ARTÍCULO

El paciente español

Agualarga, Madrid
269 págs. 16 €
 

Desde finales de los años cincuenta, el general Franco adoptó un papel cada vez más pasivo en los asuntos políticos, decantándose por una actitud vigilante, dejando hacer a sus ministros. Cazar, disparar, pescar y ver cine y, más tarde, televisión, ocupaban una buena parte del tiempo que le quedaba libre tras las interminables audiencias tanto civiles como militares. Los años de inversión en terror seguían aún dando sus frutos, que se traducían en el miedo que atenazaba a buena parte de la oposición. Eso, combinado con un gran aparato de seguridad, garantizaba que tuviera pocos motivos para pensar que su poder se viera amenazado. El único ámbito al que puede decirse que dedicaba plenamente su atención era el relativo a la sucesión. Había optado por una estrategia lenta en la Guerra Civil y puesto en marcha una represión masiva a continuación, precisamente para garantizar que su régimen durara mucho tiempo. El Reich de los mil años de Adolf Hitler no era para Franco: el Caudillo soñaba más bien con un régimen eterno. A finales de los años cincuenta, sus camaradas y consejeros más íntimos, especialmente el general Camilo Alonso Vega y el almirante Luis Carrero Blanco, empezaron a insistirle con una vehemencia cada vez mayor en que hiciera los planes para la sucesión. Ya lo había hecho hasta cierto punto en 1947 con la Ley de Sucesión, que había declarado que España era una monarquía sin un rey y con Franco, a quien se le concedía el poder de nombrar a su sucesor real, como regente vitalicio. Ahora, tomar una decisión significaba reconocer su propia mortalidad, de modo que Franco lo hizo con una lentitud propia de un cangrejo. El camino que tomó fue dar instrucciones a los funcionarios competentes para que redactaran borradores de más leyes constitucionales que vincularían al eventual sucesor y le impedirían cambiar el régimen. Así, cuando Franco pronunció las palabras ahora famosas «Todo está atado y bien atado», podría haber dicho igualmente «Mi sucesor está atado y bien atado». Sin embargo, su eventual elección de Juan Carlos de Borbón aseguraba que muchos de los partidarios más extremos del Caudillo no compartieran su confianza en que el juramento de lealtad a las Leyes Fundamentales y las instituciones del Movimiento del sucesor designado garantizaría la supervivencia del régimen intacto. Según iba pasando el tiempo y los signos de la mortalidad del dictador pasaban a ser cada vez más inconfundibles, una suerte de espantosa paranoia se apoderó de los partidarios de la línea dura, conocidos colectivamente como el «búnker», y más especialmente de aquellos que se sentían más vulnerables, el propio círculo íntimo del dictador: su esposa, su yerno Cristóbal MartínezBordiú y otros de la llamada «camarilla de El Pardo». Recelosos de las posibles intenciones democráticas de Juan Carlos, tanto doña Carmen como su yerno esperaban verlo sustituido como sucesor por Alfonso de Borbón Dampierre, que estaba casado con María del Carmen, nieta del Caudillo. Algunos meses antes de la agonía final del dictador, Cristóbal había brindado por su hija y Alfonso en un restaurante de Madrid como «el futuro rey don Alfonso XIV y la princesa más bella de Europa»José Luis Palma Gámiz, El paciente deEl Pardo (Madrid, Agualarga, 2004).. Cuando Franco se vio aquejado por la primera enfermedad realmente seria en el verano de 1974, la delegación de sus poderes a su sucesor fue brevísima, algo que reflejaba esos temores. Aun así, el sentimiento cercano al terror de la jerarquía franquista se puso de manifiesto durante uno de los episodios más extraordinarios de la dictadura: la última enfermedad del Caudillo en el otoño de 1975, cuando fue mantenido vivo a pesar de los intensos sufrimientos, a pesar del ruego de su hija de que lo dejaran morir en paz y a pesar de la certeza de que todos los esfuerzos por mantenerlo vivo eran en vano. Las reconstrucciones más fidedignas de ese episodio singular y fatídico de la reciente historia española han llegado de las plumas de médicos: del más humano de cuantos se ocuparon de Franco, el doctor Vicente Pozuelo, en su libro Los 476 últimos días de Franco (Barcelona, Planeta, 1980); del más leal de sus empleados, el doctor Vicente Gil, en su libro Cuarenta años junto a Franco (Barcelona, Planeta, 1981); y del gran cirujano Manuel Hidalgo Huerta en su libro Cómo y por qué operé a Franco (Madrid, Garsi, 1976). Y ahora nos llega una de las más interesantes de todas, la del más joven de los miembros de lo que pasó a conocerse como «el equipo médico habitual», los treinta y ocho especialistas de diferentes campos que atendieron a Franco durante las cinco semanas de su agonía final. Por aquel entonces, José Luis Palma Gámiz era un cardiólogo de treinta y un años y, precisamente debido a esa relativa juventud, su fascinante libro aporta una visión más fresca, respetuosa con todos los protagonistas de su relato, pero sin la carga de la reverencia a Franco que impregna las páginas de Pozuelo, Gil e Hidalgo Huerta. Su libro es también notable por la claridad y el realismo con que está escrito. También introduce en su relato no sólo a la familia del dictador, sino también a personajes a menudo olvidados, como Juanito, el fiel ayuda de cámara de Franco, o Nani y Lina, sus enfermeras desde la tromboflebitis de 1974. Lina era una morena alegre y ocurrente de Ceuta, y Nani, una gallega de Santiago de Compostela. Franco estaba completamente hechizado por ella, que a su vez sentía devoción por él, actuando como una madre consentidora, mimándolo y llamándolo «churriño» y «mi rey»Idem, ibidem , pág. 44.. Fue la exposición a los punzantes vientos otoñales de Madrid cuando un débil Franco se dirigió a un enorme gentío en la Plaza de Oriente el 1 de octubre de 1975, lo que desencadenó la intensificación de crisis médicas que culminarían en su muerte cincuenta y un días después. Su yerno era un decidido partidario de que el dictador mantuviera su presencia política y el 13 de octubre le comentó a un colega que se había interesado por su salud que Franco estaba «como un toro». Pero justo el día anterior, al final de un acto en el Instituto de Cultura Hispánica, los espectadores habían visto por televisión a un Franco consumido luchando sin éxito por levantarse de su sillaIdem, ibidem , pág. 55.. El 14 de octubre, tras estar todo el día sonándose la nariz y con otros síntomas de gripe, los primeros signos de la inminente crisis llegarían en las primeras horas de la mañana del 15 de octubre. En la evocadora frase del doctor Palma: «A esas horas, todo el palacio de El Pardo, como es costumbre desde hace cuarenta años, está en silencio y a oscuras». Franco se despertó con un sudor frío y dolores en su pecho, hombros y brazo izquierdo: había sufrido un ataque al corazón, pero insistió en que se trataba simplemente de una indigestión. Cuando el cardiólogo Vital Aza leyó su electrocardiograma y diagnosticó un infarto agudo, se quedó horrorizado cuando supo que Franco se había negado a suspender su programa de trabajo, celebrando incluso once audiencias oficiales el jueves 16 de octubre y viendo películas por la tarde. Profundamente preocupado por lo que esto pudiera acarrear, Cristóbal se mostró reacio a creer a Aza. En contra de los consejos de éste, Pozuelo y otros médicos, Franco insistió en presidir una reunión del gobierno el viernes 17 de octubreIdem, ibidem , págs. 19, 59-60 y 68-78.. Se negó a que los ministros acudieran a su dormitorio o a trasladarse al consejo en una silla de ruedas. Sus médicos, alarmados, le permitieron ir sólo con la condición de que llevara electrodos conectados a un monitor para el corazón que había sido traído desde la Ciudad Sanitaria La Paz. Durante la sesión, su estado empeoró con la noticia de la «marcha verde» marroquí en el Sahara español. Dejando a un lado esta «desobediencia» en que concedió mayor prioridad a las obligaciones de Estado, Franco fue considerado por todos sus médicos como un paciente ideal, deferente y resignado ante la llegada del dolor físico. El sábado 18 de octubre Franco se levantó y trabajó en su estudio por última vez, escribiendo probablemente su testamento y última voluntad con la ayuda de su hija Carmen. El domingo 19 de octubre oyó misa y recibió la comunión. Más tarde, con el doctor Palma, vio el partido televisado en que el Atlético de Madrid derrotó al Barcelona por 3-0. A Palma no le gustaba tener que dormir en El Pardo porque por la noche estaba completamente a oscuras como consecuencia de las órdenes de Franco de que había que apagar las luces para ahorrar energía. A las once de la noche del 20 de octubre, el dictador llamó a la enfermera Lina para quejarse de dolores en el pecho, sudores fríos y vómitos. Tenía otro ataque al corazón. Aunque sus sábanas estaban empapadas de sudor y vómito, nadie sabía cómo entrar en el almacén de lencería para cambiarlas porque, como dijo alguien del servicio, «en cuarenta años en esta casa nunca se ha molestado a nadie después del toque de retreta». Aunque Franco fue capaz de ver una película el miércoles 22 de octubre, su estado había empezado a empeorar gravemente. Como su corazón no bombeaba a pleno rendimiento, la consecuencia fueron signos de líquido en sus pulmones y serias dificultades renales. Incapaz de dormir, se quejaba de severos dolores en los hombros y la región lumbar. Había tenido un tercer ataque al corazón. Su muerte se anunció accidentalmente en las noticias de la ABC en Washington y en diversas capitales europeas. Espasmos de terror sacudieron a las capas más altas de la clase política franquista, temerosas de que el dictador se llevara consigo a la tumba sus privilegios. La mayoría de los médicos que formaban ya parte del cada vez más abultado equipo médico pensaron que debían emitirse informes médicos diarios sobre la evolución del Caudillo, pero lo que el doctor Palma llama «los oscuros intereses de algunos» entraron en juego para mantener la realidad de la situación del Caudillo oculta al pueblo español. Cristóbal Martínez-Bordiú accedió a regañadientes, pero insistió en que los informes deberían utilizar circunloquios muy técnicos como «insuficiencia coronaria con zona eléctricamente inactivable» en vez de «infarto masivo». En varias ocasiones, destacados franquistas instaron a los médicos a «que hiciéramos médicamente lo imposible por mantener al dictador sentado en su poltrona para toda la eternidad». Por contraste, a la esposa y la hija de Franco les preocupaba únicamente que no sufriera innecesariamenteIdem, ibidem , págs. 108-121 y 135-136.. El 24 de octubre, el doctor Palma fue invitado a almorzar con la familia. Se quedó muy impresionado con la calidad del vino que se sirvió y se divirtió con la cháchara de doña Carmen sobre «Adolfo» (Hitler) y «Benito» (Mussolini). Antes de que acabara la comida, llamaron a Palma para que acudiera urgentemente al dormitorio de Franco. Su cara se retorcía de dolor, estaba empapado en sudor helado y se revolvía en la cama. Había sufrido un episodio brutal de «insuficiencia cardíaca». Un reflejo de su intenso dolor era que su presión diastólica ascendió brevemente a 22. Se incorporaron más especialistas al equipo médico cuando empeoraron los problemas dentales y empezó también a sufrir distensión abdominal como consecuencia de una hemorragia estomacal. Rápidamente quedó claro que la enorme variedad de problemas de Franco estaba causando conflictos tanto entre sus diversos tratamientos como entre sus diversos especialistas. El neurocirujano Sixto Obrador Alcalde sugirió que las hemorragias gástricas estaban provocadas por la medicación. Está claro que la heparina que le administraban por vía intravenosa para adelgazar la sangre, en parte debido a su tromboflebitis y también para facilitar las transfusiones, agravó las úlceras sangrantes, mientras que la morfina que le daban para aliviar los dolores paralizaba las funciones gástricas normales. Cuando llamaron a su especialista dental, el doctor Juan José Iveas Serna, éste percibió manchas de sangre en su esputo y le comentó al doctor Obrador que esto significaba seguramente que Franco tenía neumonía. Obrador asintió, pero le aconsejó: «Tú vete a lo tuyo y no te metas en camisa de once varas que aquí cada cual hace lo mismo, nadie quiere comprometerse ni quedar a mal con nadie». Incluso en el benevolente relato del doctor Pozuelo, está claro que nadie quería asumir la responsabilidadIdem, ibidem , págs. 124-130; Vicente Pozuelo, Los 476 últimos días de Franco (Barcelona, Planeta, 1980), págs. 227-229; Julio González Iglesias, Los dientes de Franco (Madrid, Fénix, 1996), pág. 393.. El domingo 26 de octubre se produjo una nueva hemorragia interna. El sombrío informe médico emitido el 28 de octubre dio lugar a la suposición generalizada de que el final estaba próximo y varias emisoras de radio programaron música adecuadamente lúgubre. El 29 de octubre Franco estaba recibiendo transfusiones de sangre casi continuas. Durante todo este tiempo sufría dolores agudos. Con su pijama de rayas verdes, al doctor Palma le parecía un prisionero, «un viejo indefenso y doliente que reclamaba ayuda desde el fondo oscuro de sus angustiados ojos». Una compasión comprensible por su paciente provocó que Palma y otros miembros del equipo médico se vieran afectados por una suerte de síndrome de Estocolmo que les hizo aparcar cualquier hostilidad que pudieran haber sentido hacia el dictadorPalma Gámiz, op. cit., pág. 31.. El 30 de octubre se detectaron signos de peritonitis. Al informarle de los ataques al corazón y las serias complicaciones intestinales, preocupado por el hecho de que España no tuviera ningún jefe del Estado real, Franco pidió que se aplicara el artículo 11 de la Ley de Sucesión. Esta era la situación a la que Cristóbal Martínez-Bordiú le tenía pavor. El dentista del Caudillo, el doctor Iveas Serna, le transmitió a un colega, el doctor Julio González Iglesias, su convicción de que la decisión de mantener a Franco en El Pardo la había tomado Cristóbal Martínez-Bordiú. De ser eso cierto, debió de haber sido porque no quería que los españoles fueran conscientes de la gravedad de la enfermedad de su suegro y esperaba, por tanto, poder controlar la situación. Según Iveas Serna, las «intervenciones [del yernísimo] en las enfermedades del Caudillo no pudieron ser más nefastas y disparatadas»González Iglesias, op. cit., págs. 366369.. Ahora, Cristóbal y el presidente del consejo de ministros, Carlos Arias Navarro, aliados improvisados, esperaban conseguir que Juan Carlos aceptara una situación provisional, como ya había hecho a regañadientes un año antes, pero en esta ocasión se negó. Franco ya no era jefe del Estado. Parte de la prensa empezó a ensalzar la imagen de Juan Carlos y a hablar de Franco en pasado. La determinación del séquito de El Pardo para mantener a Franco vivo a pesar de su intenso sufrimiento no dejaba de guardar relación con el hecho de que el mandato de Alejandro Rodríguez Valcárcel como presidente del Consejo del Reino y de las Cortes concluía el 26 de noviembre. Si Franco hubiera podido recuperarse suficientemente como para renovar el mandato de Rodríguez Valcárcel, la camarilla habría tenido un hombre clave en un puesto que asegurara que el presidente del consejo de ministros elegido por Juan Carlos sería «fiable»Arriba , 18 de noviembre de 1975, pág. 14; Javier Figuero y Luis Herrero, La muerte de Franco jamás contada (Barcelona, Planeta, 1985), págs. 35-36 y 50-51.. En la noche del domingo 2 de noviembre, la hemorragia intestinal de Franco estaba agravándose. La cama, la alfombra y una pared cercana estaban empapadas de sangre. A pesar de una sedación considerable, el dictador estaba sufriendo una agonía atroz. El doctor Pozuelo extrajo de su faringe «un coágulo como un puño», lo que indicaba que un gran vaso sanguíneo se hallaba perforado. Sin embargo, el uso de coagulantes para detener la hemorragia no era posible, precisamente porque su situación cardíaca requería anticoagulantes que adelgazaran la sangre y facilitaran su circulación. En la tarde del 3 de noviembre, las dimensiones de la hemorragia eran tales que Franco estaba perdiendo sangre tanto rectal como oralmente a más velocidad de la que podía transfundírsele y los vómitos de sangre estaban afectando gravemente a su respiración. El equipo médico creía que, sin una intervención agresiva, Franco podía morir en cualquier momento. El doctor Hidalgo Huerta, según él mismo cuenta, pensó que era muy poco lo que podía hacerse. Sin embargo, tras hacer frente a la intensa presión del yerno del Caudillo, y con escaso optimismo, dijo que «la única posibilidad, aunque muy remota, es intentar una operación, aun teniendo un diagnóstico incierto, y ver si podíamos hacer algo sin quedarnos de brazos cruzados viendo morir a un hombre en el impresionante dramatismo de una hemorragia cataclísmica». Sin embargo, aparte de Cristóbal Martínez-Bordiú, el doctor Hidalgo Huerta y el anestesista Roberto Llauradó Sabe, entre el resto de miembros del equipo médico «la opinión reinante era abstencionista». Incluso el doctor Hidalgo Huerta tenía serias dudas sobre intentar una operación de urgencia, porque el edema de su cuello, la parte de arriba de los brazos y el pecho le hacían sospechar que se había producido una trombosis masiva de la vena cava superiorManuel Hidalgo Huerta, Cómo y porqué operé a Franco (Madrid, Garsi, 1976), págs. 19-24; Pozuelo, op. cit., págs. 231234.. En este punto, Hidalgo Huerta informó tanto a Juan Carlos como a Arias Navarro de que la muerte de Franco era inminente y el capellán del Caudillo, el padre José María Bulart, dirigió las oraciones junto a su cama. Sin embargo, Cristóbal Martínez-Bordiú intervino una vez más diciendo que había sentado a Franco en la cama y había notado que el edema de su tórax superior había desaparecido, lo que significaba que no había trombosis de la vena cava superior. La opinión cambió y ahora era favorable a una intervención. Sin tiempo de llevar a Franco a un hospital con los equipos adecuados, lo empujaron en un carrito a un quirófano improvisado en el puesto de guardia de primeros auxilios de El Pardo: en palabras del doctor Iveas Serna, «poco menos que en una cuadra y en condiciones tercermundistas» y, en las del doctor Palma, «era como retrotraerse a la guerra del 14»González Iglesias, op. cit., pág. 366; Palma Gámiz, op. cit., págs. 146-148.. Un copioso reguero de sangre salpicaba el recorrido. Incluso en este estadio, había voces dentro del equipo médico que se oponían a una intervención quirúrgica. Hidalgo Huerta comentó que si se tratara de su propio padre, él operaría, algo que pareció convencer al resto de los miembros del equipo. Sin embargo, a continuación se dirigió a ellos con las palabras: «Yo opero si vosotros decís que opere. Pero, de ninguna forma, cargo yo solo con la responsabilidad». En el curso de una operación de tres horas, de las 9,30 de la noche a las 0,30, supervisada por el doctor Hidalgo Huerta, el equipo médico descubrió un coágulo de sangre que pesaba dos kilos y las úlceras que habían abierto la arteria. En el curso de la operación, el padre Bulart le dio la extremaunción. Le transfundieron nueve litros de sangre y le suturaron las úlceras. Franco sobrevivió a la operación, pero ahora descubrieron que sufría una severa congestión vascular y uremia (una condición mórbida de la sangre que se debía a la retención de materia urinaria eliminada normalmente por los riñones). Esta insuficiencia renal estaba causada probablemente por diminutos coágulos formados en los riñones como consecuencia de la debilidad de su corazón unida a la magnitud de las transfusiones. Ahora tenía que someterse a una diálisis constante. El viernes 7 de noviembre las hemorragias gástricas habían vuelto a empezar y Pozuelo propuso que Franco fuera trasladado a un hospital equipado adecuadamente, la Ciudad Sanitaria La Paz. Cuando Pozuelo le informó, Franco le dijo «No me deje». En la tarde de un frío y húmedo día de otoño, lo condujeron allí en una ambulancia militarPozuelo, op. cit., págs. 234-236; Hidalgo Huerta, op. cit., págs. 26-34; Palma Gámiz, op. cit., págs. 149-168.. Franco fue llevado directamente al quirófano, con un agravamiento tanto de la uremia como de la úlcera gástrica, y a las 5,30 de la tarde empezó otra intervención. Duró cuatro horas y media, requirió la transfusión de cinco litros y medio de sangre y en ella se le extirparon dos tercios del estómago con la intención de reducir la cantidad de pared gástrica que sufría la úlcera. El doctor Hidalgo era considerablemente más optimista después de esta segunda operación de lo que lo había sido después de la primera debido a la positiva reacción de FrancoHidalgo Huerta, op. cit., págs. 48-55; Palma Gámiz, op. cit., págs. 171-175.. Sin embargo, en los dos próximos días, se puso de manifiesto claramente que la función renal del Caudillo estaba empeorando y que estaba teniendo dificultades respiratorias. El miércoles 12 de noviembre se produjeron más hemorragias gástricas y la sangre se filtraba hacia el árbol bronquial. Las posibilidades de aliviar su estado eran ya virtualmente inexistentes sin lo que el cada vez más pesimista doctor Hidalgo Huerta llamó una «tremenda mutilación». A partir de entonces, Franco se mantuvo vivo gracias a un amplio despliegue de máquinas para mantener sus constantes vitales, recuperando la consciencia ocasionalmente para murmurar: «Qué duro es morir». Vicente Gil lo visitaba y no hacía amistades al comentar: «Es que un hombre que está soportando con una dignidad tan ejemplar esta agonía, porque es increíble lo que le están haciendo soportar, pienso que debería morir con la dignidad que le ha caracterizado siempre. Con la dignidad de un hombre»Vicente Gil, Cuarenta años junto a Franco (Barcelona, Planeta, 1981), pág. 212; Hidalgo Huerta, op. cit., págs. 55-58; Palma Gámiz, op. cit., págs. 176-181.. El viernes 14 de noviembre el Caudillo experimentó un dramático cambio a peor. Necesitaba un ventilador que facilitara su respiración y sus células blancas empezaron a crecer. Más tarde, las suturas de su intervención anterior saltaron y comenzó una nueva hemorragia masiva. Su presión sanguínea cayó en picado. El estómago de Franco se encontraba brutalmente hinchado como consecuencia de la peritonitis y los médicos procedieron a una punción intestinal y un lavado del peritoneo que reveló líquidos intestinales corrosivos en la cavidad peritoneal. A las cuatro de la tarde empezó una tercera operación para volver a suturar su estómago y también para introducir una serie de tubos de drenaje que extrajeran el líquido de su abdomen. A partir de entonces, el equipo de Hidalgo Huerta se mantuvo profundamente pesimista, convencido de que ya habían llegado al límite de las posibilidades quirúrgicas. Durante dos días, la situación de Franco permaneció estable y empezaron a albergar esperanzas. Sin embargo, a las diez de la noche del lunes 17 de noviembre empezó otra hemorragia intestinal masiva que resistió todos los esfuerzos para contenerla hasta las seis de la mañana del martes: a esa hora Franco había recibido otros tres litros de sangre. En el curso de ese día, su respiración falló y su presión sanguínea seguía bajaHidalgo Huerta, op. cit., págs. 59-68; Pozuelo, op. cit., págs. 238-241; Palma Gámiz, op. cit., págs. 182-185.. El hospital estaba sitiado por los periodistas. Se ofrecieron enormes sumas de dinero por fotografías del dictador moribundo. El doctor Pozuelo rechazó con indignación ofertas fabulosas para acabar descubriendo luego que el marqués de Villaverde ya había usado a discreción su propia cámara. De hecho, dado el dispositivo de seguridad, era la única persona que podía haberlo hecho y lo hizo abiertamente, a pesar de las protestas del doctor PalmaSegún Jaime Peñafiel, El General y sutropa (Madrid, Temas de Hoy, 1992), págs. 29-35; Pedro J. Ramírez, El año que murió Franco (Barcelona, Plaza y Janés, 1985), pág. 255; Palma Gámiz, op. cit., págs. 187192.. Franco estaba vivo pero apenas consciente y dependía por completo de las complejas máquinas que mantenían sus constantes vitales. Cristóbal Martínez-Bordiú le preguntó a Hidalgo Huerta una última vez: «¿Crees que puede hacerse algo más?». Hidalgo Huerta se negó a volver a operar. Como último recurso, Cristóbal MartínezBordiú y Vital Aza siguieron tratando al Caudillo con antibióticos y sulfonamidas. Tras aceptar finalmente que no servía de nada, Cristóbal obligó a irse al resto de los miembros del equipo. Nenuca, la hija del Caudillo, insistió en que le permitieran morir en paz. A las 11,15 de la noche del 19 de noviembre quitaron los diversos tubos que lo conectaban a las máquinas. Aunque su yerno accedió inicialmente, según Pilar Cernuda, que cita el diario de uno de los asesores militares del Caudillo, el teniente coronel Antonio Galbis, la presión ejercida por el personal militar del Caudillo, Alfonso de Borbón Dampierre y algunos de los médicos logró que se rescindiera la orden de interrumpir el tratamiento. La crisis final empezó a primeras horas de la mañana del 20 de noviembre. A pesar de los frenéticos esfuerzos de resucitación, a las 3,30 de la madrugada Franco estaba muerto. Sin embargo, resistiéndose a rendirse, Villaverde rogó a Vital Aza que le diera a Franco un último masaje cardíaco. Fue en vano. Probablemente murió poco después. La hora oficial de la muerte se fijó a las 5,25 de la mañana del 20 de noviembre de 1975, y la causa oficial fue un shock endotóxico provocado por una peritonitis bacteriana aguda, insuficiencia renal, bronconeumonía, paro cardíaco, úlceras de estómago, tromboflebitis y enfermedad de Parkinson. Los embalsamadores podían empezar su trabajoArriba , 20 de noviembre de 1975; Ya, 20 de noviembre de 1975; Pozuelo, op. cit., págs. 224-241; Hidalgo Huerta, op. cit., págs. 68-70; Figuero y Herrero, op. cit., págs. 102-112; Luis Herrero, El acoso del régimen. Del asesinato de Carrero a la muerte de Franco (Madrid, Temas de Hoy, 1995), págs. 274-280; Pilar Cernuda, 30 días de noviembre. El mes que cambió la historia de España (Barcelona, Planeta, 2000), págs. 133-140; Palma Gámiz, op. cit., págs. 205-212..

01/09/2004

 
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