ARTÍCULO

Al borde del Imperio

Taller de Mario Muchnik, Madrid
234 pp. 21 €
 

Volvamos a un día 17 de marzo del año 45 antes de nacer Cristo. En las inmediaciones de la actual localidad de Osuna, centro geográfico de Andalucía, más de cien mil hombres empuñan la espada dispuestos a batirse bajo un sol de primavera. A un lado, los sublevados hijos del depuesto Pompeyo, Cneo y Sexto, han logrado reunir un ejército formado por pobladores naturales de la Hispania conquistada, es decir, íberos, celtíberos y algunos esclavos rebeldes. Frente a ellos, las centurias romanas de Julio César, conquistador de las Galias, quien busca imponer su mandato de forma definitiva. Entre las filas de este último se encuentra Lucio, el guerrero al que Matamoro da vida y voz en su libro El pasadizo, un relato donde se entremezclan la ficción y realidad histórica.
Con las memorias de Lucio volvemos a los años finales del período conocido como la República, volvemos a la gestación de un nuevo modelo político y social para Roma, volvemos al origen de Occidente de la mano de un pagano de familia patricia que deambula por el mundo que Julio César conquista. Lucio, a través del recuento de los hechos de su vida, consigue a ratos ponernos en las sandalias de un hombre de otra época, pero con la conciencia del hoy: con algo de buena voluntad el lector se romaniza al entrar en este pasadizo dispuesto por Matamoro para acortar las distancias históricas. En realidad, la voz de Lucio se muestra como la de un hombre de transición, cuya ambición en la guerra es ganar la experiencia suficiente para poder plasmarla en un libro.
«–¿Qué carrera has elegido, Lucio? –Quiero ser escritor, César. –Pues entonces lo mejor será que te alistes en el ejército». El consejo recibido en su juventud proviene del general que hará de la combinación del oficio de la guerra y el de las letras un ejemplo brillante. Basta recordar que en De Bello Galico, Julio César despliega una de las prosas más depuradas y claras escritas en latín. Pero donde César pone ambición y magnitud, Lucio dispone una vida imprecisa, una vida que se enreda con sueños repetitivos, con encantaciones y danzas, con el amor homosexual hacia un esclavo africano, con la lectura de las entrañas de un pájaro, con las idas y venidas entre una Roma que crece y se desborda, y una España llena de bárbaros, de caminos por construir, de castros desperdigados y remotos en los que resuenan lenguas anteriores al obligatorio latín.
Con los elementos mencionados podría entenderse que El pasadizo se ubica dentro del formato de una novela histórica. Sin embargo, este género hoy tan en boga suele presentarse como una combinación de hechos del pasado sazonados con trazos de pasión, sangre e intriga, que se cocinan con ánimo de obtener un thriller de aprovechamiento didáctico. Ante eso, la novela del periodista y escritor hispanoargentino Blas Matamoro ofrece una versión muy distinta. Se trata más bien de un texto cuya virtud es esquivar el formato narrativo característico –evitando apreciaciones maniqueas o suposiciones incuestionadas– para ofrecernos la oportunidad de atisbar las memorias de un hombre de otra época, con sus cavilaciones, sus desvíos, sus contradicciones.
Con las memorias de Lucio nos adentramos en días cruciales para el destino político de Roma, aunque sin la consciencia omnisciente de un hombre que se sepa «haciendo historia». Ni héroe ni villano, Lucio intenta simplemente averiguar cómo vivir en las postrimerías de la guerra civil, en una capital romana intranquila, cuyas calles se llenan de ruido y de rostros venidos de todas partes del Imperio. Es importante recordar también la presencia epicúrea presente en este período: por estos días, Lucrecio describe la naturaleza de las cosas y aclara que los dioses han dejado de intervenir en los hechos de los hombres, que el alma no vive más allá del cuerpo, que esta vida es un juego de átomos e ilusiones. ¿Puede considerarse como ataraxia el tono taciturno que caracteriza en ciertos momentos la narración de Lucio en El pasadizo?Con frecuencia se muestra como hombre marcado por lo efímero, por la contradicción universal de estar vivo. Otro amigo de Lucrecio, Catulo, escribía por esos días aquel díptico «Odi et amo. Quare id faciam fortasse requiris. Nescio, sed fieri sentio et excrucior», que en versión de Ernesto Cardenal se lee: «Odio y amo. Tal vez me preguntéis por qué. No lo sé, sólo sé que lo siento y que sufro».
En el siglo XX de la era cristiana, un erudito avecindado en Buenos Aires de apellido Borges sostenía que la vida se transmite y perdura a través de los siglos por efecto de la palabra. Una de sus demostraciones más esclarecedoras quedó plasmada en un relato perfecto de cinco actos y veintiuna páginas que tituló «El inmortal», donde cuenta la historia de un tribuno militar romano que, al saciar su sed en un remoto paraje del desierto eritreo, contrae la inmortalidad. Luego pasan los siglos y los paisajes, y ese hombre tiene tiempo de hacerlo todo, de ser rey y mendigo, ladrón y juez. Tiene tiempo también para escribir las grandes obras de la literatura universal. Según esta tesis, el Quijote puede escribirlo cualquiera: sólo es cosa de tener tiempo hasta dar con su formulación. Con Blas Matamoro entramos por otra puerta al palacio de las cosas que perduran, y oímos la voz de un mortal de otra época cuyas preocupaciones se perpetúan en perfecta consonancia con las dudas que aún hoy nos atenazan. El pasadizo indaga hasta qué punto seguimos siendo romanos, cómo nuestras inquietudes vuelven a presentarse una y otra vez, por más que avance la historia. «Siempre sueño las mismas cosas» es la primera frase del libro. Y es también la última. 

01/08/2008

 
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