ARTÍCULO

Radicalidad y moderación en el nacionalismo vasco

 

La nueva edición de El péndulo patriótico. Historia del Partido Nacionalista Vasco (obra previamente publicada en dos tomos y en cuya elaboración participó también José Antonio Rodríguez Ranz) resume lo antes publicado en un solo volumen sin notas que ha aligerado las referencias a documentos, buscando facilitar la lectura, y ha introducido un capítulo final que acaba con las elecciones autonómicas de junio de 2005. El resultado es una obra que mantiene la riqueza de información que caracterizó a la investigación primera, basada en un análisis de los documentos guardados en los archivos del Partido Nacionalista Vasco. No se trató, ni se trata tampoco ahora, de una versión «oficial» de la historia del PNV. Al margen de acuerdos o desacuerdos en determinadas valoraciones, nos encontramos ante un riguroso trabajo de investigación de dos catedráticos de universidad con una obra intelectual reconocida, que publican un excelente estudio que permitirá al lector interesado conocer la historia y características de un partido cuya incidencia en la vida política vasca ha sido y es indudable. No existe ahora una referencia continua a las fuentes utilizadas, pero el texto mantiene la gracia de recoger entre comilladas muchas expresiones documentales o de los protagonistas de la historia.
El título del libro alude a la frecuente oscilación de la política nacionalista entre radicalismo y moderación, entre independentismo y estatutismo. La imagen es buena y, como recuerdan los autores, ha sido bien acogida en la universidad y en la prensa. No hace falta conocer la historia del nacionalismo vasco para compartir su acierto, y basta recordar cuál ha sido la evolución de la política del PNV desde la transición, subrayando unas veces el inequívoco derecho natural del pueblo vasco a decidir, y afirmando en otras ocasiones que la autodeterminación lleva a sólo poder plantar berzas; momentos en que se va al frente nacional con ETA y HB, y otros en los que se descubre que también son vascos los no nacionalistas.
Pero la imagen del péndulo tiene el riesgo de ocultar una realidad que es más compleja. Como se desprende de la propia lectura del libro de De Pablo y Mees, el doble componente de integrismo y moderación, que se produce en el PNV casi desde el momento de su fundación, vive simultáneamente en el mismo partido, y es lo que permite que éste tenga la fuerza que tiene: los radicales necesitan de los moderados y éstos de aquéllos. Ello es así tanto cuando unos y otros conviven dentro del mismo partido, como cuando lo hacen desde organizaciones distintas. Es la familia nacionalista la que se fortalece, frente a «Madrid» o frente a los partidos vascos no nacionalistas, gracias al juego de sus elementos contrarios: el «problema vasco» que plantean los radicales permite a los moderados presentarse como los únicos que pueden solucionarlo (lo que obliga a atender sus demandas, mucho más alcanzables). Pero la fuerza de éstos sólo es rentable mientras sea creíble aquel problema, lo que les impide realizar una política de enfrentamiento que pudiera acabar con el radicalismo o expulsarlo de la vida política. Los moderados tienen fuerza y poder porque hay radicales. Si éstos desaparecieran, el nacionalista sería un partido «normal».
Ello supuesto, existe el péndulo. Hay circunstancias históricas, características personales de los dirigentes, u otras mil variables, que explican políticas más o menos integradoras o más o menos radicales, pero no puede olvidarse que los dos polos del péndulo pertenecen al mismo partido, y que el movimiento del péndulo es lo que permite que aquél tenga fuerza.
En un Bilbao que está enriqueciéndose gracias a minas, siderurgia, navieras, astilleros y banca, que ha más que doblado su población en veinte años, que ha recibido a miles de forasteros –la mayoría pobres–, que ve crecer la fuerza de los socialistas, Sabino Arana levanta su protesta contra la muerte de la Arcadia que le habían dicho que era la Vizcaya foral. Frente a la irreligiosidad y frente al peligro del contagio de la inmoralidad maketa, es necesaria la independencia, pues «Bizkaya, dependiente de España, no puede dirigirse a Dios, no puede ser católica en la práctica». La pureza de la raza ha de salvaguardarse, pues la superioridad moral vasca se desprende de ella y se perdería al mezclarse con la española. Catolicismo integrista y racismo definen un nacionalismo vasco independentista y radicalmente antiespañol, igualmente enfrentado a España y a los vascos contagiados de «españolismo», que se creen españoles. La justificación moral de tal desmesura viene dada por las consecuencias de una guerra perdida dieciesiete años antes de que Arana fundara su primera sociedad nacionalista: por la victoria española que acabó con unos fueros que eran leyes originarias de territorios que mantuvieron siempre su primera independencia, y por la invasión maketa posterior, que arriesga acabar con raza, costumbres y lengua de los vascos.
La inmensidad del agravio explica la intensidad del integrismo nacionalista, capaz de suscitar una especial seducción entre gentes de pasado carlista para quien se construye, con los ladrillos del viejo fuerismo tradicionalista, una ideología nacionalista propia de los nuevos tiempos. Pero junto a los integristas que protestan por una sociedad que muere, se acercan al partido gentes urbanas incorporadas a la sociedad industrial que nace, gentes que no aspiran al reinado social de Cristo en la Tierra, sino a hacer posible una administración «conservadora y honrada» en un País Vasco que disfrutara del máximo de autonomía posible.
Ésos son los actores que se enfrentan por el control de un partido que pronto aspira a la hegemonía en Vizcaya y va creciendo lentamente en el resto del País Vasco y cuya ideología, al margen de moderación autonomista o radicalismo independentista, mantiene las primeras esencias. La construcción del partido es la construcción de la comunidad nacionalista, integrada por patriotas que, muchas veces distantes entre sí en virtud del grado de autonomía al que aspiran, se reconocen como los únicos vascos, y comulgan con los viejos mitos de la superioridad vasca, del agravio procedente de España, y con el sueño de la independencia.
Oscila el péndulo, pero el exclusivismo patriota no deja de manifestarse. Ello se refleja especialmente en la Guerra Civil.Triunfó en el PNV, no sin problemas, la postura de quienes apostaron por defender la República, y se aceptó que un nacionalista formara parte del Gobierno de España a cambio de que las Cortes aprobaran el Estatuto de Autonomía para el País Vasco. Sólo cuando lo hicieron, en la primera semana de octubre de 1936, los nacionalistas vascos movilizaron a sus gentes, pero para entonces ya se había perdido Guipúzcoa. La acción de gobierno del Ejecutivo presidido por el nacionalista Aguirre fue más la de un Gobierno nacionalista que soñaba con la creación de un Estado que de uno de integración democrática que trabajara por la victoria contra los sublevados. Muy pronto los nacionalistas comienzan a explorar vías para conseguir una paz separada, que es lo que intentan pactando con los italianos lo que sería la entrega del grueso de los batallones vascos en Santoña. Faltó lealtad a la República, quizá porque siempre se mantuvo la percepción de que los nacionalistas (es decir, los vascos) no eran españoles.
Tales actitudes siguen durante el franquismo. El libro analiza la evolución de una organización partidaria progresivamente separada de los nuevos movimientos sociales que comienzan a aparecer en los años cincuenta y que mantiene, aunque progresivamente descargados del componente racial e incluso del confesional, buena parte de los viejos planteamientos sabinianos: reducción de la vasquidad a los nacionalistas y lejanía, cuando no hostilidad, hacia España. El estudio de este período, el menos estudiado en la historia del nacionalismo vasco hasta la primera edición del libro de De Pablo, Mees y Rodríguez Ranz, mantiene su interés en esta segunda edición reducida. Igualmente interesante es el relato de la conversión de un partido como el PNV, apenas sin proyección fuera del núcleo de los sectores históricamente nacionalistas (que no fueron especialmente activos políticamente antes de 1977), en el partido más votado en el País Vasco tras las elecciones de junio de aquel año, o su liderazgo en la construcción de la nueva Euskadi autonómica desde parámetros puramente nacionalistas.
El capítulo final, la historia entre 1980 y 2005, es igualmente interesante, aunque presenta problemas distintos. Quizá se deba, como señalan los autores, a la imposibilidad de consultar de forma exhaustiva la documentación original; quizás al intento de recoger la mayor parte posible de las infinitas incidencias y problemas del período; quizá por la propia cercanía de los hechos, que impide observar el mosaico desde la distancia suficiente como para ver las características del conjunto. En todo caso, es útil suministrar ordenadamente la información de los principales datos del período. Nos hallamos, en suma, ante un libro importante que, posiblemente, invite a muchos a buscar y hacerse con la más extensa primera edición.

01/08/2006

 
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