ARTÍCULO

Carpe diem

Alfaguara, Madrid, 1998
304 págs.
 

Cuando un adolescente en quiebra emocional y académica, prisionero en la ciudad levítica de Ordial y abandonado a sus propios recursos por la diáspora vacacional recibe la primera llamada telefónica de su solitario verano, lo último que espera es escuchar una voz de ultratumba diciendo «Aquí la Eternidad»; pero esto es exactamente lo que sucede en la más reciente novela de Luis Mateo Díez, El paraíso de los mortales. A partir de ahí, Mino Mera, el aturdido héroe de la historia, inicia un descenso órfico a las zahúrdas de su población natal, siguiendo los pasos de su difunto y desconocido tío Fabio, la oveja negra de la familia.

El recorrido del muchacho da primeramente en una pensión de opereta bufa, antesala del patio de Monipodio general en que se afinca el grueso de los personajes de la obra. En la Pensión Eterna, una troupe sorprendente cuya filiación circense tampoco oculta el narrador, va dando al muchacho las primeras noticias de su difunto tío, que en conjunto, lo presentan más como un infeliz que como un réprobo, aunque una heterodoxia pasión por el conocimiento lo haya llevado a una vida desordenada de tahúr, donjuán e infortunado bohemio. Un verdadero amor contrariado y muchas noches en claro persiguiendo lo perdido o lo imposible son el resumen de su existencia, desconocida por su sobrino hasta la hora en que le es comunicada su muerte. Tras una memorable odisea a la que asiste Mino como actor desconcertado y no pocas entrevistas con los conocidos de su tío, el joven acaba descubriendo el sentido de las rocambolescas peripecias en que se ha visto envuelto de forma involuntaria; en el camino habrá dejado atrás la adolescencia y la ingenuidad para siempre.

Se mezclan en esta novela los más distantes polos de lo verosímil y lo inverosímil, lo real y lo fantástico sin solución de continuidad y sin que del contraste surja la desavenencia interna de la obra. La fábula se aferra a ciertas requisitorias realistas, por lo que acaba reconduciendo lo fantástico al terreno de lo racionalmente explicable. Sin embargo, la narración no oculta sus querencias hacia lo maravilloso, por cuyas juntas asoma la carga de aquellas historias que la narración oral depositó en la conciencia colectiva de las generaciones mayores: las viejas historias de aparecidos y las no menos antiguas aleluyas que daban cuenta de acontecimientos insólitos o sobrecogedores depositan su herencia en varias historias de esta historia. Asimismo, en los recodos finales del relato, abundan los parentescos mitológicos de este moderno Ulises en forma de un Hades redivivo en la figura del siniestro profesor Delerio, asistido por un triste Cerbero, al que es afín el can Calvado sin que tampoco falten unas supuestas nereidas cuya valiosa filosofía será un merecido regalo para el joven protagonista. El espacio en el que transcurre la obra –básicamente la ciudad de Ordial, provinciana y anclada en el tiempo de nunca jamás– contribuye a la claustrofobia del precario héroe: la Pensión Eterna, las oficinas del «Vespertino», el Dordelar y el Sanatorio del Muergo presentan el asedio del tiempo y la carcoma de la desidia; por contraposición, el Edén en el que Fabio ha dejado dispuesto que se entierren sus restos mortales –el merendero «El Edén de Melchor Nidio», entiéndase– acaba pareciendo a la irreal luz de la luna un lugar digno de su nombre.

Múltiples historias se engarzan a la trama principal, narradas sin afán dogmático. Sobre todas ellas repercute un halo misterioso que las torna inciertas o susceptibles de interpretación, como se confirma por las distintas variantes que de los mismos hechos narran los personajes. En el reino de la fábula nada es verificable, y sólo puede constatarse el escepticismo de quienes responden a las preguntas de Mino, que insiste en tener de todas ellas una versión fidedigna. Pertenecientes al pasado legendario de los personajes, prestigian su ruinoso presente y contribuyen a crear cierta atmósfera de irrealidad en el relato. Que éste vire insistentemente del lado del humor es en buena medida el resultado de un violento choque entre la severidad expositiva de los personajes y su condición grotesca.

El absurdo de ciertas situaciones se refuerza con el lenguaje altisonante de quienes intervienen en las diversas escenas propensos a disimular su escasa relevancia social y humana con una dicción afectada que redunda en mayor comicidad de la obra. La jerga de los personajes –algunos de los cuales poseen marcados rasgos de estilo individual-se despacha con una curiosa mezcla de tono elevado y pretensiones pseudointelectuales, sentencias morales –no siempre de una moralidad convencional-entreveradas con patas de banco y perlas del saber popular.

El retrato de la abigarrada humanidad que puebla el relato adopta un variado registro que, sin descontar cierta dosis de idealismo, oscila más resueltamente entre la caricatura mordaz y el esperpento más o menos amable. Sin contar con el desaguisado que la onomástica comete con muchos de ellos, los personajes de la novela componen una fauna humana regularmente marginal y a pique de desguace, formada por ánimas en pena, supervivientes de sí mismos, truhanes bondadosos o desalmados, mujeres sabias y rezongonas y otras especies que arrastran el común denominador del fracaso y la soledad. La obra abunda en largas peroratas solipsistas con las que los personajes parecen interrumpir el hilo de sus propios pensamientos y la paz espiritual del incierto héroe novelesco.

Los días que Mino Mera invierte en custodiar los despojos de su tío y en entrevistar a quienes le conocieron, llegan a hacer de su tío Fabio la contrafigura de don Suero y don Rito, el padre y el maestro del joven, respectivamente, desmontando los valores en que su autoridad –despiadadamente ejercida– se asentaba. En contrapartida, el joven va recibiendo –no sabemos con qué provecho– algunas lecciones hedonistas en las que los personajes más amables de la obra parecen fundar su sabiduría. Ese parece el legado espiritual de Fabio: la vieja incitación al carpe diem, a una lección de vida que consiste en la vida misma.

01/04/1999

 
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