ARTÍCULO

Que nada se sabe

José J. de Olañeta, Palma de Mallorca
258 pp. 18 €
 

De Valdecebro (1620-1680) fue un dominico aragonés, catedrá­tico de teología moral en Alcalá y calificador de la Inquisición en la corte, de la que fue desterrado por satirizar al herborista y médico del rey, Tomás Murillo Velarde. Dotado de un estilo literario elegante y rotundo cuando estaba en vena, poseía una ignorancia oceánica sobre la naturaleza, condición quizá indispensable para hablar de todo.
Su libro El porqué (1668) es uno de los últimos brotes de un género helenístico que hizo furor en el Renacimiento. En realidad le importaba una higa el porqué de las cosas naturales y tan solo recurría a esa tradición libresca para tener ocasión de ejercer sus dotes de moralista melancólico. Se parece en eso a Séneca, que palió sus dolores morales en el exilio fusilando el Peri meteoron de Posidonio para componer unas Naturales quaestiones con un excelente estilo, más tajante y sobrio que el de nuestro hombre, pero no muy ajeno. La primera parte de El porqué contiene cuatrocientos problemas seguidos de soluciones dogmáticas y sumarias escritas con desgana mediante frases sin concordancia y aun sin verbo. En la segunda, empero, despliega su arte didáctico con fuerza y elegancia. He aquí un ejemplo: el primer problema es por qué el hombre nace desnudo (de pelambre, no de jubón) y la respuesta es un desganado «porque no tienen las madres [...] humedad superabundante en la matriz». Sin embargo, el comentario de esto en la segunda parte atruena: «Nacemos inocentes y no se hizo para la inocencia el vestido. Para castigo y sambenito de la culpa se hizo. Y nuestra bárbara malicia está haciendo del sambenito gala».
Hay que tener en cuenta que, mientras que De Valdecebro extraía sus datos empíricos y sus explicaciones de una tradición de mil años de antigüedad, ignoraba tenazmente la labor de sus contemporáneos Harvey, Galileo, Descartes, Ray, Boyle, Mariotte, Torricelli o Pascal, entre tantos otros que avanzaron realmente en la explicación de algún que otro porqué aislado. Sin embargo, la obra del dominico disfrutó de una buena docena de ediciones, algo negado a los otros en España. Decía Thomas S. Kuhn que cuando algo del pasado nos sorprende por su idiotez tenemos un problema como historiadores.
La tradición renacentista de los Problemas o de los Porqué floreció en Italia y España entre mediados del siglo XV y del XVIVéase, por ejemplo, Antònia Carré y Lluís Cifuentes, «Éxito y difusión de la literatura de Problemas en la Castilla del XVI: la traducción castellana de Il Perché de Girolamo Manfredi (Zaragoza, 1567)», Asclepio, vol. LVIII, núm. 1 (enero-junio de 2006), pp. 149-196., pero arrancó (como casi todo) de Aristóteles. Éste probablemente elaboró una lista de fenómenos cotidianos que exigían una explicación, pues en su universo ordenado todo tenía una causa que él apuntaba tentativamente como una cuestión abierta. Pero el libro de Problemas que nos ha llegado no es suyo, sino de su escuela, cuyos miembros fueron añadiendo y modificando el núcleo original durante casi mil años. Juan Luis Vives fue uno de los primeros que en el siglo XVI puso en tela de juicio la atribución de la obra a Aristóteles. Y, efectivamente, en ocasiones se recogen descubrimientos tardíos, como la ley helenística de la reflexión (Problemas, XVI, 4) que aún ignoraba el filósofo en el siglo IV a. C. (Meteoros, III, 5). Con todo, es obra de la escuela, pues, como en los Meteoros, se recurre con mayor o menor fortuna a la acción de las cualidades primarias de los elementos: seco/húmedo, frío/caliente. La mayor parte de los problemas (un 60%) son de carácter médico, anatómico y fisiológico de solución difícil y aun imposible durante muchos siglos. Por ejemplo, por qué es bueno comer menos y hacer más ejercicio; por qué los borrachos tienen frío y ven doble; por qué bostezamos al ver hacerlo a otra persona; por qué leer da sueño; por qué preferimos oír música ya conocida, o por qué si tocamos un objeto con los dedos cruzados creemos estar tocando dos. Otras cuestiones pertenecientes a las disciplinas matemáticas (óptica, astronomía, música), resultan más claras y precisas, como el fenómeno de que cuando un eclipse de sol se proyecta sobre el suelo a través de las hojas de un árbol ofrece una miríada de lúnulas ordenadas; o el de que no observemos la paralaje estelar a pesar de hallarnos a un radio terrestre del centro del universo (algo que se agravará cuando Copérnico nos aleje de dicho centro tanto cuanto es el radio del orbe máximo). Otros problemas físicos plantean por qué las olas rompen en la costa y no en mar abierto, por qué el viento norte hace el agua más transparente o por qué hace más frío con tiempo despejado que con tiempo cubierto. En su mayoría los problemas eran observaciones cotidianas y su explicación, un reto. Aunque primitivo según los estándares actuales, el libro llamaba la atención sobre fenómenos importantes o curiosos (algunos imaginarios) y trataba de sugerir explicaciones plausibles más o menos incisivas.
Sin embargo, la cultura grecorromana tardía desarrolló un gusto por el enciclopedismo que sustituía la indagación de la naturaleza, como la que hacía Aristóteles, por el arte de fusilar y compendiar libros ajenos al modo de los doxógrafos griegos, a su vez saqueados por los Varrón, Plinio, Macrobio, Marciano Capella, etc., con una degradación creciente durante la Edad Media, en la que que no estaban compensados por la actividad creadora de los Euclides, Arquímedes, Herón o Ptolomeo. En el Renacimiento floreció la tradición erudita de los libros de Problemas, basados más en el espíritu literario que en la investigación empírica, gracias a la recuperación de Sorano, Plutarco o el pseudo-Alejandro de Afrodisia, editados en Venecia a principios del siglo XVI, acompañados por toda una hueste de imitadores renacentistas, como Girolamo Manfredi y Marco Antonio Zimara, ampliamente copiados a su vez por De Valdecebro.
La degradación desde el pseudo-Aristóteles hasta De Valdecebro puede colegirse por la respuesta al problema común de por qué el aire exhalado con la boca abierta es cálido mientras que ese mismo aire soplado a presión es frío. El tratado aristotélico alude de manera tentativa a un especie de enfriamiento por expansión adiabática, valga el anacronismo: al soplar, una cantidad de aire «encerrado en un espacio particularmente pequeño» se expande por «una gran área del aire exterior» (xxxiv, 7). Por su lado, el fraile pontifica una tontería: «El aire que enfría lo hace con el aire de fuera que es frío; el que calienta es la respiración que sale de la boca y estómago» (problema 165). La tendencia a em­peo­rar el original es constante. Así, De Valdecedro se pregunta por qué los mudos de nacimiento resultan curiosamente ser sordos, y no al revés, siendo así que tanto el viejo Aristóteles (Historia de los animales, 536b 1-9) como el renacentista Huarte de San Juan (Examen de ingenios, 1575) sabían que las lenguas se aprenden de oído, por lo que los sordos no aprenden a hablar y de ahí la mudez, aunque puedan emitir sonidos.
Por todo ello, aunque la lectura de los Problemas aristotélicos es a veces intrigante y casi siempre entretenida, la de los problemas de nuestro autor produce tedio: las respuestas sólo ocupan dos o tres líneas, están redactadas con desaliño y gramaticalidad errática, y recurren arbitrariamente a lo seco o lo húmedo. Y sin temor a la contradicción: las mujeres son más hermosas que los hombres por ser calientes (problema 44), pero tienen, en cambio, menstruación porque son frías (problema 51). Otras veces dice trivialidades, como que tenemos cuello para soportar la cabeza, o simplezas, como que tenemos la cabeza redonda pero un poco ovalada para que quepan bien las facultades mentales. No retrocede ante la invención: no movemos las orejas como las bestias porque las tenemos pegadas, o las pesadillas se producen porque «se abre el nervio de la fantasía». Es sólidamente ignorante, pues cree que los peces no tienen corazón, siendo la espina la que hace sus funciones. Siempre ignora a los científicos: desconoce los trabajos de Harvey sobre el corazón (1628), los de Hooke sobre la combustión y respiración (1665), los estudios de Pascal sobre el vacío (1647, 1663), que niega con aplomo, así como los de Descartes sobre la refracción (1637), pues piensa que la imagen doblada de un palo semisumergido en agua se debe a las olas.
En resumidas cuentas, De Valdecebro se nos antoja un ignorante fatuo y seguro de sí mismo que no duda de nada. El éxito de su libro es un reto para comprender qué pasaba en el siglo XVII español. No ayuda el prólogo de Georges Beaumatin quien, imbuido del espíritu valdecebriano, dice lo que le viene en gana. Por ejemplo, afirma con aplomo que, tras descubrir la gravitación, Newton se clavaba agujas en los ojosHa oído campanas. Hacia 1665, cuando aún era estudiante en Cambridge (mucho antes de dar con la gravitación) introducía un punzón entre el hueso y el globo ocular para aplastarlo, variar la curvatura de la retina y observar los anillos de colores.. Más al punto, dice también que hoy día ya no se hacen preguntas peregrinas con respuestas quiméricas como las de los Problemas. Yerra, primero, porque lo que nos parece hoy peregrino o quimérico no lo era en su época y, segundo, porque los compendios que explican muchos problemas familiares pero intrigantes siguen gustándonos hoy día. Ahí está ese «porqué de las cosas» de Marvin HarrisNuestra especie, trad. de Gonzalo Gil, Joaquín Calvo e Isabel Heimann, Madrid, Alianza, 1991 y reediciones posteriores., donde nos explica por qué hacemos herramientas, por qué andamos erguidos, por qué somos blancos o negros, por qué engordamos o por qué las tetas de las mujeres están siempre turgentes. O ahí están los evolucionistas como Matt Ridley o Steven Pinker, que nos explican en términos evolucionistas el porqué de nuestra moral, nuestra religión, nuestras instituciones sociales o nuestro gusto por la música, la danza y la pintura. Buscar una explicación en términos de selección de cualquier rasgo, imaginando cómo podría mejorar la tasa reproductiva, es a veces tan arbitrario como hacerlo en términos de lo caliente, lo frío, lo húmedo y lo seco.
Afortunadamente, los editores de la obra (Antonio Bernat Vistarini y John T. Cull) hacen un buen trabajo en la introducción y las notas, presentando la tradición de los Problemas, su difusión en España y las peculiaridades del desarrollo científico del país. Recuérdese que el prudente rey Felipe II emitió dos pragmáticas prohibiendo la libre importación de libros (7 de septiembre de 1558) y que sus súbditos estudiasen o enseñasen en universidades extranjeras, excepto las de Roma, Coímbra, Bolonia y Nápoles (22 de noviembre de 1559). También indican las fuentes de las que De Valdecebro tomó sus problemas y llaman la atención sobre otros textos similares con erudición y, en general, con buen tino. No siempre, porque si bien navegan con destreza por el mundo de los libros, se equivocan en materias de hecho, como cuando atribuyen la imagen quebrada de un remo metido en el agua a la difracción y no a la refracción (nota 318). Y en unas pocas ocasiones sobra la erudición y falta la iluminación del lector, por ejemplo cuando De Valdecebro se pregunta «por qué los que duermen de celebro sueñan grandes desatinos», ya que, en lugar de explicar al lector actual qué es «dormir de celebro», largan una cita de la Silva de Pedro de Mexía (1540) que no viene al caso, pues no habla de pesadillas. Pocos defectos frente a tantos aciertos. También es de agradecer el cuidado con que la editorial ha publicado el libro, embelleciéndolo con grabados de obras curiosas del si­glo XVI y principios del XVII (¿no te­nían ilustraciones las primeras ediciones del libro?).

 

01/04/2008

 
COMENTARIOS

Javier gomez vallecillo 03/11/12 21:17
Me parece genial la página, y más aún que el colectivo de "eméritos", sigan dando testimonio de su cabal condición de hombres y mujeres sabios....

Felicidades.

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