ARTÍCULO

El poeta de prostíbulos y callejones

Trad. Carlos Vitale DVD poesía, Barcelona
197 págs. 1.700 ptas.
 

No es la primera vez que Carlo Vitale traduce a Campana, ya en 1984 con el título Cantos órficos nos presentó lo que en realidad era una antología del autor en la editorial Olifante, en 1989 aparecía en la editorial Pamiela otra selección con el título de Viaje a Montevideo y otros viajes. Finalmente ahora presenta el único libro publicado en vida del autor, Cantos órficos, y una selección de sus otros poemas. Aunque ya existía una traducción publicada por la Universidad de Murcia a cargo de quien esto escribe, así como una monografía sobre el poeta, la actual presenta también el texto italiano, y es de suponer que tendrá la mayor difusión que el autor se merece dada la importancia que los propios poetas italianos le han concedido.

Dino Campana nació en 1885, publicó en 1914 a expensas suyas un único libro, Cantos órficos, pues ni Papini primero ni Marinetti después quisieron editar o reeditar. Cuatro años más tarde, en 1918, ingresó definitivamente en el manicomio donde moriría en 1932. Pocos artistas italianos de este siglo se han podido sustraer a su figura, sobre él escribió Sebastiano Vasalli la novela La noche del cometa, sobre sus relaciones con Sibilla Aleramo existe la película Engaños y se han hecho varias obras de teatro; también es el personaje de Tabucchi en el cuento Vagabundeo de El juego del revés. Sus viajes por Europa (parece que llegó a Rusia), su emigración a Sudamérica y su posterior regreso lo han convertido en un mito de la cultura italiana del siglo XX. Sobre él dirigió tesis Ungaretti, lo estudió Montale, y la escuela Hermética lo consideró un precursor, fue lectura frecuente de Mario Luzi, Alfonso Gatto, Sergio Solmi, Piero Bigongiari, Alessandro Parronchi, Carlo Betocchi... que escribieron sobre él. Pocos poetas italianos se han podido sustraer a la magia de este libro. El propio Giovanni Papini, que no sentía por él especial afecto, lo incluyó en su antología Poetas de hoy. Dario Bellezza lo consideró, conjuntamente con Ungaretti, el causante del renacimiento de la poesía italiana después de Carducci y D'Annunzio, y recuerda que «sólo Sandro Penna me habló bien de Campana». Alfredo Giuliani va más lejos y no se sonroja al proclamar que Mujer genovesa le gusta más que todas las poesías de Saba. Victorio Sereni, cincuenta años más tarde, reconocía cómo en los años treinta la poesía de Campana se convirtió en un antídoto frente a la rigidez de la poesía de entonces, mientras Montale ponía en evidencia su conexión con la «pintura metafísica», ya que es difícil no ver en la descripción de las ciudades la imagen de las plazas de De Chirico, prueba de ello es que el comienzo del libro apareció en 1913 con el título La torre roja; Maurizio Calvesi en La Metafísica esclarecida se extiende sobre el tema.

Sin embargo no es sólo esto lo que debe acercarnos a la figura de Campana sino su magnífica poesía, su prosa poética tan bella y tan finamente estructurada que muchos lo han considerado un poeta visionario, lleno alucinaciones, olvidando lo que sobre ella escribió Pasolini, que es «una poesía sustancialmente realista, no obstante esté inspirada en un sofocante estecismo».

¿Alucinaciones, visiones? Simple recreación de una realidad que es mucho más mágica de cuanto creemos. Veamos un ejemplo: «Y miramos las vistas. Todo era de una realidad espectral. Había panoramas esqueléticos de ciudades. Unos muertos estrafalarios miraban al cielo en poses leñosas [...] ¿Es así París? He aquí Londres. La batalla de Mukden... ¡Todas aquellas cosas vistas por los ojos magnéticos de las lentes en aquella luz de ensueño!». ¿Visiones provocadas por drogas? No, estamos ante uno de los primeros textos dedicados al cine: el joven poeta entra en una barraca donde se proyecta el incipiente cine, imágenes de la guerra, visiones aéreas de las ciudades (a cuadros, «cubistas»), como cuadricular es también la campiña, los huertos, imágenes de los soldados muertos en la trinchera... y sentada junto al poeta, durante la proyección, una joven rubia que en la oscuridad estará tan cerca de él como nunca más será posible que lo esté. Campana describe con tal belleza que hace que su descripción realista parezca sueño.

Unión de poesía y prosa. Y por encima de todo la pasión de Campana por la poesía, la cual justifica su existencia, tal y como leemos en su epistolario recogido por el argentino residente en Roma Gabriel Cacho Millet. Veamos el poema «La Chimera», que simboliza la creación literaria, tema tan presente a finales del XIX y principios del XX (baste recordar la novela homónima de Pardo Bazán), donde el poeta habla con la poesía: «No sé si entre rocas tu pálido / Rostro se me apareció, o sonrisa / De lejanías ignoradas / Fuiste, inclinada la ebúrnea / Frente fulgente, oh joven / Hermana de la Gioconda.» O en el poema «La Esperanza:» «¡Por el amor de los poetas, puertas / De la muerte abiertas / Sobre el infinito!».

Es verdad que a Campana le gustaba fomentar la leyenda que lo circundaba, y que Binazzi la aumentó con el fin de conseguir que se reeditase su poesía, pero fue el psiquiatra Carlo Pariani, que lo entrevistó en el manicomio, el que consolidó la leyenda al hacer público el CampanaEdison, el hombre que creía poseer poderes eléctricos para causar terremotos, el que estaba convencido que su amor por la escritora Sibilla Aleramo había provocado la Primera Guerra Mundial. Y a los italianos les gusta el mito, hasta el punto de que hace unos meses el prestigioso actor Carmelo Bene, que hace una espléndida lectura de la poesía de Campana, escribió en la introducción a la publicación de tal recital que el poeta escribió los versos durante los cuarenta años de manicomio. ¡Poco importa que sólo fueran catorce años y que en ellos no escribiera nada!

Pero volvamos a los textos, a su sentido humanista recogido en La Verna, lugar donde se retiró San Francisco, y que Campana consigue describir como nunca antes se había hecho: «Grutas profundas, hendiduras rocosas donde una escalerita de piedra se ahonda en una sombra sin memoria [...]. El corredor, alentado por el hielo de las grutas, se viste todo de la leyenda franciscana. El santo aparece como la sombra de Cristo, resignada, nacida en tierra de humanismo, que acepta su destino en soledad. Su renuncia es sencilla y dulce: desde su soledad entona con fe el canto a la naturaleza». Bellísima la descripción del fraile «decrépito a altas horas se arrastra por la penumbra del altar, silencioso en su sayo belludo, y reza las plegarias de ochenta años de amor».

Pero no nos engañemos, Campana es sobre todo el poeta de prostíbulos y callejones: «Detrás de los barrotes se ven asomados unos rostros necios de abatidas prostitutas a las que los afeites dan un aspecto trágico de payasos. Aquel pasaje desértico, con hedor de urinario y de moho de los muros corroídos, tiene por única perspectiva, al fondo, la hostería». Con alusiones, quizás bastante literarias, al diablo: «¡Oh Satanás, tú que a las rameras nocturnas colocas al fondo de las encrucijadas, oh tú, que desde las sombras enseñas el infame cadáver de Ofelia, oh Satanás, ten piedad de mi larga miseria!».

Muchos han sido los que han visto tras la obra de Campana un mundo de referentes culturales, pues sus visiones provienen principalmente de la lectura: «De las páginas resucitaba un mundo muerto, surgían imágenes antiguas».

Y todos esos mundos se aglutinan en su deseo de libertad; el paisaje toscano, los prostíbulos, las ciudades, encuentran su mejor expresión en ese ir y venir que el emigrante Campana hace cada día en la Pampa, desde el campamento, con tiendas de tela para los trabajadores, hasta el lugar donde se amontona la tierra para construir las nuevas vías del ferrocarril: «Yo estaba en el tren en marcha: tendido en el vagón por encima de mi cabeza huían las estrellas y los soplos del desierto en un fragor férreo [...]. ¿Dónde estaba? Yo estaba de pie: en la Pampa, en la carrera de los vientos, de pie en la Pampa que volaba a mi encuentro: ¡para atraparme en su misterio!». El poeta, en pie sobre la plataforma del tren en marcha, con el aire azotando su cuerpo, en una imagen poética absolutamente cinematográfica.

Muchos son los aspectos de Campana, pues quizás Cantos órficos más que un libro unitario es un conjunto de composiciones que su autor quiso reunir antes de que los demonios de su enfermedad acabaran por destruirlo. De cualquier modo, no ha de extrañarnos que con todos estos mundos poéticos Campana, en palabras del poeta y fino crítico Eugenio Montale, sea «un poeta che no se decide a dejarse olvidar».

01/08/2000

 
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