ARTÍCULO

Por un liberalismo humilde

 

Hace tiempo que los interesados en la obra de Friedrich A. Hayek esperábamos la aparición en español de uno de sus libros más atractivos: La contrarrevolución de la ciencia. Estudios sobre el abuso de la razón, sin cuya lectura difícilmente puede entenderse en toda su complejidad el pensamiento del autor vienés. Autor que, al margen de la simpatía o antipatía que suscite su doctrina, se ha convertido en una figura clave del pensamiento político contemporáneo, de la talla de John Rawls, por ejemplo, de cuya obra, por cierto, dijo Hayek no sentirse separado por diferencias esenciales. Y es que, si nos tomamos la molestia de leerlo con atención, Hayek sorprende a más de uno. Los socialistas, por ejemplo, descubrirían párrafos enteros en los que defiende la necesidad de la actuación del Estado mucho más allá de los límites que algunos neoliberales estarían dispuestos a admitir, o la defensa y justificación de una red de seguridad pública para proteger a aquellos que no pueden valerse por sí mismos en el mercado. Mientras que muchos conservadores descubrirían un Hayek menos conservador y más liberal del que a ellos les gustaría; un Hayek que se tomó la molestia de escribir un ensayo que tituló explícitamente Por qué no soy conservador. La amplitud y complejidad de la obra hayekiana explica la variedad de interpretaciones a que ha dado lugar. La ambiciosa obra de Hayek es, desde el punto de vista de la filosofía política, la obra de un antirracionalista, según unos; la de un racionalista hijo de la Ilustración, según otros; un pensador kantiano o, por el contrario, claramente humeano. También ha sido calificado como un darwinista social en la línea de Spencer o como un utilitarista que llega a justificar, incluso, políticas welfaristas. Algunos hasta ven en su doctrina ecos de la filosofía de Santo Tomás, de Husserl (aunque, según cuenta el mismo Hayek, nunca llegó a entender su filosofía) o de la Hermenéutica nada menos, y tratan, además, de acercar su doctrina a la de la Iglesia católica. Este último es el caso del libro de Gabriel Zanotti, Introducción filosófica al pensamiento de Hayek, libro que, aunque breve (recoge las lecciones que el autor dictó en la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala), aborda temas de cierta complejidad con la intención de hacer compatible el liberalismo hayekiano con el catolicismo, empresa que nos parece, cuando menos, arriesgada y de una gran dificultad. Aunque el propio Zanotti reconoce con toda honestidad que no se debe hacer decir a los autores lo que nunca dijeron (una observación elemental que, sin embargo, no todo el mundo respeta), considera que hay en Hayek suficientes líneas de argumentación para compatibilizar su liberalismo con el catolicismo, y trata de demostrar por qué. No obstante, esos intentos (que pueden encontrar su explicación en el afán de dotar de un fundamento más elevado a un liberalismo triunfante, al menos, en el plano económico) no son fáciles de justificar, porque la filosofía hayekiana es inmanentista, alejada de toda idea de trascendencia. Su teoría del conocimiento, de la evolución de las instituciones y de los órdenes espontáneos no deja lugar a ningún ser omnisciente, como él mismo escribió en La fatal arrogancia, y se muestra, más bien, escéptico sobre el tema. En todo caso, la religión se entiende como una tradición, hábito o convención de utilidad social al estilo de lo que ya dijeran sus admirados Hume o Stuart Mill. Por otra parte, sus críticas a la justicia social apartan a muchos católicos de su liberalismo. Por eso, para comprender mejor las implicaciones políticas de los presupuestos metodológicos y epistemológicos del pensamiento hayekiano, es de gran utilidad la lectura, facilitada por una buena traducción, de La contrarrevolución de la ciencia. Libro que, una vez más, colocaba a nuestro autor en el exilio intelectual al defender unas ideas contrarias al positivismo en boga (ideas que, por otra parte, alcanzarían una mayor difusión con la publicación de La miseria del historicismo de su amigo y compatriota Karl Popper). No es de extrañar que alguien formado en la Viena excepcionalmente brillante de principios de siglo, tan influida por la obra de Ernst Mach, sitúe las preocupaciones epistemológicas y metodológicas (tan características, por otra parte, de la Escuela Austríaca de Economía) en la raíz de su filosofía política. Friedrich Hayek está convencido de que toda teoría política descansa en una interpretación del papel de la razón en los asuntos humanos; en una teoría del conocimiento, en definitiva. La filosofía liberal, única defensora de la libertad individual tal y como él la entiende, se fundamenta en la comprensión de la mente y la razón humanas como algo limitado que nos obliga, en un ejercicio de humildad intelectual, a aceptar que no podemos saberlo ni comprenderlo todo; que debemos asumir que hay hechos de la vida social que han surgido evolutiva y espontáneamente y que, sin embargo, han resultado sumamente beneficiosos en términos de prosperidad y de libertad, y que, por tanto, conviene ser prudente a la hora de transformarlos o eliminarlos: lo que no quiere decir, en absoluto, que no se pueda cambiar nada. Este es un tipo de racionalismo que él llama crítico o evolutivo, del cual cree poder rastrear sus orígenes intelectuales. El otro tipo de racionalismo, que denomina constructivista (del que también traza la filiación), está en el origen de la actitud contraria: la pretensión del conocimiento, la idea de que podemos y debemos diseñar y controlar el mundo social e, incluso, predecir su futuro. Es cierto que todo esto se encuentra también en otras obras posteriores de Hayek, pero es en este libro (que recoge unos ensayos escritos en los años cuarenta y cincuenta) donde por primera vez se formula con mayor extensión y claridad y, sobre todo, se buscan –en un ejercicio propio de un historiador de las ideas– los orígenes intelectuales de esa actitud hostil al individualismo liberal que observaba con preocupación entre sus contemporáneos. Ese interés por encontrar la filiación de las ideas le lleva al siglo XIX, época en que el prestigio que alcanzaron las ciencias naturales suscitó un desesperado intento entre los científicos sociales por imitar y copiar el método que, supuestamente, se utilizaba en las primeras para, de ese modo, alcanzar el nivel de predicción (test de toda verdadera actitud científica) que se les adjudicaba. Esa copia acrítica del método de las ciencias naturales es lo que Hayek denomina cientismo (otros prefieren el término cientificismo ), y en el desarrollo de su historia (de acuerdo con la interpretación hayekiana) desempeñaría un papel fundamental la Escuela Politécnica, Saint-Simon y Comte, cuya influencia sobre Marx (sorprendentemente a través de Hegel como se estudia en el tercer capítulo del libro), considera con razón nuestro autor que no se ha reconocido suficientemente. Las páginas dedicadas a la Escuela Politécnica se encuentran entre las más interesantes del libro. Hayek trata de demostrar que fue en esta institución creada en 1794 por la Convención, en un intento de destruir completamente el antiguo sistema educativo, donde deliberadamente se cultiva ese tipo tan característico del siglo XX : el ingeniero, el especialista, el técnico que, arrastrado por su culto a la ciencia, menosprecia todo lo que no se adecue a los requisitos de una razón cartesiana (siempre en la obra hayekiana la Ilustración francesa como contramodelo de la inglesa). Por cierto, que las quejas del economista austríaco sobre el predominio de la especialización y el abandono del estudio de las Humanidades que esta actitud propicia, recuerdan mucho a las de Ortega. Después de las aportaciones de Popper, parece ser que ni siquiera las ciencias naturales hacen lo que comúnmente se creía que hacían y otros debían imitar. Es muy debatido el tema de si hay en Hayek un acercamiento a la filosofía popperiana y un abandono, por consiguiente, de las tesis del dualismo metodológicas de su maestro Mises que en este libro todavía habría defendido. Pero lo que está claro es que Hayek ve en los partidarios del racionalismo constructivista, del cientismo y del socialismo la –por otra parte– comprensible resistencia humana a admitir que existen cosas que se escapan a nuestro control; que no podemos dirigir la historia hacia un fin predeterminado; que no conocemos qué futuro nos espera, y que no podemos organizar la sociedad de cara a un objetivo común que es lo que, en fin de cuentas, pretenden hacer todos los sistemas socialistas. Otra manifestación más del miedo a la libertad que los autores citados trataron de conjurar. Hayek cree que el fondo de la cuestión es que ese miedo al caos, a la anarquía, a la irracionalidad y aparente desorden reinante en las sociedades humanas (impresión seguramente exacerbada por las condiciones sociales del siglo XIX ), se explica por la dificultad de entender la existencia y características de un tipo de orden que preside las relaciones de los hombres. Porque hay un tipo de orden en cuya formación colaboran miles de seres humanos que buscan mejorar su condición, guiados por sus fines personales, que ha propiciado cotas de bienestar y libertad sin precedentes, por lo menos en el mundo occidental. Un orden espontáneo que nadie pudo diseñar y nadie puede dirigir y que, por eso, propicia el ejercicio y preservación de la libertad individual que es lo único que, en el fondo, realmente importa; y, por lo tanto, nuestra misión es comprender en qué condiciones surgen o desaparecen, cómo funcionan y cómo se pueden mejorar sin caer en la tentación constructivista de planificarlo todo. Lo que ocurre es que cuesta entender que existe tal tipo de orden porque no se ve ni se capta por los sentidos, porque sólo se entiende a la luz de una teoría; teoría que, siguiendo los pasos de Menger, Hayek se propuso desarrollar y profundizar y en la que, desde luego, se aprecian errores, interpretaciones equivocadas o contradicciones flagrantes. Pero el recordatorio permanente de que los límites de nuestro conocimiento, nuestros errores, nuestra ignorancia, exigen de nosotros una actitud de modestia y de humildad intelectual, junto con la convicción de que esas actitudes son las propias del verdadero liberalismo, constituye una advertencia que no deberíamos olvidar.

01/04/2004

 
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