ARTÍCULO

Viaje hacia uno mismo

 

Clave de El otoño siempre hiere (2000) es el momento en que el narrador hace al lector –al que imagina «presunto novelista»– una propuesta en forma de dilema. Se trata, nos dice, de un «contrato fáustico, algo parecido al que el pintor Picasso rubricó cuando Mefistófeles le visitó en 1911». Así, nos sigue diciendo el narrador, habría dos opciones. La primera tendría como consecuencia «un texto sólido, terminado, único y ejemplar pero con una condición complementaria: a partir de ahí, como Juan Rulfo, el escritor quedaría condenado a no escribir ni una línea más». La segunda, sin embargo, se conformaría con un libro imperfecto, un «texto nada deleznable, pero por alguna razón, fallido aunque, eso sí, abierto a la posibilidad de otra novela encomiable pero...». En El otoño siempre hiere también hay dos propuestas, digamos dos novelas paralelas. Una de ellas, si es que puede llamársele novela porque también se sugiere como el guión de una película, o un sueño reincidente, tal vez la voz del yo que habla al yo, es la historia del superpetrolero Blindgiant que viaja a la deriva y en busca de su costa de la muerte con un personaje, el llamado Inglés Karl Dormettingen, al que el narrador asocia con una anécdota de su juventud. La otra historia, llamémosle la segunda opción o novela imperfecta, relata el retorno del escritor Raúl Fernández de Navia (por oficio, edad e incluso nombre de pila, trasunto del propio Guerra Garrido) a su pueblo natal con motivo de la muerte de su tío Demetrio. En esta historia, sin duda el grueso del libro, la visita a Cacabelos, pueblo situado en el Bierzo, no es sólo el regreso al espacio físico, el viaje en sí, sino un hiriente reencuentro con el pasado (tres días es el tiempo real de la novela, aunque con la memoria el personaje se remonta a la juventud de sus abuelos). Es por eso que el propio narrador dice que «el Bierzo no es una geografía sino un estado mental», el de la indagación personal que irá entretejiendo con ayuda de un presente (la llegada al parador de Villafranca del Bierzo, un misterioso mensaje en la recepción, una propuesta amorosa por parte de una joven familiar que no puede llamarse sino Lolita y que constituye un desafío a su vejez, problemas con una herencia, el entierro del tío...) y un pasado evocado gracias a unas espléndidas descripciones paisajísticas, las anécdotas de los familiares emigrantes regresados al pueblo, el recuerdo del primer amor y, sobre todo, la actitud de extrañamiento del protagonista que además hace de elemento aglutinante del resto de los personajes. Estas dos historias –la del petrolero y la del viaje de Raúl Fernández de Navia a Cacabelos–, aunque convivan con cierta independencia en el texto, no son del todo inconexas. Las une la anécdota del misterioso mensaje en la recepción del hotel, elemento que pretende introducir una dosis de intriga, pero que, dicho sea de paso, por no tener un desarrollo y un desenlace claros (todo queda en una simple confusión por parte de la recepción del hotel), resulta un tanto forzado. Ahora bien, este libro no es sólo esto. Fiel a la trayectoria literaria de Raúl Guerra Garrido, que tiene en su haber más de una quincena de libros como Lectura insólita de El Capital, Premio Nadal de 1976; El año de Wolfram, finalista del Premio Planeta de 1984; Tantos inocentes, Premio Novela Negra Ciudad de Gijón de 1997; Hipótesis (1975), o Cacereño (1970), hay en esta novela abundantes citas y disquisiciones metaliterarias, pinceladas de ensayo, alusiones varias a escritores, pintores, grandes figuras de la Historia y hasta jugadores de fútbol, explicaciones gastronómicas, enológicas e incluso de tipo zoológico. En esta utilización un tanto deslavazada y abusiva de un material que no se corresponde con el del universo estricto de la novela, radica, en mi opinión, el fallo de El otoño siempre hiere. Y no por el hecho de que se traspase la frontera de lo que es la novela, pues siempre podríamos decir que estamos ante una novela atípica (que no creo que sea el caso) o sencillamente que esto no es una novela sino un libro de viajes (género que también ha cultivado Guerra Garrido) o que se trata más bien de un cuaderno o diario en el que el autor se ha permitido el lujo de hacer este tipo de reflexiones. El problema es que esta profusión de citas y alusiones culturales no ayudan a entender y a avanzar en la historia sino más bien a todo lo contrario, es decir, a hacer que el lector se sienta perdido en escenas demasiado estáticas. Porque vayamos al esqueleto narrativo: el retorno al pueblo natal y el reencuentro con los familiares –el viaje en sí– le hacen reflexionar al escritor protagonista sobre quién ha sido y, lo que es más importante, quién es ahora. Si al comienzo del viaje no acaba de asumir su vejez («la vejez es algo que sólo concierne a otros») cuando lo finaliza, está perfectamente aceptada. Tenemos, pues, por un lado, la obsesión por la vejez, el trascurso del tiempo y la muerte, y, por otro lado, en estrecha relación, la obsesión de este escritor por alcanzar la perfección literaria al final de su vida. En dos palabras: muerte y perfección. Todo lo demás, aunque interesante, bello, y en ningún caso prohibido, si no aporta nada al respecto, sobra. Digamos que en este viaje, aunque sí valen las alforjas, éstas van demasiado llenas. El tema de la muerte y, de algún modo, ese viaje hacia uno mismo (en este caso circular), también se abordan en Miento (2001), el último libro o diario en forma de ácido –y a veces, macabro– monólogo interior de este autor madrileño que, afincado desde hace muchos años en el País Vasco, tiene que vivir prácticamente recluido en su casa por sufrir amenazas de ETA («estoy harto de mis guardaespaldas –confesó recientemente en una entrevista–, son como dos novias feas»). En realidad, más que hablar de la muerte de un modo directo, se está hablando «del oscuro sentimiento (¿sin ti miento?) que produce la falta de libertad y el saberse próximo a perder la vida a manos de alguien que está ahí, muy próximo, al otro lado de la puerta». Para terminar, señalaremos que ambos libros pecan del mismo defecto: a partir de la segunda mitad, uno comienza a tener la sospecha de que el tema se ha agotado y que, por ello, el autor está echando mano del relleno. Vaya como ejemplo en el caso de El otoño siempre hiere: en el capítulo veintitrés, la familia del narrador, reunida en la bodega familiar, hace una especie de recuento sobre el pasado común. Vemos claramente que lo que el protagonista quiere hacernos comprender es que, oyendo a sus familiares, está descubriendo que ya no tiene nada en común con ellos. Pues bien, ¿qué añade a esto la explicación cuasi enciclopédica del principio de que «las impolutas cubas de acero inoxidable se refrigeran con agua circulante» y que «la temperatura no puede pasar en la fermentación de 17 grados para el godello o el blanco, ni de 27 grados para la mencia o el tinto?».

01/04/2002

 
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