ARTÍCULO

El placer de narrar

Tusquets, Barcelona, 1997
318 págs.
 

Manuel Talens es autor de una excelente primera novela, La parábola de Carmen la Reina, que acaso no tuvo el reconocimiento de público que merecía un empeño semejante. Parece que ahora la editorial Tusquets la va a recuperar para su catálogo. Se trata de una buena noticia. En su segunda novela (en medio hubo un libro de relatos, Venganzas), Talens vuelve, desde el título, a utilizar la plantilla bíblica, como ya hiciera en la novela aludida y en algunos de los relatos, para pergeñar su historia, o sus historias, por mejor decir, pues la novela consiste, como los relatos picarescos y las novelas de aprendizaje en general, de Fielding a Baroja (a quien se homenajea y «plagia» explícitamente), en una sucesión de aventuras, anécdotas y relatos que, al cabo, conforman un friso, una suerte de retablo o tapiz urdido, eso sí, a partir de las dos protagonistas principales, Fausta y Rosilda, hilo conductor, a la postre, de todos los episodios.

El problema del mal, la libertad, la hipocresía religiosa, un sano e irredento anarquismo y el humor cáustico, estilemas habituales de Talens, conforman la urdimbre de esta novela de ambientación histórica que narra las peripecias de dos primas hermanas que se desconocen hasta que el destino las junta, en mayo de 1917, en un asilo de huérfanas que es, al mismo tiempo, noviciado de un convento. El tiempo del relato dura apenas unas semanas. El tiempo de la historia, en cambio, se expande hacia atrás para contarnos los pormenores de la fundación del asilo, las vidas de sus protagonistas y, sobre todo, los siniestros y azarosos antecedentes de las dos muchachas, allá en los albores del siglo, en los que ficción y realidad se ayuntan de nuevo para alumbrar una historia folletinesca de amores, raptos y crímenes, recogida, en parte, de las crónicas de los periódicos de la época, convertidas poco después en cantares de ciego.

La obra está dividida en tres partes. En la primera se nos cuenta el «pecado original» con el que nacen estas dos muchachas, el suicidio del abuelo y el malaje y desastre de los padres que, al cabo, dan con ellas en el asilo. En la segunda, descubren que «el edén» no era tal y que en el convento casi nada es lo que parece, por lo que deciden huir a la busca del «incierto camino de la vida», como Talens intitula el tercer capítulo, en el que descienden a los infiernos de la mendicidad, el crimen y la prostitución para terminar, cuando peor parecían tenerlo, en una suerte de «deus ex machina» de folletón, bajo la ubérrima protección del moribundo tenor.

La novela es una sucesión torrencial e infatigable, bien compuesta, de anécdotas e historias «intercaladas», en boca de distintos narradores, que pretenden retratar el ambiente y la personalidad de los distintos protagonistas y sus desventuradas y azacaneadas vidas. El elenco de personajes, casi cincuenta, dan una idea de esta profusión. La lista, que el mismo ofrece al inicio, tiene un divertido cariz de dramatis personae teatral y de adjetivación valleinclanesca: «Abderramán Carvajalito, ciego coplero, cinéfilo y trotamundos». En ella se entremezclan personajes históricos y de ficción, pues Talens ha construido su relato sobre un vago trasfondo de sucesos históricos, fundamentalmente tres, la fundación del asilo por el marqués de Briñas, el crimen de Sot de Chera, en el que estuvieron involucrados los padres de Rosilda, y, por último, la pasión y muerte del famoso tenor granadino Gumersindo Postigo. Sobre esta base «real», Talens inventa la odisea de estas dos primas solitarias en el camino de la vida.

En el haber de Talens queda su capacidad para la creación de caracteres, tiene un cuidado especial para que trasciendan el mero nombre y sabe dotarlos, en pocos trazos, de vida propia. Dos buenos ejemplos de secundarios memorables son el médico de Poliñá, don Francisco Verdaguer, y sor Gracia, la monja portera del asilo. Al igual que los personajes, las secuencias que narran tienen vida propia y, algunas de ellas, podrían ser relatos independientes que el autor ha decidido incluir, sencillamente, para dar variedad al suyo. Son secuencias que cabría calificar de naturalismo costumbrista.

Otro recurso muy del gusto de Talens es el del homenaje literario. Su escritura, aparentemente tan vital, tiene siempre, como dije, la plantilla más o menos remota, de otro texto. En esta ocasión, incluso, se ha permitido el cervantino recurso de la autoalusión, y así, aparece, de pasada, Jesús Salvador, el nazarenito, personaje que fue protagonista de un relato en Venganzas, o traza la figura de un anarquista alter ego de Ginés de Pasamonte, al que hace «autor» de su primera novela, etc.

Se trata, en definitiva, de una obra que confirma las excelentes dotes para la pura narración que acreditara Talens en sus dos trabajos anteriores. Desgraciadamente, no creo que sea un paso adelante con respecto a La parábola de Carmen la Reina, allí había una ambición «bíblica» muy poderosa, sustituida aquí, dentro del buen hacer, por un tono más comedido y una fácil soltura que juega en contra del novelista. Creo, en concreto, que son prescindibles algunos de los episodios, no tanto por gratuitos o porque no aporten nada al conjunto, que se resiente al perder en intensidad, como porque no sirven para configurar la peripecia interior de las protagonistas. Téngase en cuenta que la «salida» de las dos huérfanas apenas dura unos días y que las historias, en cambio, cubren más de veinte años. Estos episodios están colocados de tal forma que «parecen» no afectar a quienes protagonizan el relato. Es esa opacidad la que los vuelve irrelevantes.

Sé que, en el fondo, estoy elevando las mismas objeciones a esta novela que las que sus lectores plantearon a la primera parte del Quijote. Y como son tantos los elementos explícitamente quijotescos de Hijas de Eva, tanto estructural como temáticamente, estoy seguro de que Talens así lo ha querido. Pero conviene recordar que esa «unidad en la variedad» que alentaban los tratadistas italianos, los «romanzieri», y que obsesionaba a Cervantes cuando estaba inventando la novela moderna, fue luego sustituida, cuando advirtió su error, por la intensidad psicológica, diez años después. Ojalá que sea éste el caso de Manuel Talens y, a no mucho tardar, nos sorprenda con el fruto granado de sus muchos talentos. Que los tiene. Mientras tanto nos ofrece esta trepidante y folletinesca historia, bien urdida y barojianamente compuesta, para que nos vayamos entreteniendo.

01/09/1997

 
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