ARTÍCULO

Juego de espejos

Siruela, Madrid, 1996
Traducción de Carlos Fortea
80 págs.
 

En los títulos de crédito de la versión castellana de esta obra se explica lo que se ve en la cubierta del libro con estas palabras: «Pies de Robert Walser. Fotógrafo desconocido». El grabado tiene que ver, naturalmente, con el título del relato, que es lo que nos proporciona el hilo conductor de su contenido. Un paseo por la ciudad, y también por sus alrededores, con distintas «estaciones»: el profesor Meili, la librería, la señora Aebi, los trabajadores de una fundición, el gigante Tomzack, una visita al inspector de Hacienda en la que el protagonista pide que no se le aumenten los impuestos.

El paseo y el viaje, cuando éste no es «de negocios», son un traslado humano ocioso. Paseo y viaje, en nuestra tradición de escrituras, constituyen una categoría existencial ligada a actividades, también ociosas, como la reflexión filosófica, la autoconstrucción personal y la creación literaria: desde los itineraria espirituales, pasando por las ensoñaciones del paseante solitario Juan Jacobo Rousseau y la «novela de formación», donde sus protagonistas están siempre viajando, ¿hasta el presente relato?

El yo narrador de El paseo es un escritor –¿el autor?– deambulando por la ciudad y sus alrededores en busca de inspiración literaria. Aparte de las «estaciones» mencionadas, un nutrido número de temas de la mentada tradición desfilan por estas setenta páginas: una posada, en la linde de un bosque, con una niña que canta arias de Mozart; una casita solitaria, habitada seguramente por una viejecita, solitaria también; la Muerte –llegamos a oír: «¡si pudiera sentir y gozar la Muerte en la Muerte!»–, e incluso la novela Godwi de Clemens Brentano.

Todo ello, además del tono del lenguaje, muy bien imitado por el traductor, no deja lugar a dudas de que se trata de una visión irónica, «sub specie comoediae», del paseo, del ocio y de la «creación escrita»: el paseo y la actividad literaria, prácticas ociosas enlazadas por la relación causa (u ocasión)-efecto, algo que se dice explícitamente en el relato; pero esto pone ya en cuestión el carácter ocioso del paseo. Además, la actividad literaria es un ocio negocioso, necesario para el negocio (nec-otium) de los libros, en el que se encuentra metido el autor-narrador, como las «estaciones» de la librería y de la visita al inspector de Hacienda demuestran sin lugar a dudas. Pero todo esto, visto desde el patio de butacas. Y, dando otra vuelta de tuerca a este juego, podemos señalar que el lector del libro, teniendo en sus manos un artículo inserto en una red negociosa, puede verse a sí mismo practicando una actividad de ocio. Algo así: el negocio del ocio, el ocio necesario para el negocio del ocio. Y así sucesivamente ad infinitum. No se sabe bien quién es aquí el que pasea y qué piensa del paseo y de la actividad literaria; se habla incluso de escribir una obra titulada El paseo. El autor paseante, ¿es Robert Walser? Podría ser. Tal vez esta increíble pirueta irónica se le ocurrió al novelista alemán durante un paseo, y él mismo quiso reírse de este paseo y de esta ocurrencia. Un juego indefinido de espejos emparentado con aquel juego lógico que consiste en escribir en las dos caras de una papeleta esta frase: «Lo que está escrito en el reverso de esta hoja es falso». La edición de Siruela no podía tener mejor portada: del autor, Robert Walser, sólo se ven los pies –y las piernas hasta las rodillas–; la parte «superior» –en el sentido real y figurado de este término– del fotografiado se ve sólo en forma de sombra proyectada en el suelo.

01/03/1997

 
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