ARTÍCULO

El panóptico ciudadano. Fenomenología del «afuera»

 

En su poema «El cisne» (incluido en Las flores del mal), Charles Baudelaire dejó sentado un preciso diagnóstico de la modernidad: «La forma de una ciudad cambia más deprisa que el corazón de un mortal». Y como si quisiera levantar acta de semejante iluminación, este libro de Manuel Delgado también explora en profundidad un argumento análogo: las formas elementales de la vida urbana (por parafrasear el célebre título de Durkheim) son tan indefinibles como indescifrables, de puro evanescentes y aleatorias. Lo cual puede sonar provocador, a fuer de paradójico, pues la trama urbana tiende a revestirse con unas formas materiales caracterizadas por su abrumadora rotundidad aplastante. Pero es que aquí se habla de la vida urbana, no de la materia inerte que la soporta, la circunda y la hace viable. Y la vida urbana no tiene forma (ésa es la hipótesis de Delgado), o mejor dicho, admite todas las formas posibles sin que se fije ni coagule durante mucho tiempo en ninguna fórmula canónica, lo que equivale a sostener que es pura informalidad informe. Pues, como ya habrá adivinado el lector, la vida urbana a que se refiere este libro no es la vida de sus habitantes (los mortales de Baudelaire), que sobreviven en el interior de casas, comercios, oficinas y fábricas, sino la vida de sus interacciones urbanas (efímeras, casuales y contingentes), que transcurren en el afuera de los edificios: en el exterior de calles, aceras y plazas. He ahí la dialéctica básica propuesta por Delgado, basada en la contradicción entre la polis (el interior-adentro de la ciudad institucional) y la urbs: el tráfago urbano que medra y prolifera en el afuera-exterior, colonizando y parasitando como piojo entre costura el hinterland de las instituciones ciudadanas. O como también lo expresó Richard Sennett (autor predilecto de Delgado) con el título de su libro sobre la ge­nea­lo­gía del espacio público: Carne y piedra. La carne mortal de los habitantes, cuyas relaciones espontáneas tanto recurrentes como ocasionales constituyen la trama de la vida urbana, y la piedra formal de las instituciones civiles que la soportan, la encierran, la constriñen y la regulan, sin lograr por eso someterla jamás.
Extraño objeto de estudio este, el elegido como propio por Manuel Delgado, al que bien podríamos llamar el panóptico ciudadano, dado que rastrea las múltiples perspectivas recíprocas de omnivisibilidad generalizada que adoptan los viandantes al cruzar sus pasos y sus miradas sobre la arena y la piedra (o el fango del macadán) del espacio urbano. Un objeto que el autor ya ha venido frecuentando en varias ocasiones anteriores desde aquella primera visita que le hizo acreedor del Premio Anagrama de ensayo 1999 con su libro El animal público, antecedente directo del que ahora estoy comentando. Y un objeto este que ha venido a distraerle de su anterior dedicación profesional a otros objetos privativos de su peculiar carrera como antropólogo social e histórico, primero centrado en las tauromaquias, después en la iconoclastia anticlerical, materias ambas de las que llegó a ser una autoridad de referencia obligada. Pero un objeto, en fin, que comparte o se dispu­ta con otros profesionales de las ciencias sociales interesados en la misma materia, por el estilo de sociólogos urbanos y arquitectos urbanistas, cuya solvente demanda institucional les hace creerse poseedores de un saber paradigmático a salvo de intrusos políticamente incorrectos como Manuel Delgado.
En este sentido, puede resultar muy aleccionador comparar su libro con otros análogos, pertenecientes al mismo género literario del ensayo sobre la vida urbana. Por ejemplo, el reciente que ha publicado Olivier Mongin (director de la revista Esprit) sobre la posciudad deslocalizada por la globalización, que también esgrime además la misma dialéctica de oposición entre el afuera-exterior y el adentro-interior de lo urbano-ciudadanoOlivier Mongin, La condición urbana. La ciudad a la hora de la mundialización, trad. de Alcira Bixio, Buenos Aires, Paidós, 2006. Un ensayo convencional sobre el urbanismo contemporáneo, inspirado en la perspectiva global propuesta por Castells. Véanse Jordi Borja y Manuel Castells, Local y global, Madrid, Taurus, 1997; y Jordi Borja, La ciudad conquistada, Madrid, Alianza, 2005.. Pero como las comparaciones suelen ser odiosas, nada de común hay entre un texto y otro. Mongin defiende el lugar local (incluso el espíritu del lugar: el genius loci) frente al «no-lugar» global, apuesta por el «ciudadanismo» tolerante con la diversidad intercultural y, por supuesto, extrema su corrección política en la defensa democrática del espacio público institucional. Mientras que, en cambio, Manuel Delgado, como buen iconoclasta, se sitúa provocativamente en las antípodas de la corrección política, y para ello apuesta por el «no-lugar» frente al lugar, rechaza explícitamente la tolerancia intercultural otorgada desde arriba y desconfía –disconforme– de toda reconstrucción del espacio público institucional. En suma, si Mongin a modo de resumen propone como lema la fórmula «de la lucha de clases a la lucha de lugares», Manuel Delgado postula a contrario la expresión opuesta: «de la lucha de identidades (culturales) a la lucha de clases». De ahí que la música de su libro recuerde mucho más los airados panfletos políticos de los geógrafos radicales (como David Harvey) o los urbanistas subversivos (como Mike Davis) que se indignan contra la devastadora injusticia del urbanismo actualDavid Harvey, Espacios del capital, trad. de Cristina Piña, Madrid, Akal, 2007; así como David Harvey, Espacios de esperanza, trad. de Cristina Piña, Madrid, Akal, 2003; Mike Davis, Ciudades muertas, trad. de Dina Khorasane, Madrid, Traficantes de Sueños, 2007; y también Mike Davis, Ciudad de cuarzo, trad. de Rafael Reig, Madrid, Lengua de Trapo, 2003..
Y este carácter polémico explica también la factura inconexa y algo descoyuntada del libro, como corresponde a su carácter de pieza o eslabón de una obra en marcha. Casi todos los capítulos proceden de conferencias previas, algunas pronunciadas en Latinoamérica, agrupándose convencionalmente en dos partes diferenciadas: la primera de contenido metodológico, incluyendo una árida lección académica («El corazón de las apariencias») que se despega del resto de la obra; la segunda de análisis de campo sobre el terreno callejero, que es donde más brilla el genio del autor (si exceptuamos su convencional cuota de género). Un libro, en suma, que se merece como pocos el subtítulo elegido por Delgado en homenaje a Gregory Bateson (una paráfrasis de «Pasos hacia una ecología de la mente»), inventor del double bind e inspirador del framing de Erving Goffman, el autor más citado del índice final, de quien procede la dramaturgia territorial (adentro/afuera, interior/exterior, privado/público) utilizada por Manuel Delgado en todos sus ensayos de etología callejera.

01/09/2007

 
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