ARTÍCULO

El peso de la historia familiar

Plaza-Janés, Barcelona, 1998
218 págs.
 

Las dos novelas publicadas en 1996 por Juana Salabert, así como el hecho de que una de ellas quedara finalista en el premio Nadal, habían levantado cierta expectación ante los inmediatos derroteros de esta escritora. Con la adición al corpus narrativo de la autora de Mar de los espejos, novela cuidadosamente compuesta y escrita, es posible ya formarse una idea cabal acerca de lo que esta voz recién aparecida trae al movedizo paisaje, lleno de ascensos súbitos y de rápidos declives, de la narrativa española reciente. Mar de los espejos es, en primer término, la historia de Natalia, que vuelve a su lugar de origen –de nombre imaginario en la novela, pero situado en el norte de España– después de muchos años de ausencia pasados, como le sucede también a la escritora, en diversos lugares de Europa. La recuperación de los parajes de la infancia y la adolescencia es también el estímulo que sirve para desencadenar la memoria, la evocación de la propia trayectoria personal, en la que todavía quedan lagunas, datos borrosos, eslabones perdidos, hechos sin explicar adecuadamente. Pronto se hace evidente que los destinos de Natalia, de Bar, de Miah, incluso de personajes como el siniestro guardés Mundi, no están determinados tan sólo por el crimen impremeditado que, en cierto modo, enlazó sus vidas, sino por algo mucho más antiguo, inteligible únicamente si se reconstruye la historia familiar, que es, a la vez, inseparable de la historia colectiva en los años inciertos de la guerra civil.

La reconstrucción de esa historia y, con ella, la aportación de informaciones que permiten ir comprendiendo poco a poco las complejas circunstancias en que se ha gestado la existencia de Natalia, corresponden a las revelaciones de la abuela, cuya figura –sin duda la mejor delineada de la novela– se agiganta en la segunda parte de la obra hasta llenarla por completo. El eje central de Mar de los espejos es, en efecto, la historia de la abuela, Isabella Caterina: su adolescencia, su juventud mercenaria en Trieste –de donde es arrancada por el arrogante y tenaz Jaime de Miramar–, su venida a España, la boda, los tiempos difíciles de la guerra, la relación con el espía Kovály... Sólo reconstruyendo paso a paso la existencia de Isabella Caterina y de su vida matrimonial se nos muestran las diversas teselas que forman el mosaico de la familia y explican la biografía de Natalia. El pasado gravita sobre el presente, y los personajes viven aplastados por el peso de la historia, abrumados por viejas rencillas, por antiguas heridas no cicatrizadas, por enfrentamientos y cuentas sin saldar. La actitud de la abuela al emplear a Mundi como guardés para vejarlo y hacerle pagar su execrable comportamiento de antaño es –dejemos aparte la discutible verosimilitud de la decisión– una muestra significativa de cómo el tiempo pretérito continúa actuando sobre el presente de los personajes. La aparente normalidad de la vida cotidiana apenas logra esconder turbias corrientes subterráneas que arrastran cieno desde muchos años atrás.

El planteamiento de la historia tiene mucho en común con el de algunas novelas de Ana María Matute, fascinada también por viejos conflictos familiares cuyos ecos amargos llegan hasta la actualidad. El nombre de la escritora catalana es el primero que salta como posible modelo a la memoria del lector al sumergirse en este Mar de los espejos, aunque el desarrollo del relato, con su alternancia de puntos de vista a cargo de diferentes personajes, evoque más bien otros dechados de la fecunda estirpe faulkneriana. Incluso la utilización en ciertos momentos de tipos y tamaños diferentes de letra tiende a subrayar –tal vez innecesariamente– la diversidad de los planos y perspectivas que configuran la novela.

Los contenidos y el desarrollo narrativo de Mar de los espejos son, pues, a pesar de algunas debilidades, más que aceptables, e incluso alcanzan cierta brillantez. Las flaquezas de Juana Salabert no residen en su capacidad fabuladora, sino en su escritura, en su retórica peculiar. Hay, en primer lugar, una marcadísima inclinación a la solemnidad, a la fraseología sobreabundante, a la multiplicación de adjetivos para custodiar cada sustantivo que aparece en el discurso. La afición excesiva al símil conduce en muchos casos al vacío, porque el término de comparación resulta tan rebuscado que ningún lector podría hacerse cargo de la analogía expuesta. He aquí algún caso: «Era como recibir un chispazo luego de cerrar la portezuela ante el domicilio de un absoluto, o absoluta, desconocidos, en una madrugada de borrachera y alteración» (pág. 25). Esto ni siquiera está bien escrito, pero, además, ¿quién puede saber lo que es recibir un chispazo de esas características tan minuciosamente detalladas? O bien: «Impávido, se movía allá dentro igual que si flotase bajo los vívidos reflectores de un gigantesco acuario repleto de exóticos cadáveres» (pág. 36). También aquí sería difícil encontrar a alguien que supiera lo que es flotar de ese modo. Las palabras se desbordan sin control, y la aparente belleza externa de la visión conduce a la nada. Otras veces asistimos a redundancias innecesarias por ese mismo desbordamiento léxico: «Lamí con mi lengua la sangre de su cadera» (pág. 53). ¿Acaso se puede «lamer» con algo que no sea la lengua? En ocasiones, el prurito de la adjetivación insólita desemboca en afirmaciones herméticas: «[Los hechos] se ajustaron en una simetría demoledora» (pág. 94). Y en la misma línea de retorcimiento expresivo: «Pero no era cierto, o era cierto de una manera inentendible» (pág. 24).

En otros casos, lo que hay es pura y simple incorrección por desconocimiento de construcciones o palabras: «Volcada encima suyo» (pág. 124), «a través mío» (pág. 179). En «hálito a desamparo» (pág. 119) se utiliza «hálito» como «olor», lo que no es cierto. En «extrajo sendos pitillos de un paquete arrugado» (pág. 22) hace la autora caso omiso del significado de «sendos». Otras veces, el fantasma de la lengua francesa planea sobre algunas elecciones poco afortunadas: «Expertos en falsificaciones documentarias» (pág. 178). O bien se habla de una vivienda: «El dos piezas de la colina Sta. Marta, el minúsculo espacio con la claraboya en el techo» (pág. 33). El instinto idiomático falla cuando se cuela el vocablo «intencionalidad» en lo que es casi una fórmula fija: «Adivinar las intencionalidades y los más ocultos deseos ajenos» (pág. 118).

Hay demasiados desfallecimientos de esta naturaleza para poder pasarlos por alto. Juana Salabert ha concebido bien su historia y la disposición narrativa que parecía más adecuada para convertirla de manera convincente en novela, pero no ha dado con el tratamiento lingüístico necesario. La hinchazón, el abultamiento de los hechos hasta lograr que tengan un relieve singular e inconfudible, no es algo que pueda confiarse únicamente a la elocutio retórica. Si, además, en esta sobreabundancia se desliza el pleonasmo, florece la ornamentación hueca y brotan las impropiedades léxicas y las construcciones titubeantes, el edificio se tambalea y las buenas intenciones sirven de muy poco. La obra literaria es, antes que otra cosa, una estructura verbal –perdón por la perogrullada–, y es imposible no reparar en este primer nivel constitutivo. Los personajes tienen su corazoncito y el lenguaje sus exigencias ineludibles.

01/06/1998

 
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