ARTÍCULO

Cartas a una sombra

Tusquets, Barcelona, 254 págs.
Trad. de Isabel-Clara Lorda Vidal
 

Orfeo descendió a los infiernos en busca de su amada Eurídice, la rescató de entre los muertos y, al regresar, quiso contemplarla, y por culpa de esa mirada volvió a perderla de nuevo. Pigmalión esculpió una estatua de muchacha tan perfecta que se enamoró de ella y, gracias a ese amor, la estatua cobró vida ante sus ojos. Prometeo robó el fuego de los dioses, se lo entregó a la humanidad, puso en sus manos el secreto de la existencia, y por culpa de su osadía fue condenado a sufrir un castigo eterno. Determinados descubrimientos científicos actuales, como la clonación, parecen una confirmación de estos mitos. Si la poesía es una ciencia, la ciencia no tiene por qué estar exenta de poesía. Partiendo de la convicción casi teológica de que «el mundo es de naturaleza lingüística, una cuestión ortográfica», es decir, que uno de los pilares básicos de la vida humana es la palabra, que la palabra es sagrada y puede obrar milagros, el veterano escritor holandés Harry Mulisch (Haarlem, 1927) desarrolla en esta novela una trama detectivesca con ramificaciones metafísicas que remite, cómo no, a los laberintos borgianos y a sus espejos de bruma.

En esta ficción desigual, con algo de animal quimérico, sirena o centauro, Mulisch combina la investigación bioquímica de la escritura del ADN tal como aparece descifrada en la pantalla de los ordenadores, con la tinta fantasmagórica de la Cábala que dio como fruto el Golem en los callejones de Praga; esto es, estudia la posibilidad –no tan remota– de crear a un ser vivo artificial y sus consecuencias morales. No en vano el nombre del protagonista de esta novela es, como el del doctor Frankenstein, Victor. Ambos personajes son científicos visionarios y megalómanos, creadores de monstruos, que aspiran a suplantar a Dios, por lo que serán castigados. En efecto, son varios los elementos de El procedimiento que apuntan, sin alcanzarlos, a determinados modelos románticos del siglo XIX, empezando por la estructura misma del libro, errabunda, sin un centro claro, que insiste en el recurso epistolar como fórmula para suministrar información al lector e incluye las largas cartas que el protagonista dirige a su hija desde distintas ciudades del mundo –San Francisco, Venecia, Jerusalén, El Cairo–, poniéndola al corriente de su pasado.

Alrededor de la identidad de esta niña ausente, Aurora, se organiza gran parte de la intriga del libro, de modo que la resolución de este enigma hace avanzar el relato. El autor apoya con patetismo y delicadeza todo el peso de la novela sobre esa frágil ausencia, llena de culpa y ternura, cuya sombra proyecta sobre las páginas el remordimiento de una paternidad fracasada, el suplicio de una mente desgarrada entre matemática y emoción, entre el determinismo y la gracia. Es, contada de otra manera, la historia tan frecuente del hombre que es un genio en su trabajo, en este caso científico, y un desastre en sus relaciones personales. Victor Werker es un triunfador de prestigio internacional que logra crear vida de la nada, como por arte de magia, dar a luz un organismo unicelular denominado eobionte, mientras que su matrimonio con Clara se halla en estado de descomposición y va camino de terminar en desastre. Igual que Pigmalión, Victor Werker dota de vida a una estatua; igual que Orfeo, pierde a su amada; igual que Prometeo, es castigado por ello. Esta triple paradoja, en apariencia irresoluble, está expuesta de un modo tan brillante, presentada al lector en un envoltorio tan sofisticado, que en varios momentos la novela corre el riesgo de quedarse en un mero ejercicio de estilo con poca sangre debajo, de no mediar ese otro relato doméstico de sombría resonancia cuyo eje (invisible) es Aurora.

No cabe duda de que Harry Mulisch, candidato al Premio Nobel y de quien la editorial Tusquets ha publicado El atentado, Dos mujeres y El descubrimiento del cielo, posee dotes de narrador a la vieja usanza, aquel capaz de prender la chispa del interés en el lector hacia lo que cuenta, y hacer que ésta crezca y el interés no decaiga. Es un narrador muy ágil, muy visual, dotado de una gran perspicacia para el manejo de los distintos planos temporales, cuya manipulación ejecuta con evidente placer y aliento cinematográfico. Prosa fluida: se lee, se desliza, se navega por el libro sin sobresaltos puesto que el novelista, que piensa siempre en el lector, ha realizado un trabajo previo de eliminación de obstáculos. La historia consiste en una superficie limpia, tersa y abrillantada en la que Mulisch va distribuyendo episodios de muy distinta naturaleza cuya necesidad narrativa –y aquí está su punto débil– tarda en hacerse evidente. Al libro le cuesta centrar el tema. Despega con dificultad. Lo lastra cierta morosidad perjudicial para sus fines. Su principio es titubeante y su final tiende al efectismo. Tarda en mostrar su verdadero rostro, que tiene menos que ver con alegres fantasías científicas e ingeniosidades de ciencia-ficción, como hace temer su planteamiento, que con el dolor de la pérdida y la irrupción de la desgracia en medio de la existencia cotidiana. El libro gana en hondura a medida que se profundiza en él, pues el autor carga de intensidad lo que al principio disfraza de fogoso malabarismo conceptual y coqueteo con el género fantástico, pletórico de espectacularidad, de acuerdo, pero por eso mismo un tanto estereotipado.

El procedimiento es una historia entretenida que oscila entre la química y la mística y en la que se nos recuerda que todo en la naturaleza, incluido el ADN, es un texto. Un jeroglífico. Un palimpsesto. Un código genético. Puede, por tanto, ser descifrado. Una vez conocidas sus claves, es posible reproducir la vida en un laboratorio sin otras herramientas que la literatura científica y una ambición desmedida, enmendar la plana al demiurgo, puesto que «lo mejor es extraer siempre la conclusión más extrema. Eso vale para todo, tanto para el arte como para la política y la ciencia. Desde Picasso hasta Lenin y Einstein, todos se han pasado de la raya. Los radicales son los dueños del mundo».

Al margen de su evidente talento literario y su habilidad fabuladora, cabe reprochar a Mulisch su tendencia un tanto irritante a dejar boquiabierto al lector con referencias culturales abrumadoras de probada eficacia y letra mayúscula: Paracelso, la Alquimia, el Talmud, el Golem, Mary Shelley, la Esfinge, Orfeo y Eurídice, Pigmalión, Isis y Osiris, la Clonación e incluso, para que nada falte, el Proyecto Genoma, desfilan con sospechosa delectación por estas páginas con intenciones, presume uno, de causar un estupor de efecto especial más que de comunicar algo hondo. No sabemos cómo fueron las miradas de Orfeo, Pigmalión y Prometeo, pero, en todo caso, debieron de ser miradas tristes. Puede que los radicales sean los dueños del mundo, de acuerdo, pero no siempre tienen por qué ser los dueños del arte. La belleza misteriosa de este libro, en todo caso, no emana de ahí, sino de la conmovedora historia de esa pérdida personal, transcrita en letra minúscula, con un pudor aristocrático, así como en las cartas de amor que un padre ciego de desesperación escribe a una sombra.

01/08/2001

 
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