ARTÍCULO

El cristiano que ha querido hablar

Galaxia Gutemberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 144 págs.
 

Hace ahora más de cincuenta años, Zubiri, en cierto modo el maestro de Laín, ya lo apuntó: «La metafísica griega, el derecho romano y la religión de Israel son los tres productos más gigantescos del espíritu humano». El cristianismo, heredero de la religión del pueblo elegido, es seguido por una quinta parte de los actuales pobladores del planeta, según señalan las estadísticas.

Al mismo tiempo, sin embargo, la religión cristiana –en la actualidad– ha quedado relegada a la estancia más íntima de los individuos. Verdaderamente, hoy día hablar en público de sentimientos o creencias religiosas es algo que queda fuera de los usos y hábitos sociales. Por eso, este ensayo ya tiene de suyo un valor: un cristiano se ha atrevido a decir lo que como tal siente. Laín ha querido dar un paso más, ha pasado del sapere aude al dicere aude.

Tres largos siglos, período que arranca con Galileo, ha tardado la Iglesia católica en llegar a conciliar ciencia y fe, o sea, a poner a cada una en el sitio que le corresponde. Galileo propuso al catolicismo un deber sobre todo racional: la osadía de no sujetarse a una lectura literal de la Biblia, cuando ésta afirma hechos incompatibles con la verdad científica y que pueden ser racionalmente demostrables, como es el caso de la comprobación irrefutable de la teoría heliocéntrica de Copérnico. España no fue ajena a esta pugna: la de la fe frente a la razón. De hecho, uno de los detonantes de nuestras conocidas primera y segunda polémicas de laciencia (siglos XVIII y XIX , respectivamente) fue exactamente esa tensión entre ciencia y religión. Ahí están para avalar lo dicho los escritos de Menéndez Pelayo, Salmerón y Azcárate, por señalar sólo los más destacados.

Para Laín, desde los tiempos de san Pablo, el cristiano ha sabido distinguir entre la creación (ktisis) y la naturaleza (physis), y los ha visto como dos conceptos compatibles entre sí: entendió la creación como la naturaleza creada. La técnica, por tanto, que empezó siendo «imitación de la naturaleza» y pasó luego a ser «gobierno científico de las fuerzas naturales» (así ha ocurrido desde Descartes hasta finales del siglo XIX ), se ha convertido durante el nuestro en «creación de naturaleza», estadio que no carece de algunas contradicciones. El progreso que ha ido experimentando la astronomía –desde Copérnico hasta hoy– ha relegado al hombre a ser un ser minúsculo, inmerso en una de las miles de galaxias que nuestros telescopios no dejan de descubrir, por lo que el antropocentrismo de otras épocas ha ido –al menos, en cierto sentido– perdiendo posiciones. Pero, por otro lado, el hombre actual, paradójicamente, se ha convertido, echando mano de su mente y su ciencia, en centro y señor virtual del cosmos, en cuanto que sabe dar razón de su existencia y sabe mirar con curiosidad intelectual lo que hay en torno a él, dentro y fuera de su mundo. ¿Por qué, pues, puede un cristiano –como lo hacía Francisco de Asís– llamar hermanos al Sol y al agua? ¿Sólo porque ellos y nosotros, los hombres, somos concriaturas? Para Laín la respuesta es negativa. Hay algo más: la cosmología de nuestro siglo nos obliga a entender la aparición de la especie humana sobre la faz de la tierra dentro de la evolución cósmica (pág. 62). No es posible entender la antropogénesis si no es como un episodio en la evolución de la biosfera, aunque el salto de australopiteco a Homo habilis estará –para los creyentes– específicamente modulado. Para los cristianos, seguidores tradicionales del dualismo antropológico, la formación del cuerpo humano tiene su explicación en la antropogénesis evolutiva, explicación que no basta para entender la génesis del otro principio constitutivo de la realidad del hombre: el alma. Ésta tendría que ser infundida por Dios misteriosamente en el genoma de todos y cada uno de los mutantes de Homo sapiens. (De forma más pormenorizada se recogen estas reflexiones en los libros recientes de Laín: Cuerpo y alma, Alma, cuerpo, persona e Ideadel hombre.)

Pues bien, si debe verse en el hombre –a imagen y semejanza de Dios– un continuador de la creación (san Pablo sentía los gemidos de parto de la creación entera que espera con ardiente deseo ser liberada de la servidumbre de la corrupción y manifestar la libertad de las criaturas de Dios, Rom. 8,18-23): ¿Cómo permiten los cristianos las tres graves consecuencias sociales que ha traído a este siglo esa relación del hombre con la creación? A saber, el deterioro del medio, la inmensa distancia entre países ricos y países pobres, y el paro forzoso con sus inmensas bolsas de pobreza (págs. 59 y ss.). Sin echar en olvido las guerras locales que pululan sobre el planeta desde hace varias décadas, el narcotráfico y la vergonzante explotación sexual y laboral de la infancia (pág. 115). En el poema de Hölderlin al Rin, el río se hace «poemáticamente obra de arte»; en la prensa que aprovecha su energía, se convierte «técnicamente en obra de fuerza». Lo que un antiguo griego veía como nacimiento (physis) se ha trocado en producción (creación técnica). Acaso ésta así considerada sea peligrosa; no porque pueda matar (Caín lo hizo con una simple quijada), sino porque esta desmedida hegemonía de la técnica está privando al ser humano de la «doble y complementaria vía de la ciencia y el arte para penetrar en el insondable enigma que es el ser de las cosas».

Esta y otras cuestiones se recogen en El problema de ser cristiano, que no es otra cosa que el texto ordenado en forma imprimible de un ciclo de conferencias dictadas en el Colegio Libre de Eméritos, donde Laín hace una profunda y sincera reflexión personal sobre el significado de ser cristiano en una sociedad caracterizada por el laicismo cultural, el respeto a la soberanía individual y, por tanto, la pluralidad. Termina Laín su ensayo dando reglas –que no soluciones– para el entendimiento con nuestro prójimo. Por ser persona, ente libre y capaz de proponer fines propios, todo hombre merece el conjunto de atenciones a que Kant dio el nombre de Achtung; respeto, en el más grave y profundo sentido de esta palabra. En todo caso, como nos recuerda nuestro Segismundo calderoniano, atengámonos a obrar bien «pues no se pierde el hacer bien ni aun en sueños».

01/09/1999

 
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