperantes en India. Según las proyecciones de la Oficina del Censo de Estados Unidos, la esperanza de vida global en 2007 era más baja en Rusia que en India; la División de Población de Naciones Unidas establece una igualdad aproximada entre esos dos Estados en la actualidad y prevé niveles más altos para India que para Rusia en las décadas venideras. Y si Europa occidental se muestra inquieta ante el panorama de un futuro descenso demográfico, el cambio real y ya existente en Rusia sitúa estas tendencias proyectadas en una perspectiva aleccionadora: en términos porcentuales, el ritmo actual de despoblación de Rusia es casi tres veces superior que el tempo proyectado de Europa occidental para el año 2030.
Aunque los inminentes problemas demográficos de Europa occidental parezcan mínimos a la luz de las tribulaciones de Rusia, debemos reconocer que las tendencias de población en Europa occidental en el curso de la próxima generación prometen complicar, más que facilitar, la búsqueda para mantener o mejorar el ritmo de crecimiento económico de la región: constreñir, más que expandir, posibilidades para reforzar la prosperidad y promover un bienestar generalizado.
Un examen más detallado de las proyecciones poblacionales puede ayudarnos a valorar mejor lo que se encuentra dentro del ámbito de lo demográficamente posible para Europa, y cómo estos límites y oportunidades afectan a las perspectivas para la competitividad y el bienestar europeos en el curso de la próxima generación.
En 2005 (el año más reciente del que contamos con datos), el número total de muertes en Europa occidental había pasado casi a equipararse al de nuevos nacimientos: según los cálcu­los de Eurostat, el servicio estadístico de la Unión Europea, la región en su conjunto registró ese año un poco más de once nacimientos por cada diez muertesGiampaolo Lanzieri, «Population in Europe 2005: First Results», Statistics in Focus, núm. 16 (noviembre de 2006), http://epp.eurostat.ec.europa.eu/cache/ITY_OFFPUB/KS-NK-06-016/EN/KS-NK-06-016-EN.PDF (consultado el 2 de julio de 2007).. El «punto crítico» en el que las muertes pasan a superar el de nacimientos en Europa se yergue inmediatamente ante nosotros. Según las proyecciones de la Oficina del Censo de Estados Unidos, ese momento trascendental tendrá lugar en 2009; Eurostat, por su parte, anticipa que es posible que el hecho no se produzca antes de varios años más, probablemente en un futuro tan lejano como 2013Aquí nos basamos en las proyecciones de Eurostat para la UE-15, y no «Europa occidental» tal y como la define la Oficina del Censo de Estados Unidos; pero como la población de la UE-15 representa aproximadamente el 97% de la población total de «Europa occidental», el punto crítico debería estar muy cerca para las dos entidades. Las proyecciones de Eurostat para la UE-15 están tomadas de Eurostat, Datos de Población, http://epp.eurostat.ec.europa.eu/portal/page?_pageid=1996,45323734&_dad=portal&_schema=PORTAL&screen=welcomeref&open=/popula/proj/proj_trend&language=en&product=EU_MASTER_population&root=EU_MASTER_population&scrollto=0 (consultado el 9 de mayo de 2007).. Al margen de su fecha exacta, sin embargo, todas las proyecciones coinciden en que Europa occidental está preparada para una transición inminente hacia una «sociedad de mortalidad neta», tras lo cual las muertes superarán a los nacimientos de forma más o menos permanente.
Entre 2008 y 2030, las proyecciones de la Oficina del Censo de Estados Unidos prevén que Europa occidental vea casi trece millones más de muertes que de nacimientos; en el año 2030, en esta visión de futuro, habrá cuatro muertes por cada tres nacimientos en Europa occidental, y en Alemania cinco muertes por cada tres nacimientos. En Estados Unidos, por contraste, se espera que en el año 2030 se anuncien tres nacimientos por cada dos muertes.
Se prevé que las cifras totales de población de Europa occidental se mantengan aproximadamente en equilibrio en el curso de la próxima generación por medio de la inmigración, con una entrada neta de más de 16 millones de personas llegadas de fuera durante este período. En 2030, la presunta cifra neta de entrada de inmigrantes en Europa occidental se situaría en un promedio de aproximadamente 750.000 por año, ligeramente por debajo del nivel estimado de 800.000 por año en 2005. Dado el inminente y creciente desequilibrio de Europa entre nacimientos y muertes, este flujo constante de inmigrantes no impediría el eventual descenso de población en la región, pero sí serviría para posponer el comienzo de un crecimiento negativo casi una década y media. Como ya se ha señalado, las proyecciones indican que las muertes superarán muy pronto a los nacimientos en Europa occidental; las tendencias inmigratorias proyectadas para la región contribuirían a un crecimiento de población constante, aunque mínimo, hasta 2022, ya que en 2023 comenzarían los descensos globales en los números totales. En 2033, a pesar de la previsión de inmigración, esta proyección estima que la población de Europa occidental disminuya a un ritmo de medio millón de personas por año.
Estas proyecciones son, por supuesto, únicamente eso: meras proyecciones. Se basan en tendencias presupuestas en el futuro y pueden ser, por tanto, cuestionadas o rebatidasComo de hecho lo son. Como carecen de cualesquiera referentes biológicos, las proyecciones demográficas para los flujos migratorios son especialmente cuestionables. Para un estudio serio pero riguroso del estado de las proyecciones migratorias en relación con Europa occidental, véase Xavier Thierry, «Avenir des migrations européennes: Regard critique sur les projections des Nations Unies», Agir, núm. 29 (enero de 2007), pp. 54-62.. Si examinamos los detalles que se han analizado, podemos, como sucede siempre con las proyecciones, estar en de­sa­cuer­do con determinados detalles, u ofrecer nuestras propias suposiciones alternativas predilectas. Sin embargo, quizá la impresión más poderosa que debe transmitirse es cuán persistentes parecen ser algunas de las tendencias demográficas que están manifestándose actualmente en Europa. Expuesto de manera sencilla, promete ser extraordinariamente difícil alterar las perspectivas de fertilidad o inmigración de Europa occidental en un nivel apreciable o, al menos, alterarlas de un modo apreciable en el curso de la próxima generación.
Examinemos, en primer lugar, el tema de la fertilidad y los nacimientos. ¿Es posible que las proyecciones en cuestión puedan estar subestimando el alcance del rebrote de natalidad en Europa occidental? Si este es el caso, no es porque la Oficina del Censo de Estados Unidos plantee un descenso continuado en los niveles de fertilidad de Europa occidental; estas proyecciones prevén realmente un aumento limitado de la maternidad, desde los niveles actuales de aproximadamente 1,55 nacimientos por mujer hasta unos teóricos 1,65 nacimientos por mujer en 2030. Si los actuales niveles de fertilidad siguen prevaleciendo en 2030, Europa occidental verá aproximadamente un cuarto de millón de nacimientos menos de los aquí proyectados; una fertilidad estancada desde ahora hasta 2030 implica algo así como 2,5 millones menos de nacimientos para Europa occidental en el curso de la próxima generación de lo que contemplan las proyecciones de la Oficina del Censo.
Algunos observadores aducen la posibilidad de un futuro incremento de la fertilidad europea occidental partiendo de lo que consideran como la «prueba de la existencia» de niveles relativamente altos de fertilidad que ya imperan en una sociedad europea ejemplar: Francia. A comienzos de 2007, el Institut National de la Sta­tistique et des Études Économiques ­(INSEE) de Francia informó de que la fertilidad del país podría haber sido la más alta de toda la Unión Europea en 2005, con una cifra total estimada de fertilidad (CTF) de 1,94Institut National de la Statistique et des Études Économiques, «Le bilan démographique 2006 – un excédent naturel record», 16 de enero de 2007, http://www.insee.fr/fr/ffc/pop_age4.htm (9 de mayo de 2007)., no tan por debajo de la CTF de 2,07 que sería necesaria para un reemplazo de la población a largo plazo en una Francia contemporáneaConvencionalmente, los demógrafos utilizan una CTF de 2,1 como un sistema abreviado teórico para la tasa de nacimiento que se requiere para el reemplazo de la población. En realidad, la CTF que se requiere puede estar bien ligeramente por debajo de este parámetro, bien muy por encima, dependiendo de los modelos de mortalidad para niños y adultos jóvenes y, por tanto, los modelos de supervivencia para la generación posterior que llegue a las edades de paternidad.. El INSEE señalaba además que 2006 parecía haber sido un año récord de nacimientos en Francia, con la posibilidad de que la CTF para el país en su conjunto pudiera acercarse al 2,0 por primera vez en décadas.
Pero ¿es este caso francés «generalizable» para el resto de Europa? Los estudiosos y comentaristas franceses estarían entre los primeros en cuestionar un panorama de estas características; los autores franceses llevan mucho tiempo hablando, al fin y al cabo, de la naturaleza especial, incluso excepcional, de la experiencia demográfica francesaEsta perspectiva, nos apresuramos a añadir, no debería rechazarse como puro chauvinismo francés. Como han subrayado los más destacados demógrafos e historiadores sociales franceses, ha habido algo de extraordinariamente inusual en los ritmos demográficos del país no sólo recientemente, sino en la longue durée. Francia, al fin y al cabo, fue el primer país de Europa –del mundo, realmente– que entró en un prolongado descenso de la fertilidad debido a una limitación deliberada del tamaño de la familia, embarcándose en este proceso casi un siglo antes que el resto de Europa y, en la práctica, antes de que la industrialización hiciera avances significativos dentro de la vida social. Del mismo modo, el crecimiento de población en Francia ha sido excepcionalmente lento entre los países de las zonas ahora desarrolladas. Véase, por ejemplo, Jean Bourgeois-Pichat, «Évolution general de la population française depuis le XVIIe siècle», Population, vol.6, núm. 4 (1951), pp. 635-662; y Fernand Braudel, L’Identité de France (París, Arthaud-Flammarion, 1986), vol. 1, pp. 165-200. Difícilmente provocará sorpresa que los escritores y pensadores franceses se muestren igualmente dispuestos a considerar los modelos demográficos actuales del país como excepcionales. (y lo cierto es que, incluso, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, ha hablado a este respecto de «l’éxception française»«Francia parece escapar por algún milagro del “invierno demográfico europeo” gracias a su tasa de fertilidad de 1,9 niños por mujer. ¿Es la excepción francesa [...] viable a largo plazo?», Nicolas Sarkozy, «Démographie et politique», Agir, núm. 29 (enero de 2007), p. 16.). Además, los niveles generales de fertilidad aparentemente elevados de Francia reclaman un análisis y una disociación en función de la etnicidad y la nacionalidad, pero esto resulta virtualmente imposible dada la negativa ideológica «republicana», que viene de antiguo, a recopilar o difundir este tipo de información estadística. Como un asunto práctico, estas restricciones oficiales hacen que resulte extraordinariamente difícil calcular las poblaciones inmigrante y «nativa» de Francia.
Un cuidadoso intento demográfico de penetrar en la opaca presentación oficial francesa de las estadísticas sobre fertilidad, natalidad e inmigración calculó que casi el 20% de los bebés de Francia nacen actualmente de madres inmigrantes, y que la tasa de fertilidad para los padres extranjeros en Francia se sitúa en torno al 40% por encima de la media nacionalDavid Coleman, «Immigration and Ethnic Change in Low-Fertility Countries: A Third Demographic Transition», Population and Development Review, vol.32, núm. 3 (septiembre de 2006), pp. 401-446.. Sencillos cálculos aritméticos sugieren que esto se traduce en una CTF de alrededor del 1,7 para la población «nativa» de Francia, incluidas aquellas personas cuyos padres emigraron a Francia en los años sesenta y setenta. Vistos desde esta perspectiva, los «excepcionales» niveles actuales de fertilidad podrían no ser, al fin y al cabo, tan excepcionales; es posible que la brecha entre los niveles de fertilidad para la «vieja Francia» y el resto de la Unión Europea (donde las CTF se sitúan actualmente en torno al 1,5) siga siendo significativa, pero mucho menos espectacular de lo que tiende a pensarse en la actualidad.
Algunos podrían también sacar a colación un aspecto más técnico en relación con la distinción que establecen los demógrafos entre tasas de fertilidad de «período» y de «cohorte». Las del primer término –utilizado en estudios tradicionales– ofrecen una suerte de «instantánea» de modelos de maternidad para mujeres de todas las edades en un determinado año del calendario, mientras que las del segundo hacen referencia a niveles completados de fertilidad para un grupo concreto de mujeres al final de sus años de maternidad. Pueden darse ocasionalmente diferencias considerables entre estas tasas de «período» y de «cohorte», y lo cierto es que en la actualidad puede constatarse una discrepancia de este tipo en Europa occidental. Mientras que los datos de fertilidad más recientes en forma de «instantánea» (esto es, período) de, digamos, la UE-15 indican una CTF de 1,54 para 2004, la CTF completada (esto es, cohorte) para mujeres nacidas en 1965 –en otras palabras, las que tienen ahora al menos cuarenta años– es de 1,72, o alrededor del 12% más altaEurostat, Population Statistics: 2006 Edition (Luxemburgo, Eurostat, 2006), tablas D-4, D-6.. Algunos analistas ­creen que esta discrepancia podría significar que las mujeres europeas occidentales están posponiendo tener los niños a una edad más avanzada; es lo que sucedió en Estados Unidos a finales de los años setenta, cuando las CTF del «período» descendieron hasta cerca del 1,7 antes de volver a situarse en 2,0 y cifras más altas a finales de los años ochentaPara cálculos de diversas mediciones de la fertilidad en Estados Unidos para el período 1960-2002, véase Brady E. Hamilton, «Reproduction Rates for 1990–2002 and Intrinsic Rates for 2000–2001: United States», National Vital Statistics Reports, vol. 52, núm. 17 (18 de marzo de 2004), http://www.cdc.gov/nchs/data/nvsr/nvsr52/nvsr52_17.pdf (consultado el 31 de mayo de 2007)..
Pero una distinción entre tasas de fertilidad de «período» y de «cohorte» no significa necesariamente que los niveles de fertilidad acaben por subir; también puede querer decir que están cambiando los modelos de formación familiar para las mujeres más jóvenes. Y existen numerosas pruebas de que han estado produciéndose cambios espectaculares, radicales incluso, en los modelos familiares en Europa occidental a lo largo de la última generación. En las tres décadas entre 1975 y 2004, la «tasa total de primer matrimonio» de la UE-15 (las probabilidades de que una mujer contraiga matrimonio antes de cumplir cincuenta años) descendió en más de treinta puntos porcentuales –del 88% a sólo el 57%-, mientras que la «tasa total de divorcio» (las probabilidades de divorciarse antes de los cincuenta años) experimentó un aumento de más del doble, del 17% al 36%Eurostat, Population Statistics, tablas G-5, G-11. Estamos obligados a señalar que, formalmente, no existía la UE-15 en 1975; el decimoquinto miembro de la Unión Europea no entró a formar parte del colectivo hasta veinte años más tarde, en 1995. Pero confiamos en que los lectores entenderán lo que queremos decir aquí.. Y esta «segunda transición demográfica», como algunos la denominan, prosigue su avance por Europa occidental. En Alemania, por elegir sólo un país, la tasa total de primer matrimonio cayó durante la década 1995-2004 a sólo el 55%, mientras que la tasa total de divorcio ascendió al 46%Consejo de Europa, Recent Demographic Developments in Europe 2005 (Estrasburgo, Consejo de Europa, 2006), tablas T2.1, T2.3.. Permaneciendo todo el resto igual, cabe esperar que menos uniones maritales estables se traduzcan en familias más pequeñas, no en un aumento de la fertilidad.
¿Y qué hay de la política poblacional? Aquí los datos históricos son muy claros: las políticas pronatalistas son caras y de una eficacia a largo plazo extremadamente limitada. Subvenciones e incentivos repentinos por nuevos nacimientos pueden cambiar las decisiones temporales de los padres, pero, en las sociedades industriales y posindustriales, es muy improbable que modifiquen lo más mínimo el tamaño de familia deseado. Un minucioso estudio reciente de dos economistas franceses proclamaba lo que ellos veían como las potencialidades de la política familiar protonatalista, pero lo que ellos tienen por un éxito sería considerado por la mayoría del resto de nosotros como un fracaso. En sus cálculos conjeturales, decenas de miles de millones de euros por año en subvenciones adicionales para niños adicionales en Francia podrían elevar las tasas totales de fertilidad en 0,1 nacimientos por mujer y por vidaGuy Laroque y Bernard Salinie, «Does Fertility Respond to Financial Incentives?»(Discussion Paper 5007, Londres, Center for Economic Policy Research, abril de 2005).. Si están en lo cierto, una medida así, con unos gastos enormes, apenas mitigaría la «escasez de nacimientos» de Europa occidental en la próxima generación.
¿Y qué hay de la inmigración? Aquí, una vez más, parece como si Europa occidental se encontrara atascada con una serie de opciones muy limitadas. Por un lado, permaneciendo todo el resto igual, parece probable que una importante reducción de la entrada neta de inmigrantes en el territorio europeo sería una grave insensatez económica, ya que la inmigración pospone la llegada del descenso de la población y ralentiza el ritmo de envejecimiento de la población de la región. El caso extremo puede indicarse por medio de proyecciones de población «contrafácticas» que partan de una inmigración cero entre ahora y 2030. Sin cambiar ningún otro parámetro, el escenario de inmigración cero reduciría la población total en 2030 para la UE-15 en alrededor de 27 millones de personas; la población en edad laboral tendría casi 20 millones de personas menos que si se proyecta de otro modo. El ratio entre las personas de más de sesenta y cinco años y las de veinte a sesenta y cuatro ascendería al 44% (frente al 41% con las proyecciones existentes), y la proporción de ciudadanos de sesenta y cinco años y mayores de esa edad sería asimismo más alta que si se proyecta de otro modo (26,5% versus 25,1)Este estudio utiliza la proyección de un escenario de «no migración» de Eurostat (que plantea una migración neta cero dentro de la UE-15 a partir de 2004) en comparación con su proyección de población «crítica». Aunque existen algunas diferencias entre las series de proyecciones de Eurostat y de la Oficina del Censo de Estados Unidos, el impacto proyectado de la inmigración neta cero para Europa occidental y la UE-15 sería casi idéntico en ambas series.. Reducciones menos drásticas en las cifras de inmigración tendrían consecuencias más limitadas pero reforzarían, sin embargo, estas mismas tendencias hacia el envejecimiento y la contracción de­mo­gráficas.
Por otro lado, permaneciendo todo el resto igual, el aumento de los flujos de inmigración a Europa existentes promete ser problemático por una serie de razones completamente diferentes. Dicho sencillamente, Europa no ha diseñado todavía una fórmula viable para integrar a los inmigrantes llegados del extranjero en ciudadanos productivos y leales de la Unión Europea o de los países en cuestión. Esto no supone, por supuesto, negar los numerosos «éxitos ejemplares» en recientes oleadas de inmigración en Europa occidental, ya sea a nivel individual o colectivo. De hecho, de lo que no se oye hablar en buena medida en los medios de comunicación europeos occidentales es de los modos en que la mayoría de los inmigrantes están trabajando duramente –y esforzándose enormemente para integrarse– en los países que los reciben. Sin embargo, con el radicalismo islamista y otros problemas actualmente menos extremos que ya se han puesto de manifiesto entre los inmigrantes de Europa occidental (o sus hijos), la continuación de los modelos históricos de migración en Europa occidental en la posguerra (mucho menos una aceleración de esos flujos) plantearía grandes cuestiones de cohesión social y, quizás, incluso de seguridad doméstica, cuestiones a las que, al menos por el momento, las sociedades europeas occidentales no son claramente capaces de responder.
Además, es probable que no to­das las cosas se mantengan inalteradas con las interacciones que se producen entre los flujos cambiantes de inmigración y los resultados económicos europeos. Puede que algunos de los asuntos en juego sean por el momento imponderables, pero en los próximos años serán trascendentales y de una importancia cada vez mayor.
El calibre educativo y emprendedor de los inmigrantes que entren en Europa en las próximas décadas, por ejemplo, dista de ser un parámetro demográfico fijo e inmutable. (Un espíritu de innovación y dinamismo atrae a jóvenes emigrantes con buena formación, del mismo modo que el estancamiento y la esclerosis económicas tienden a ahuyentarlos; es posible que esté produciéndose en estos días un peregrinaje de asiáticos bien formados y con talento de Bangalore y Beijing a Silicon Valley, pero son relativamente pocos los que señalan Europa continental como primera opción.) La suposición de que los jóvenes inmigrantes alimentarán los motores económicos de Europa gira, además, sobre la premisa de que estos recién llegados se integrarán con éxito en la sociedad y la población activa de los países de acogida; pero cabe imaginar circunstancias en las que el vínculo entre inmigración y productividad pueda verse sometido a demasiada tensión, o incluso cortado, por oleadas concretas de nuevas personas que lleguen a Europa.
Y la inmigración extranjera podría tener su propio impacto en la disposición de los europeos nativos a plan­tearse emigrar ellos mismos. Por lo general, los sistemas estadísticos eu­ropeos occidentales no se hallan bien equipados en la actualidad para tabular la emigración de los nativos, pero la época de la emigración europea no ha quedado enteramente desterrada.
Según los primeros cálculos, por ejemplo, Holanda experimentó una migración exterior neta de su población en 2005, esto es, el año después del terrible y muy seguido asesinato islamista del cineasta Theo van GoghGiampaolo Lanzieri y Veronica Corsini, «First Demographic Estimates for Europe 2005», Statistics in Focus 1 (enero de 2006), http://epp.eurostat.ec.europa.eu/cache/ITY_OFFPUB/KS-NK-06-001/EN/KS-NK-06-001-EN.PDF (consultado el 2 de julio de 2007).. E incluso dos años antes –en 2003, cuando Holanda estaba aún registrando una entrada neta de inmigrantes– las estadísticas oficiales sugirieron que hasta 80.000 ciudadanos holandeses estaban abandonando anualmente su país. La abrumadora mayoría de los que dejaban Holanda, por cierto, eran personas en edad laboral (de veinte a sesenta y cuatro años), y la cohorte más alta de inmigración resultó ser la de los adultos en el esplendor de su juventud, entre las edades de veinticinco y treinta y nueve añosEurostat, Population Statistics, tablas F-3, F-5, F-7..
Hay fuertes motivos para pensar, además, que los emigrantes de la Europa contemporánea no sólo se au­toe­li­gen desproporcionadamente de entre las principales cohortes en edad laboral, sino que también tienden a estar mejor educados y contar con una formación superior que las de los colegas que dejan detrás. Esto viene sugerido por los datos comparativos de los perfiles educativos de las poblaciones en edad laboral de Europa occidental, por un lado, y de los emigrantes de esos mismos países que viven actualmente en Estados Unidos, por otro (véase la tabla 1 en página anterior).
En el año 2000, para virtualmente cualquier país de Europa occidental, la proporción de la población adulta con formación técnica o universitaria era más alta –y lo habitual es que sea sustancialmente más alta– en los expatriados que residen actualmente en Estados Unidos de lo que lo era en su país de origen. En la mayoría de los casos, la proporción de europeos establecidos en Estados Unidos con educación superior era, según los datos, al menos casi el doble de alta que en su país nativo y, en algunos casos, los diferenciales eran aún más espectacularesSomos conscientes de que las comparaciones internacionales de niveles educativos plantean la cuestión de la comparabilidad de la educación: si, por ejemplo, un diploma obtenido en un instituto de Estados Unidos es absolutamente equivalente a uno de Francia o Grecia. Estas cuestiones, sin embargo, se ven sorteadas en gran medida en esta comparación, ya que presumiblemente la mayoría de los emigrantes que residen en Estados Unidos fueron educados en los sistemas de sus propios países nativos.. Mientras que en Francia, por ejemplo, sólo el 23% de la población de edades comprendidas entre veinticinco y sesenta y cuatro años ha concluido la educación superiorAl objeto de estandarizar comparaciones internacionales, utilizamos aquí la definición de «educación superior» o «terciaria» ofrecida actualmente en la International Standard Classification of Education (ISCED-97) y adoptada por la OCDE en sus compilaciones de estadísticas educativas internacionales. Para el sistema educativo estadounidense, «educación superior» incluiría no sólo los estudios de licenciatura y el título correspondiente de una universidad, sino también la formación para obtener una diplomatura [associate’s degree]. Véase Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), International Standard Classification of Education: ISCED 1997, pp. 34-38, http://www.uis.unesco.org/TEMPLATE/pdf/isced/ISCED_A.pdf (consultado el 3 de julio de 2007)., la proporción correspondiente de adultos nacidos en Francia que vivía en Estados Unidos era de casi el 52%, casi treinta puntos porcentuales más alta. La proporción de adultos austríacos con educación superior era casi tres veces más alta para los que vivían en Estados Unidos (38%) que para los que no ha­bían abandonado su país (14%). No menos llamativo, a su manera, es el contraste entre niveles educativos para locales y emigrantes de la próspera Suiza, una de las sociedades más acomodadas y productivas de Europa: mientras que el 26% de los suizos adultos había completado la educación superior, en Estados Unidos ese porcentaje era del 54%, más del doble. Aparte de lo espectaculares que parecen ser estas diferencias, hay motivos para sospechar que las cifras de la tabla 1 (véase la edición impresa) podrían minimizar realmente las diferencias educativas que caracterizan a los europeos occidentales que se ven inducidos a emigrar fuera de Europa en la actualidad y a quienes permanecen en su país.
Ya en los años noventa la tranquila emigración de europeos occidentales nativos equivalía a más de un simple goteo. Según el censo de 2000, en el cambio de siglo, más de 600.000 residentes en Estados Unidos eran emigrantes de los dieciocho países de Europa occidental que, según los datos, habían entrado en Estados Unidos sólo durante la década 1990-1999. (La mayoría absolutamente abrumadora de estos emigrantes, por cierto, fueron clasificados como «blancos» dentro de la taxonomía estadística de Estados Unidos, lo que sugiere que la proporción de inmigrantes que se contaron dentro de este flujo que eran originariamente de Asia, África y otros lugares, pero «reinmigrados» desde Europa a Estados Unidos, era realmente muy pequeñaCálculos de la Oficina del Censo de Estados Unidos, «United States Foreign-Born Population», http://www.census.gov/population/www/socdemo/foreign/datatbls.html (consultado el 21 de febrero de 2007)..)
Cuando se piensa que Estados Unidos no es en absoluto el único destino potencial para los europeos que emigran, esto podría demostrar que un total de cerca de un millón de «nativos» de Europa occidental abandonaron el continente de su nacimiento durante la década comparativamente tranquila de los años noventa. No resulta en absoluto descabellado pen­sar que la propensión de los europeos occidentales a emigrar se vea afectada por sus percepciones de la estabilidad social doméstica o por valoraciones de las perspectivas económicas locales, y las cantidades podrían verse afectadas a su vez, tanto posi­tiva como negativamente, por los flujos de inmigración y los datos socioeconómicos aparejados relativos a la asimilación. Esto ya ha dejado de ser un tema puramente conjetural; las investigaciones recientes han contribuido a cuantificar algunos de los perfiles para esta relación en la Europa actual.
Los datos de los estudios para Holanda del año 2005, por ejemplo, indican que los encuestados que estaban planteándose seriamente trasladarse al extranjero tendían a preocuparse desproporcionadamente por temas como un «sistema de ley y orden», el «nivel de criminalidad», la «mentalidad de la gente», la «diversidad étnica», la «contaminación acústica» y otras inquietudes que en la actualidad suelen asociarse en Europa occidental con problemas de asimilación en las comunidades de inmigrantes. Resulta significativo que estos datos sugieran que en la Europa contemporánea puede estar produciéndose un cambio en la manera de pensar en la emigración, esto es, que el impulso para emigrar a otro país puede verse menos influido en la actualidad que en el pasado por factores tan tradicionales como el cálculo económico, y más por consideraciones que tienen que ver con la calidad de vida, como las percepciones de la ley y el orden o la seguridad personal. Resulta inquietante que estos recientes datos holandeses indiquen que muchos de los ciudadanos (por regla general, jóvenes y bien educados) que están planteándose seriamente trasladarse al extranjero estén realmente deseosos de hacerlo a pesar de que esto se traduzca en un descenso de sus ingresos, siempre y cuando signifique también que no tengan que vivir con los problemas sociales que estaban preocupándoles en sus paísesHendrik P. van Dalen y Kene Henkens, «Longing for the Good Life: Understanding Emigration from a High-Income Country», Population and Development Review, vol. 33, núm. 1 (marzo de 2007), pp. 37-65..
En abril de 2005, casi un tercio de los holandeses encuestados en un estudio señalaron que se habían planteado trasladarse al extranjeroMichèle Tribalat, «Vers un sélectivité et un contrôle accrus des politiques migratoires en Europe», Agir, núm. 29 (enero de 2007), p. 39.. Este extraordinario resultado puede interpretarse de modos muy diferentes: como un epifenómeno pasajero en un país europeo ya excepcionalmente abierto a la noción de movimiento internacional, o como anticipo de una variante concreta de un futuro europeo más general. En cualquier caso, en lo que respecta a las perspectivas migratorias para Europa occidental, baste por ahora con apuntar que una suposición de emigración cero de los nativos de la región en el curso de la siguiente generación resulta absolutamente injustificado, como lo es la suposición de que la emigración nativa y la inmigración extranjera deban considerarse como tendencias sin ninguna relación entre sí.
La existencia de interrelaciones tan potencialmente complejas no hace más que subrayar la dificultad que podrían tener las sociedades europeas a la hora de intentar realizar un «ajuste fino» de los flujos migratorios al servicio del desarrollo económico en el curso de la próxima generación, bien incrementando o disminuyendo estas entradas de inmigrantes. Aunque las leyes de inmigración, al contrario que el tamaño de la familia, son una prerrogativa de la soberanía estatal, en la práctica Europa occidental podría tener poca más flexibilidad para alterar intencionadamente sus flujos migratorios que sus tasas de natalidad.
Afortunadamente para Europa occidental existe un importante ámbito demográfico, esencial para la productividad y la competitividad económicas, en el que la región posee una «ventaja comparativa» clara y convincente: el terreno de la mortalidad y la salud. Hoy, sin embargo, Europa saca partido del potencial económico de esta ventaja mucho menos de lo que podría. Sacar provecho de todo el potencial que brinda la «ventaja de la salud» de Europa occidental –y mantener esta ventaja demográfica en el curso de la próxima generación– será la contribución fundamental que puede hacer la demografía para reforzar la prosperidad y el desarrollo de los europeos en el futuro más inme­diatoEste texto, el primero de una serie de tres artículos, procede de una versión revisada y aumentada específicamente por los autores para Revista de Libros de Nicholas Eberstadt y Hans Groth, Europe’s Coming Demographic Challenge: Unlocking the Value of Health. © AEI, Washington, D.C., 2007. Todos los derechos reservados.

Traducción de Luis Gago

 

01/05/2008

 
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