ARTÍCULO

La sombra del bolchevismo

 

Queridos camaradas es una historia política e institucional del Partido Comunista de España entre 1920 y 1939, hecha desde el punto de vista más relevante para entender su actuación, a saber: que el PCE no era un partido de «legitimación interna», es decir, nacional, sino de «legitimación externa», como Sección española de la Internacional Comunista. Se trata, pues, de una historia cerrada que, en razón del interés que los autores aprecian en los documentos disponibles en los archivos de la Internacional Comunista en Moscú, gira sobre el ir y venir de informes y delegados desde la capital del comunismo a España y viceversa, para ser adoctrinados, reconvenidos o expulsados, junto con otros asuntos de mayor reserva de los que no hay apenas constancia.

En las declaraciones que acompañaron al lanzamiento del libro, Elorza hacía hincapié en la expurgación y cierre, desde 1994 en adelante, de parte de los archivos que él había consultado hasta ese momento, y en el hecho de que nunca estuvieron abiertos ni pudieron ser consultados los datos referidos a agentes y espías, extranjeros o españoles, al servicio de la Internacional Comunista o del gobierno soviético, pertenecientes al Ejército rojo o a la policía política, distintos de los delegados oficiales. Se trata, pues, de una obra, hasta cierto punto, bajo palabra de los autores mientras las circunstancias de los archivos rusos no cambienAntonio Elorza, como coordinador académico del Ministerio de Educación y Cultura de España, forma parte de la comisión conjunta de los responsables de archivos de la Federación Rusa y del Consejo Internacional de Archivos que, bajo el patrocinio del Consejo de Europa, ha puesto en marcha un plan para la ordenación, preservación e informatización de los fondos de la Internacional Comunista..

COMUNISMO DEMOCRÁTICO Y BOLCHEVIZACIÓN

El segundo aspecto que hay que resaltar en las declaraciones de Elorza es de carácter interpretativo. Consiste en atribuir al comunismo teórico un carácter emancipador que, no obstante, se convierte siempre en desastre en la práctica. Viene a la memoria el opúsculo de Kant titulado: «En torno al tópico: tal vez esto sea correcto en la teoría, pero no sirve para la práctica», según el cual los desastres de la práctica resultan siempre demostrativos de graves errores teóricos. Pero los autores no se preocupan de Kant y acuñan un concepto de «comunismo democrático», que es contradictorio en los términos. Desde el joven Marx sabemos que, si hay comunismo, es que han desaparecido no ya la explotación y las clases sociales, sino la mismísima división del trabajo y la división entre gobernantes y gobernados y, necesariamente, el Estado, la política y la democracia. Es lo que se llama el «horizonte utópico» del comunismo. Por el contrario, la democracia es esa pseudocomunidad jurídica y política que, según Marx, recubre engañosamente la explotación económica y la división social y política en clases. Elorza y Bizcarrondo no entran en la ortodoxia marxista en este punto cardinal de consecuencias liberticidas, sino que se limitan a llamar «comunismo democrático» a la versión que ellos entienden flexible del Frente Popular, que atribuyen a Dimitrov y Togliatti, frente a la versión dogmática representada por el hombre de confianza de Stalin en la Internacional, Manuilski, y sus todopoderosos delegados en España durante la República y la guerra civil, Codovila y Stepanov.

La versión flexible del Frente Popular consistía, según los autores, en su carácter defensivo y dedicado a derrotar el fascismo, sin ligar en exceso esta fase de la revolución con la socialista posterior. Este alejamiento atenuaba la obsesión comunista por forjar el partido revolucionario único del proletariado y su control sobre cualquier instancia representativa de «las masas trabajadoras». La versión dogmática del frentepopulismo, por el contrario, supuso poco más que colocarle un apéndice republicano a la versión comunista de las Alianzas obreras... ¡y campesinas! de octubre de 1934 en términos de Bloque Popular, entendido como la alianza de las clases sociales que constituían «el pueblo», Bloque al que acompañaban la presión permanente por cuajar cuanto antes ese partido obrero único de la revolución sobre el modelo leninista-estalinista. Dado el dudoso honor de haber sido España el primer ensayo de democracia popular, Elorza y Bizcarrondo explican con meridiana claridad cómo la versión de Bloque Popular –que, por cierto, era la de los dirigentes comunistas españoles sin excepción– conducía con toda naturalidad a la estalinización que sufrieron estos regímenes en el centro y sudeste de Europa de 1945 en adelante; procesos –conviene puntualizarlo– entre los que destacó por su brutalidad el búlgaro, dirigido por el comunista-democrático Dimitrov.

Elorza y Bizcarrondo convierten, sin embargo, el Frente Popular en punto de partida posible para un modelo alternativo de socialismo y de transición al socialismo, conforme a lo que, cuarenta años después, vino a considerarse antecedente de los planteamientos eurocomunistas. El lector se ve sometido de esta forma a la alternancia de descripciones de un crudo realismo, susceptibles de ser tachadas de anticomunismo (grosero por definición), y especulaciones racionalizadoras y sin duda ilusionantes sobre esa misma política comunista.

LA DEMOCRACIA DEL FRENTE POPULAR

Un caso típico es el enfrentamiento entre el gobierno del Frente Popular y el POUM cuando los sucesos de la primavera de 1937 en Barcelona. Los autores distinguen netamente entre la tentativa de convertir al secuestrado y asesinado Nin y demás dirigentes del POUM en agentes de Franco y la Gestapo con pruebas falsas (asuntos en los que Togliatti y José Díaz tuvieron una responsabilidad directa), y el carácter objetivamente provocador de la política del POUM contra la República del Frente Popular asediada por el fascismo. Sin embargo, Elorza tiene argumentado el proyecto democrático de Lenin en 1917, y la política de Nin y del POUM no fue más provocadora de lo que lo había sido la del jefe bolchevique contra el gobierno provisional de socialistas revolucionarios y mencheviques a los que derribó manu militari en octubre de aquel año con los alemanes a las puertas de Petrogrado. La provocación venía dada en realidad por la misma política leninista de insurrección armada y guerra civil contra la democracia burguesa y el socialismo reformista que la Internacional Comunista, conforme al canon de su fundador, mantuvo desde 1919 a 1933.

Por otra parte, no puede olvidarse que el leninista Nin trataba de seguir adelante con la revolución sindical de julio de 1936, cuando las milicias y comités sindicales desmantelaron la administración y las instituciones republicanas y procedieron a la colectivización de la industria y de la agricultura en los territorios que controlaban. Antonio Elorza comparte la interpretación del historiador francés Michel RalleLa formación del PSOE, Barcelona, Crítica, 1989.según la cual el origen común bakuninista en la Primera Internacional de los anarquistas y socialistas españoles –las dos fuerzas principales con diferencia del obrerismo español– hizo que ambos tuvieran una concepción básicamente sindical de la revolución y de la nueva sociedad a construir en lugar del capitalismo.

Este es un sólido argumento para entender la excepcionalidad del PSOE entre los partidos socialistas de Europa occidental, ya que el socialismo español, pese a enfrentarse interminablemente con los anarquistas por su aceptación de la política como medio, fracasó reiteradamente en el plano electoral y parlamentario durante cuarenta y cuatro años, a lo largo del régimen constitucional de la Restauración. Cuando por fin llegaron los votos y los diputados en la Segunda República y el PSOE se convirtió en el soporte político fundamental del nuevo régimen, la mayoría del partido y del sindicato socialistas dio la espalda a la democracia en su versión republicana y adoptó un rumbo revolucionario coincidente con la CNT. Esa orientación, luego de asentar un golpe demoledor a la República en octubre de 1934, triunfó en julio de 1936 en medio del enfrentamiento contra el golpe militar. En relación a todo eso, la política del Frente Popular no pasó, para el obrerismo revolucionario, de expediente electoral para alcanzar la amnistía de los presos de la revolución del 34.

Una vez entablada la guerra civil, lo que significó la política comunista del Frente Popular contra una revolución sindical incapaz de enfrentarse a las exigencias de la guerra, no fue la defensa de ninguna democracia constitucional, sino la proyección sobre sus aliados de los efectos de la bolchevización que se había impuesto en un minoritario y marginal PCE desde 1932. Fue entonces cuando el grupo dirigente díscolo de Bullejos, Trilla y Adame fue sustituido, entre otros, por un enfermo crónico, José Díaz, y una oradora de mitin de gran éxito y escasas luces, Dolores Ibárruri, según describe la obra de Elorza y Bizcarrondo con exhaustivo detalle. Lo que se puede entender es que, como en todas partes, la bolchevización del PCE supuso la aceptación incondicional de la primacía de los intereses del Estado soviético por encima de los nacionales, y el sometimiento de los dirigentes del partido al gobierno ultracentralizado de la Internacional y sus delegados (con el único derecho a sugerir, quejarse o advertir por parte española), lo cual incluía la conformidad implícita con poner el cuello y aceptar el paso de equivocados a renegados si las circunstancias lo exigían.

Importa añadir a lo planteado por los autores en este punto, que lo que movía a los comunistas españoles a aceptar ese papel no era sólo su encendido amor al socialismo que se construía en la Unión Soviética, sino, como en todos los demás partidos comunistas, saberse miembros de una vanguardia autorizada por la palabra y el ejemplo de Lenin y Stalin (y Trotski) a utilizar no importaba qué medios con tal de meter la realidad que creían conocer «científicamente» en sus esquemas ideológicos revolucionarios. Prueba de ello es la mezcla de increíble ignorancia y pedantería que acompañó a la santificación marxista del mito republicano de que en España no había habido una verdadera revolución burguesa. Una excusa de apariencias científicas que permitía adoptar la política revisionista del Frente Popular respecto de la doctrina leninista de la dictadura del proletariado, sin entrar para nada en la crítica de ésta y sus consecuencias.

En plena guerra civil, potenciado de modo excepcional por la ayuda soviética, el PCE se orientó a configurar un régimen de pluralismo limitado (por definirlo finamente), vigilado cada vez más estrechamente por el creciente protagonismo comunista en el ejército y la policía populares. Este régimen, con el pretexto de arrancar las raíces del fascismo, excluía por definición toda fuerza política situada extramuros del Frente Popular (y así hubiera sido también de ganar la guerra), y no consideraba la posibilidad de alternancia, pues la fusión de socialistas y comunistas seguía siendo para el PCE un objetivo prioritario, mientras los republicanos aparecían como un elemento a extinguir. Al final, la avasalladora presión de la línea frentepopulista del PCE, aferrado a una posición de guerra hasta el fin, pero cuajada de fracasos militares, suscitó un odio universal que lo aisló.

Por muchas que fueran las lacras del régimen oligárquico de la Restauración o la endeblez de la constitución de la República burguesa del 14 de abril, conviene no ignorar que el obrerismo revolucionario en general, y el leninismo especialmente, despreciaron siempre el gobierno conforme a principios de universalidad y legalidad, salvo con fines instrumentales. Sin embargo, uno de los motivos de optimismo que ofrece el trabajo de Elorza y Bizcarrondo en medio de toda la confrontación anterior, consiste en que la República del Frente Popular, en plena guerra, contara con suficientes resistencias jurídicas como para impedir el proceso y purga al estilo soviético del POUM e investigar la desaparición de Nin y protestar por ella. Destacan los autores el comportamiento de dos vascos: el nacionalista Irujo, ministro de Justicia, y el socialista Zugazagoitia, de Gobernación. La verdad es que si se repasan los testimonios, recogidos por BollotenBurnett Bolloten, La guerra civil española, Madrid, Alianza, 1989, págs. 778-780., de otros dos socialistas moderados como Simeón Vidarte, subsecretario de Gobernación, y Gabriel Morón, director general de Seguridad, sobre las iniciativas de los dos primeros, por no hablar de la actitud de personajes fundamentales como Negrín, Prieto o Azaña, no se encuentran motivos para ninguna clase de entusiasmo jurídico o constitucional.

Hay que ser muy optimistas, ciertamente, para hablar de Estado de derecho en España después de lo ocurrido durante el año 1936, cuando un siglo de liberalismo quedó reducido a cenizas y Franco sólo tuvo que venir a sentarse sobre ellas. En todo caso, los consejeros de la Internacional Comunista y la dirección del PCE interpretaron unánimes estas limitadas resistencias como el ascenso de un clima anticomunista intolerable, hasta el punto de que la Internacional y el PCE oscilaron asombrosamente entre retirarse del gobierno o tomar todo el poder. La política de Stalin respecto a la República española, inteligente por su moderación –según los autores– no implicaba que confiara en su triunfo en la guerra civil. No por eso dejó de insistir en mantener a todo trance su respetabilidad constitucional y burguesa y cobró su apoyo militar exactamente a precio de oro, pero la mayor o menor duración del conflicto dependía para él de su utilidad como medio de presión sobre la política exterior de Francia y Gran Bretaña para que se aliaran con la URSS. El caso es que, tras la pérdida de Cataluña por el Frente Popular y rotas las comunicaciones con Moscú, de donde dejaron de manar instrucciones en el momento más comprometido, pero también más oportuno, la situación gubernamental en el bando republicano evolucionó aceleradamente hacia la desbandada, y más tras el golpe de Casado, hasta entonces militar de confianza del PCE.

En definitiva, los archivos de Moscú no han deparado hasta ahora revelaciones espectaculares, aunque sí la muy fundamental de despejar toda duda sobre el control absoluto del PCE desde Moscú, principalmente en una etapa crítica como lo fue la guerra civil. Lo que Elorza y Bizcarrondo no abordan, so pretexto de esta ausencia de novedades sustanciales, es qué significado conserva el concepto de antifascismo si, al contrario de lo que ocurría en los años sesenta y setenta, ya no parece oportuno reivindicar la revolución sindical, y carece de verosimilitud considerar democrática la política del Frente Popular, especialmente durante la guerra civil. Los autores ofrecen a modo de paliativo un comunismo democrático y un Frente Popular posibles frente al colectivismo y el Bloque Popular reales.

EL PAPEL POLÍTICO DEL CULTO A LA URSS

Hay en Queridos camaradas un argumento importante y es que los reiterados fracasos de la política de la Internacional Comunista en España se vieron neutralizados por el culto a la URSS en los medios obreros e intelectuales de izquierda. Precisamente la formación y vicisitudes de la imagen del bolchevismo, la de la Rusia soviética y de sus efectos en la política obrera y entre los intelectuales españoles, de 1917 a 1931, están analizados de modo excelente en el libro de Juan Avilés Farré, La fe que vino de Rusia. El autor, con una extensa producción caracterizada por el interés de los temas y la sensatez y sentido crítico de los análisis, ha recopilado en esta ocasión el seguimiento periodístico y bibliográfico del fenómeno soviético en España por parte de las principales corrientes políticas, junto con las opiniones de los intelectuales españoles y las de los extranjeros cuyos planteamientos tuvieron aquí una repercusión especial, como fue el caso de Máximo Gorki. Avilés incluye también la cuestión decisiva de los viajes a la URSS y el modo en que las autoridades soviéticas se las ingeniaban para que los visitantes vieran aquello que querían ver o no interpretaran negativamente lo que veían.

La conclusión más importante que cabe extraer del análisis de Avilés es que el problema de la valoración del régimen soviético no residió en la información. Aunque la prensa española carecía de grandes corresponsales internacionales, con la excepción relativa de las crónicas de Sofía Casanova para ABC, o las colaboraciones en El Sol del menchevique refugiado en España que se hacía llamar N. Tasin, prensa, libros y traducciones permitían al español interesado hacerse una idea bastante exacta del bolchevismo y del tipo de sociedad que estaba alumbrando, con la excepción relativa, a comienzos de los años treinta, de los gigantescos costes humanos que implicó la colectivización. Otra cosa era la capacidad para interpretar esos datos y las conclusiones que permitían las posiciones políticas de cada cual. Observadores perfectamente capaces de entender la tiranía política que representaba el régimen de partido único y la impunidad de la policía política, terminaron proclamando una actitud esperanzada hacia la Rusia soviética por simple compromiso revolucionario; fueron los casos del sindicalista Ángel Pestaña y del propio Gorki.

Era típico de los británicos, que no podían imaginar en su tierra un régimen comparable, llegar a la conclusión de que el bolchevismo era aceptable para Rusia por razones históricas o de la injusticia padecida bajo el zarismo o porque se buscaba un desarrollo económico acelerado. Con importantes diferencias, esa fue la conclusión de un Bertrand Russell y de un H. G. Wells, que además atribuían al capitalismo internacional una gran parte de responsabilidad en el pasado, presente y porvenir de Rusia. Si, por el contrario, se vivía en Alemania, se era leal a la democracia y se veía el bolchevismo como una amenaza mortal para ésta, caso del socialdemócrata Karl Kautsky, el resultado era una crítica política implacable, tan certera hoy como cuando se formuló en 1918.

Esa polémica decisiva de Kautsky contra la apología de la dictadura terrorista por parte de Lenin y, especialmente de Trotski, era perfectamente conocida en España a la altura de 1921. También fue muy valiosa la información del citado menchevique Tasin para comprender el curso dictatorial del bolchevismo antes y después de la toma del poder, si bien, como toda la izquierda democrática rusa a la que pertenecía, creía, a pesar de todo, que Lenin era preferible a Kornílov y los generales blancos. Los anarquistas y anarcosindicalistas por su parte, después de muchos equívocos producidos en gran parte por el deslumbramiento con los soviets, las tesis semianarquistas de Lenin en El Estado y laRevolución y los intentos de atraérselos por parte de la Internacional Comunista, llegaron a la firme conclusión de que allí donde triunfaran los comunistas ellos serían eliminados antes o después; pero eso no implicó su conversión a la democracia. Mucho más oscilante resultó la posición de los socialistas españoles. Ésta pasó de la desconfianza hostil hacia los bolcheviques de un partido aliadófilo durante la primera guerra mundial, hasta el desbordamiento del entusiasmo prosoviético en las filas socialistas, cuando tras la crisis capitalista de 1929 y el éxito paralelo de propaganda que supuso la colectivización e industrialización forzada estalinianas, los fascismos avanzaban, y Largo Caballero pasó de antiguo consejero de Estado de la dictadura de Primo de Rivera y ministro de Trabajo de la Segunda República, a «Lenin español». Los comunistas estaban condenados a la apologética de la URSS, pero tampoco es que el anticomunismo abriera per se el camino de la lucidez. Avilés pone de relieve el trasfondo de antisemitismo que recorría no sólo los análisis de esa orientación, sino otros muchos efectuados desde la izquierda. El bagaje antisemita constituía una especie de comodín con el que aparentar un saber sobre la URSS del que, en realidad, se carecía. Y es que todo el libro viene a poner de manifiesto hasta qué punto era difícil una crítica lúcida del mito soviético y sus fundamentos políticos y económicos en sus quince primeros años. Por lo mismo, puede afirmarse igualmente que hay muy pocos elementos doctrinales de contraste tan eficaz como éste para poner a prueba el papel efectivo de la libertad y la democracia en la trayectoria del obrerismo español, así como su sentido de la modernidad.

01/04/2000

 
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